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viernes, 6 de febrero de 2026

Davos 2026: cuando el mundo deja de fingir y el país debe elegir su autonomía

 Por Wens Silvestre

Davos 2026 no fue una feria de optimismo. Fue, más bien, una confesión colectiva: el orden global que durante décadas funcionó como telón de fondo —ese “orden basado en reglas” al que se apelaba con la fe de quien cree invocar un seguro— ya no opera como se anuncia. La reunión del Foro Económico Mundial (19–23 de enero) lo dejó claro con cuatro conclusiones que, leídas en conjunto, suenan menos a agenda y más a diagnóstico: nuevos acuerdos en un tablero fracturado, un ajuste de cuentas para la humanidad, el diálogo como infraestructura de supervivencia y una política definida por preguntas, no por certezas.

Davos 2026
En ese escenario, Perú no puede seguir actuando como si bastara con “portarse bien” para estar a salvo. Eso es, precisamente, lo que Mark Carney —primer ministro canadiense— denunció en su discurso en Davos: el hábito de vivir dentro de una mentira, de repetir rituales y eslóganes sobre reglas y previsibilidad mientras la realidad se convierte en coerción. La frase de Carney es un dardo para los países intermedios, pero también un espejo para economías abiertas como la nuestra: cuando la integración se convierte en vulnerabilidad, la soberanía deja de ser un discurso y se vuelve capacidad.

Davos 2026: cuatro conclusiones, una sola advertencia

La primera conclusión de Davos es incómoda: los acuerdos ya no se tejen sobre confianza estructural sino sobre coaliciones parciales y pragmáticas. La relación transatlántica, la seguridad del Ártico, el comercio y la energía aparecen como capítulos negociables, no como compromisos incondicionales. El multilateralismo no desaparece, pero se transforma: menos instituciones universales, más “geometría variable” —coaliciones por temas, por intereses, por riesgos compartidos.

La segunda conclusión fue un ajuste de cuentas: el mundo entra en una era donde las crisis no son episodios sino régimen. Polarización, fragmentación geoeconómica, deuda, seguridad energética, crisis climática, salud y disrupción tecnológica compiten por prioridad. La pregunta ya no es cuál crisis es “la principal”, sino cómo se gobierna cuando todas ocurren a la vez y, peor aún, cuando la respuesta a una crisis agrava otra.

La tercera conclusión fue casi una súplica: el diálogo no es un lujo, es una necesidad. Davos funcionó como un espacio para desescalar y abrir canales, pero sin la ilusión de que conversar equivale a resolver. Es el tipo de diplomacia que no promete paz; promete, al menos, reducir el margen de error.

La cuarta conclusión fue la más honesta: Davos dejó más preguntas que respuestas. No por evasión, sino porque el mundo vive un cambio de contornos difusos: multipolaridad, militarización del comercio, cadenas de suministro como campo de batalla, inteligencia artificial como infraestructura y como riesgo cultural. En este contexto, gobernar es decidir sin mapa definitivo.

Y ahí aparece el punto decisivo para Perú: en un mundo de “fortalezas”, la neutralidad retórica se vuelve subordinación práctica.

Perú y la tentación del cartel en la ventana

Perú tiene dos socios fundamentales: China y Estados Unidos. Uno domina buena parte de la demanda de minerales y la inversión en infraestructura; el otro es clave en acceso tecnológico, finanzas, cooperación y mercados relevantes para agroexportación. Esto, que en el pasado era una ventaja —ser puente, ser proveedor confiable— en el mundo pos-Davos 2026 puede convertirse en una vulnerabilidad: cuando la integración es arma, la dependencia es un flanco.

Por eso resulta sintomático que el presidente del Consejo de Ministros, Álvarez, haya sugerido que la compra de aviones para la FAP se decidirá en función del “nuevo rol de liderazgo” de Estados Unidos. En una frase se condensa un riesgo estratégico: convertir decisiones de defensa —que deberían seguir criterios operativos, financieros y de soberanía tecnológica— en un gesto de alineamiento geopolítico. No se trata de demonizar a EE. UU. ni de romantizar a China. Se trata de entender lo que Carney advirtió: negociar bilateralmente, desde la necesidad, con una potencia hegemónica, suele ser negociar desde la debilidad. 

