Wens Silvestre
Hay
una falacia que se ha vuelto costumbre en nuestro país: presentar toda muerte
causada por agentes del Estado como un accidente inevitable de la seguridad,
como un “exceso” aislado, como una confusión lamentable en medio de una guerra
permanente contra enemigos difusos. Esa falacia debe ser desmontada con firmeza.
Porque cuando civiles mueren bajo fuego militar o policial, la primera
obligación de un Estado democrático no es defender su imagen, sino responder
por sus muertos.
Los
hechos ocurridos en Tayacaja, Huancavelica, donde cinco civiles murieron
durante una intervención de miembros de las Fuerzas Armadas, no pueden ser
tratados como una nota policial más ni como un costo colateral de la lucha
contra el narcotráfico. La Fiscalía investiga a militares por presunto
homicidio calificado. Los familiares y sobrevivientes han denunciado que las
víctimas eran jóvenes que regresaban de una actividad deportiva y que fueron
atacados por hombres armados, presuntamente vestidos de civil. Frente a esa
gravedad, el deber de quienes gobiernan no era minimizar, justificar ni sembrar
sospechas sobre los muertos. Era garantizar verdad, justicia y responsabilidad.
La
primera falacia del poder es decir que cuestionar un operativo militar equivale
a atacar a las Fuerzas Armadas. Falso. Exigir investigación no debilita a las
instituciones; las rescata de la impunidad. Una Fuerza Armada republicana no
necesita encubrimiento, necesita legalidad. No se honra al uniforme protegiendo
a quienes pudieron haber cometido crímenes; se lo honra separando con claridad
al soldado que cumple la Constitución del agente que la traiciona. La verdadera
amenaza contra la institución no viene de quienes piden justicia, sino de
quienes pretenden convertirla en una corporación intocable.
La
segunda falacia es invocar la seguridad para suspender los derechos. También es
falso. La seguridad no es una licencia para matar. En una democracia, el
monopolio estatal de la fuerza solo es legítimo si está sometido a ley,
necesidad, proporcionalidad, control judicial y rendición de cuentas. Si el
Estado puede disparar contra civiles y luego justificarlo con comunicados,
entonces ya no estamos ante seguridad democrática, sino ante una forma
degradada de poder armado. La fuerza pública no existe para reemplazar a los
jueces ni para decidir quién merece vivir.
La
tercera falacia es suponer que, por tratarse de una zona como el VRAEM o de una
provincia históricamente asociada a violencia, cualquier ciudadano que transite
por allí queda automáticamente bajo sospecha. Esa idea es profundamente
antiliberal y antidemocrática. Ninguna persona pierde sus derechos por vivir en
una zona pobre, rural, militarizada o abandonada por el Estado. La presunción
de inocencia no se suspende por geografía. El derecho a la vida no depende del
código postal. Y la dignidad humana no puede ser degradada porque un
funcionario necesite justificar un operativo fallido.
La
cuarta falacia es presentar estos hechos como casos aislados. No lo son. En los
últimos años, el país ha visto una secuencia alarmante: protestas reprimidas
con muertos y heridos, estados de emergencia normalizados, discursos oficiales
que criminalizan la protesta, investigaciones lentas, mandos políticos que se
lavan las manos y congresos que legislan más rápido para blindar a agentes
estatales que para proteger a las víctimas. El patrón es demasiado claro:
cuando el Estado dispara, el poder se apresura a explicar la bala; cuando las
familias lloran, se les exige primero demostrar que sus muertos eran inocentes.
Esa
inversión moral es intolerable. En un Estado de derecho, no son los muertos
quienes deben probar que merecían vivir. Es el Estado quien debe probar por qué
usó la fuerza letal. Es el Estado quien debe explicar quién ordenó, quién
disparó, quién supervisó, quién encubrió, quién mintió y quién permitió que una
operación terminara en cadáveres civiles.
La
quinta falacia, quizá la más cínica, es la de quienes se dicen liberales
mientras justifican la violencia estatal contra ciudadanos indefensos. No hay
liberalismo posible donde el Estado mata y no responde. El liberalismo nació
precisamente como desconfianza frente al poder absoluto. Su premisa elemental
es que el individuo tiene derechos que ningún gobernante, policía, militar o
ministro puede pisotear. Defender la vida, la libertad, el debido proceso y la
igualdad ante la ley no es una concesión progresista: es el corazón mismo de la
tradición liberal.
Por
eso resulta obsceno escuchar a ciertos defensores del “orden” hablar de
libertad económica, propiedad privada o seguridad jurídica, mientras
relativizan la muerte de campesinos, jóvenes o manifestantes. Esa no es defensa
de la libertad; es defensa selectiva del privilegio. Quien exige garantías para
la inversión, pero no justicia para civiles asesinados, no defiende el Estado
de derecho: defiende un Estado al servicio de los fuertes y armado contra los
débiles.
