Por Wens Silvestre
El
Parlamento existe porque una sociedad tiene diferencias y necesita procesarlas
mediante la palabra, la deliberación y el voto. Cuando sus integrantes
convierten al adversario en enemigo, descalifican sus argumentos por su
procedencia política o consideran cualquier concesión una derrota, debilitan la
institución que deberían fortalecer. El diálogo es una responsabilidad
inherente a la representación democrática. Desde la perspectiva deliberativa de
Jürgen Habermas, la legitimidad de las decisiones se sustenta en un proceso
libre e inclusivo de formación de la voluntad política. Esta idea exige que las
posiciones puedan discutirse y someterse al examen público.
Esta exigencia alcanza al oficialismo y a la oposición, aunque sus responsabilidades sean distintas. A quienes respaldan al Gobierno les corresponde explicar sus propuestas, sustentar su necesidad y construir los apoyos para aprobarlas. A quienes discrepan les corresponde fiscalizar, advertir riesgos y plantear alternativas. Ninguna de esas funciones justifica la imposición, el agravio o el bloqueo como conducta permanente. Reconocer al otro como interlocutor legítimo expresa un principio de igualdad democrática: sus razones merecen ser escuchadas y examinadas, aunque no lleguen a convencernos.
El
oficialismo tiene una responsabilidad especial: tomar la iniciativa para
generar confianza. Gobernar supone relacionarse también con quienes no votaron
por el partido vencedor. La legitimidad electoral permite conducir el Gobierno,
pero la construcción de acuerdos exige escuchar objeciones, responder con
argumentos y admitir correcciones. Una observación atendible conserva su valor
aunque provenga del adversario más incómodo. John Stuart Mill defendió en Sobre
la libertad el valor de confrontar las propias convicciones con las razones
contrarias: esa confrontación permite corregir errores y comprender mejor
incluso aquello en lo que tenemos razón. Escuchar es, por ello, una forma de
mejorar el juicio político.
La
oposición, por su parte, debe preservar su independencia y ejercerla con
responsabilidad. Puede rechazar una propuesta y explicar sus razones; también
puede respaldar una medida útil sin convertirse en aliada del Gobierno. Cuando
todo se evalúa según quién obtiene el beneficio político, las necesidades
ciudadanas quedan subordinadas a la competencia partidaria. Fiscalizar exige
rigor; oponerse exige ofrecer razones. La independencia se demuestra en la
capacidad de juzgar cada propuesta con criterios propios y sostener ese juicio
ante la ciudadanía.
El
debate sobre la delegación de facultades permite plantear una cuestión central:
cada materia debe evaluarse por su contenido, sus límites y sus consecuencias.
Convertir un conjunto de medidas en una prueba de lealtad al Ejecutivo
dificulta distinguir lo necesario de lo discutible. También lo dificulta
rechazarlo íntegramente por su origen. Una negociación responsable debe
identificar coincidencias, precisar controles y reservar para una discusión más
amplia aquello que todavía no reúne respaldo suficiente.
Aprobar
un acuerdo parcial puede representar un avance valioso. Si existen
coincidencias sobre determinadas medidas, corresponde trabajar para
concretarlas y continuar deliberando sobre las restantes. La búsqueda de una
victoria total puede terminar sacrificando soluciones posibles. La firmeza
política debe expresarse en los objetivos que se defienden y en la capacidad de
encontrar caminos viables para alcanzarlos. Una sociedad plural puede compartir
decisiones concretas sin que sus integrantes renuncien a sus diferencias más
profundas.
El
lenguaje importa. Las amenazas, los insultos y las asociaciones
descalificadoras con el terrorismo deterioran las condiciones del debate.
También las acusaciones indiscriminadas que atribuyen intenciones autoritarias
a cualquier discrepancia. Una vez que se niega legitimidad al interlocutor,
resulta más difícil reconocer sus aportes o modificar una posición sin que ello
parezca una rendición. Hablar con respeto facilita discutir con mayor
profundidad y exigir mejores respuestas. El deber de civilidad que plantea John
Rawls, referido especialmente a las cuestiones constitucionales esenciales y de
justicia básica, ofrece un fundamento para esta exigencia: justificar las
posiciones mediante razones públicas y estar dispuesto a escuchar las de los
demás. La cortesía importa, pero la responsabilidad democrática exige también
ese esfuerzo de justificación.
Sin
embargo, el consenso también necesita límites y transparencia. Los acuerdos
deben poder explicarse públicamente por sus beneficios, sus costos y las
garantías que incorporan. El reparto de posiciones, la protección recíproca o
el debilitamiento de los controles no adquieren legitimidad por reunir muchos
votos. El valor democrático de un acuerdo depende tanto de su contenido como de
la forma en que se construye. Una mayoría puede zanjar una votación; su fuerza
numérica no basta para justificar una injusticia ni para sustraer sus
decisiones al escrutinio ciudadano.
Por
eso, dialogar requiere un método: interlocutores con capacidad de negociar,
observaciones sustentadas, respuestas concretas, trabajo técnico entre bancadas
y compromisos verificables. Requiere además reconocer las diferencias que
persisten. Buscar consenso obliga a realizar un esfuerzo serio por acercar
posiciones; cuando ese esfuerzo no alcanza, corresponde decidir mediante el
voto y respetar el resultado, conservando el derecho a la crítica y al control.
El desacuerdo seguirá formando parte de la democracia. La calidad de sus
instituciones se revela en la manera de encauzarlo y en su disposición a
revisar las decisiones cuando existan razones para hacerlo.
Las
familias que esperan seguridad, atención de salud, educación y oportunidades
tienen razones para exigir un Parlamento capaz de producir decisiones útiles.
Oficialismo y oposición deben demostrar que pueden discrepar con firmeza,
tratarse con respeto y cooperar cuando el interés público lo exige. La
autoridad política también se construye escuchando, corrigiendo y cumpliendo
acuerdos. Dialogar supone reconocer que ninguna bancada agota la voz de la
ciudadanía y que toda decisión pública merece razones que puedan defenderse
ante ella. Esa es una obligación democrática que ninguna bancada debería
eludir.

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