La defensa nacional no puede ser un referéndum de “a quién seguimos”. Mucho menos en un país cuya estabilidad interna, gobernanza y legitimidad están bajo presión. En un mundo de incertidumbre, el poder no está en declamar alianzas; está en sostenerlas sin quedar atrapado.

El rol posible de Perú: autonomía activa, no ambigüedad

La pregunta no es si Perú debe elegir entre Washington y Pekín. La pregunta es más dura: ¿Perú quiere capacidad de elección o se resigna a ser elegido por otros?

La postura inteligente —y realista— es la autonomía activa, que exige cuatro movimientos simultáneos:

Diversificación real, no discursiva. Reducir concentración comercial y financiera no implica romper con China o EE. UU., sino ampliar margen: UE, Japón, Corea, India, ASEAN, Medio Oriente. Un país que depende de un solo gran comprador o un solo gran financista no tiene política exterior; tiene administración de dependencia.

Gobernanza de infraestructura crítica como asunto de soberanía. Puertos, energía, telecomunicaciones y data centers deben diseñarse con lógica “multi-proveedor” y reglas robustas: competencia, transparencia, continuidad operativa, cláusulas anticorrupción, capacidades nacionales de mantenimiento. La infraestructura es el nuevo territorio: quien la controla, condiciona.

Minerales críticos con poder estatal y valor agregado. El Perú no puede limitarse a exportar riqueza bruta y esperar respeto. La transición energética global vuelve estratégicos al cobre y otros minerales; pero el recurso no es poder si se acompaña de conflictividad social, baja capacidad regulatoria y nulo escalamiento industrial. La soberanía es cadena de valor, licencia social y Estado competente.

“Geometría variable” en alianzas. Cooperación por temas: seguridad digital con quien ofrezca estándares verificables; transición energética con quien invierta con trazabilidad; defensa con quien garantice interoperabilidad sin dependencia irrestricta; Amazonía con coaliciones regionales y globales. Lo contrario —alineamiento total— es una apuesta que nuestro país no puede pagar.

Esta autonomía activa requiere algo más importante que la diplomacia: construcción de fuerza en casa. Carney lo dijo sin rodeos: ya no basta “la fuerza de los valores”, también cuenta “el valor de la fuerza”. Para Perú eso significa Estado que ejecuta, regula y fiscaliza; instituciones que sostienen contratos; seguridad jurídica no arbitraria; y un pacto social mínimo que reduzca el ciclo de crisis.

Conclusión: el mundo dejó de fingir, Perú debe dejar de improvisar

Davos 2026 dejó una moraleja que los peruanos no podemos ignorar: el viejo orden ya no garantiza estabilidad, y el mundo se reorganiza con una mezcla de miedo, pragmatismo y competencia. En ese contexto, seguir repitiendo mantras sobre reglas mientras se toman decisiones estratégicas por impulso geopolítico es poner el cartel en la ventana.

Perú no está condenado a ser satélite. Tiene activos reales: ubicación, recursos, biodiversidad, mercado exportador dinámico y potencial logístico. Pero esos activos solo se convierten en poder si se transforman en capacidad de negociación, en instituciones confiables y en una estrategia que entienda la nueva realidad: no se trata de vivir esperando el mundo que deseamos, sino de actuar en el mundo que existe.

Y en el mundo que existe —como quedó claro en Davos— la soberanía no se declama: se diseña.

domingo, 21 de julio de 2024

El liberalismo y el cambio climático: Una visión económica para el siglo XXI

Por: Wens Silvestre 

En la economía global actual, el liberalismo económico sigue siendo una fuerza motriz para el crecimiento y la prosperidad. Sin embargo, el reto más significativo que enfrenta nuestro tiempo es el cambio climático. Aunque algunos líderes mundiales han negado su existencia o minimizado su impacto, la evidencia científica y los estudios económicos demuestran la urgente necesidad de incorporar el cambio climático como una variable fundamental en las políticas de crecimiento económico sostenible. 