Más
que ante un liberalismo coherente, estamos frente a un mercantilismo
autoritario: un régimen que no reduce realmente el Estado, sino que lo vuelve
paquidérmico, lento e ineficiente; un aparato costoso que abandona al ciudadano
común, pero preserva privilegios, burocracias, clientelas y redes de poder. No
se trata de un Estado mínimo, sino de un Estado capturado: débil para
garantizar salud, educación, justicia y seguridad cotidiana, pero fuerte para
reprimir, vigilar, castigar y proteger intereses particulares. En ese modelo,
el ciudadano queda desamparado, mientras el aparato público funciona
principalmente para quienes viven de él o negocian con él.
El
Ejecutivo minimiza cuando responde con frialdad burocrática ante la muerte de
civiles. Minimiza cuando primero protege la versión militar y después promete
investigar. Minimiza cuando llama “operativo” a lo que puede ser una masacre.
Minimiza cuando no expresa duelo, cuando no suspende preventivamente a
responsables, cuando no garantiza protección a testigos, cuando no exige
colaboración absoluta de los mandos. Y minimiza, sobre todo, cuando olvida que
la vida de un joven campesino vale tanto como la de cualquier ministro,
empresario o general.
El
Legislativo, por su parte, practica una indignación intermitente. Cita
ministros, presenta mociones, declara preocupación; pero al mismo tiempo
aprueba o respalda normas que favorecen la impunidad de agentes estatales
acusados de graves violaciones de derechos humanos. Fiscaliza con una mano y
blinda con la otra. Llora a las víctimas cuando las cámaras están encendidas,
pero legisla para que la responsabilidad se diluya cuando la atención pública
se apaga. Esa no es representación democrática; es complicidad institucional.
La
pregunta de fondo no es solo quién disparó en Tayacaja. La pregunta es qué tipo
de Estado permite que sus agentes disparen contra civiles y luego intente
envolver la tragedia en lenguaje de seguridad nacional. La pregunta es por qué
la vida rural sigue siendo tratada como vida descartable. La pregunta es por
qué quienes gobiernan exigen paciencia a las familias, pero ofrecen rapidez a
los mandos. La pregunta es por qué la justicia camina lento cuando los muertos
son pobres y el victimario lleva uniforme.
Un
Estado liberal, democrático y constitucional debe cumplir exigencias mínimas:
investigación fiscal independiente, pericias transparentes, identificación de
responsables directos y de mando, suspensión preventiva de implicados,
protección de sobrevivientes, reparación integral a las familias y garantías
reales de no repetición. Todo lo demás es retórica. Todo lo demás es
administración del escándalo.
Y
debe quedar claro: pedir justicia no significa negar la existencia del
narcotráfico, ni desconocer los riesgos que enfrentan las fuerzas del orden, ni
romantizar la violencia criminal. Significa algo mucho más básico: incluso en
la lucha contra el crimen, el Estado no puede convertirse en criminal. La
diferencia entre una república y una banda armada está precisamente en los
límites. Si esos límites desaparecen, la bandera, el uniforme y el himno no
purifican el abuso; apenas lo decoran.
Los
gobernantes suelen pedir confianza. Pero la confianza no se exige: se merece. Y
se merece cuando el Estado protege al débil, investiga al poderoso, sanciona al
culpable y reconoce a las víctimas. Un gobierno que pide confianza mientras
minimiza muertes civiles no merece obediencia moral; merece vigilancia
ciudadana.
Tayacaja
debe convertirse en una línea ética. No se puede aceptar que la seguridad sea
usada como coartada para la muerte. No se puede aceptar que el silencio oficial
pese más que el dolor de las familias. No se puede aceptar que el Congreso
actúe como notario de la impunidad. No se puede aceptar que quienes dicen
defender la libertad callen cuando el poder armado aplasta al individuo.
Porque
la verdadera prueba de un Estado no está en sus desfiles militares, ni en sus
discursos patrióticos, ni en sus comunicados de emergencia. Está en lo que hace
cuando sus propios agentes matan. Si investiga, sanciona y repara, todavía hay
república. Si encubre, justifica y olvida, lo que queda no es Estado de
derecho, sino poder desnudo.
Y
frente al poder desnudo, la ciudadanía tiene una obligación: no acostumbrarse.
No aceptar que unos muertos valgan menos que otros. No permitir que la palabra
“seguridad” se convierta en el sudario de la justicia. No dejar que el Estado,
creado para proteger la vida, se transforme en su verdugo.
Porque
cuando el Estado mata y quienes gobiernan minimizan, ya no estamos ante un
simple error operativo, sino ante una traición política, moral y
constitucional. Esa traición debe ser nombrada sin miedo, porque el silencio
solo prolonga la impunidad. Y, al final, la medida más honda de esta crisis no
está en los comunicados oficiales ni en los discursos de seguridad, sino en el
llanto de las madres. Un país que se acostumbra a ese dolor ha perdido algo más
grave que la seguridad: ha perdido el alma moral de la República.