Donald Trump, expresidente de Estados Unidos, ha calificado el cambio climático como un "engaño" y ha priorizado el crecimiento económico sobre las regulaciones ambientales. Su administración revocó numerosas protecciones ambientales y retiró a EE.UU. del Acuerdo de París. Trump argumenta que las políticas climáticas dañan la economía y que la ciencia detrás del cambio climático es incierta. Javier Milei, presidente de Argentina, ha llamado al cambio climático una "mentira". Milei, conocido por su postura libertaria y anti-establishment, sostiene que las narrativas sobre el cambio climático están exageradas y se utilizan para justificar regulaciones innecesarias que sofocan la libertad económica y el crecimiento. Vladimir Putin, presidente de Rusia, ha expresado escepticismo sobre el cambio climático, atribuyéndolo a ciclos naturales más que a actividades humanas. Ha minimizado su impacto potencial en Rusia, a pesar de la evidencia científica que muestra el daño significativo que el cambio climático puede causar a largo plazo. 

Los argumentos de estos líderes tienen carencias significativas. La abrumadora mayoría de los científicos climáticos concuerdan en que el cambio climático es real y está principalmente causado por actividades humanas, como la quema de combustibles fósiles. Estudios revisados por pares y reportes del Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) han demostrado un claro vínculo entre las emisiones de gases de efecto invernadero y el aumento de las temperaturas globales. Ignorar el cambio climático puede llevar a costos económicos devastadores. Los fenómenos climáticos extremos, como huracanes, inundaciones y sequías, generan costos significativos en términos de daños a infraestructura, pérdida de vidas humanas y disminución de la productividad. Según el Banco Mundial, los desastres naturales vinculados al clima han costado a los países entre el 1 y el 5% de su PIB anual. Una investigación realizada por el Potsdam Institute for Climate Impact Research (PIK) que, en ausencia de medidas de mitigación, los daños macroeconómicos derivados del cambio climático podrían disminuir los ingresos globales hasta en un 19% en las próximas décadas.

La transición hacia una economía verde presenta oportunidades para la innovación y el crecimiento en sectores como las energías renovables, la eficiencia energética y la tecnología limpia. La Agencia Internacional de Energía Renovable (IRENA) estima que la transición a energías renovables podría crear hasta 42 millones de empleos para 2050. El Foro Económico Mundial ha destacado repetidamente los efectos nocivos del cambio climático para la economía global, la población y la disponibilidad de recursos naturales. Ignorar el cambio climático no solo amenaza el medio ambiente, sino que también pone en riesgo la estabilidad económica y social. 

A corto plazo, los desastres naturales pueden desviar recursos significativos hacia la reconstrucción en lugar de la inversión en crecimiento. A largo plazo, el cambio climático puede reducir la productividad agrícola, aumentar los costos de salud y generar inestabilidad social debido a la migración climática y la escasez de recursos. Reducir la dependencia de combustibles fósiles mediante la diversificación hacia fuentes de energía renovable puede aumentar la seguridad energética de los países, protegiendo a las economías de la volatilidad de los precios del petróleo y del gas. El crecimiento económico sostenible debe considerar los límites ecológicos del planeta. Integrar políticas climáticas en las estrategias económicas asegura que el crecimiento actual no se logre a expensas de la capacidad del planeta para sostener la vida humana y económica en el futuro. 

El cambio climático es una variable fundamental que debe ser integrada en los modelos de crecimiento económico sostenible. Hacerlo no solo protegerá nuestro planeta, sino que también garantizará la prosperidad económica a largo plazo, mejorará la competitividad global y asegurará la estabilidad y la seguridad energética. Ignorar esta realidad es una negligencia que ningún líder, comprometido con el bienestar de sus ciudadanos, puede permitirse. La ciencia es clara y la economía global exige acciones decididas para enfrentar el desafío climático.