miércoles, 3 de junio de 2026

El Niño y el Estado que llega tarde

Por Wens Silvestre

El Perú no necesita esperar la etiqueta de “mega El Niño” para tomarse en serio la amenaza. La Organización Meteorológica Mundial ha advertido una alta probabilidad de desarrollo de El Niño durante 2026, posiblemente moderado o fuerte; y, en el plano nacional, ENFEN mantiene la alerta de El Niño Costero, con previsión de continuidad hasta febrero de 2027 y recomendaciones explícitas de prevención y preparación para la temporada de lluvias 2026-2027. El dato central no es solo meteorológico: es político. Un país expuesto no puede seguir actuando como si cada evento extremo fuera una sorpresa.

El Niño es un fenómeno natural, pero ya no ocurre sobre un planeta “normal”. Ocurre sobre un mundo más caliente, con océanos que almacenan más energía, atmósferas capaces de retener más vapor de agua y territorios más vulnerables por urbanización desordenada, deforestación, pobreza e infraestructura mal ubicada. El cambio climático no permite afirmar mecánicamente que cada El Niño será más fuerte que el anterior; la ciencia aún mantiene cautela sobre cambios sistemáticos en la intensidad oceánica del ENSO. Pero el IPCC sí advierte que la variabilidad de las lluvias asociadas a ENSO probablemente se amplificará durante este siglo, lo que significa extremos más difíciles de gestionar: más lluvia donde llueve demasiado y más sequía donde el agua ya es escasa. 

En el Perú, esa combinación es particularmente peligrosa. El Niño puede significar inundaciones en la costa norte, huaicos en quebradas activadas, colapso de carreteras, escuelas y viviendas; pero también puede significar déficit de lluvias en la sierra central y sur, estrés hídrico, pérdida de pastos, caída de la producción agrícola de secano, mortandad de ganado y conflictos por agua. El dossier técnico del MINAM y SENAMHI sobre El Niño ya señalaba que eventos como 1997-1998 produjeron lluvias extraordinarias en la costa norte y déficit severo de precipitación en la sierra sur.

Por eso, el error más grave es mirar El Niño solo desde la costa. Cuando Lima o Piura se inundan, el desastre se vuelve visible; cuando la sierra se seca, el drama avanza en silencio. La sequía no tiene la espectacularidad de un río desbordado, pero puede ser igual o más destructiva: primero falta lluvia, luego humedad en el suelo, después baja la producción agrícola y, si el déficit persiste, disminuyen caudales, manantes y recarga de aguas subterráneas. El Instituto Geofísico del Perú describe justamente esa progresión: de sequía meteorológica a agrícola e hidrológica, con aumento de la escasez hídrica y de la demanda de agua.

La sierra sur merece atención prioritaria. SENAMHI ha documentado que la variabilidad asociada a El Niño explica buena parte de las deficiencias de lluvias en los Andes, especialmente en la sierra central y sur occidental, aunque la relación no sea absoluta. En Ayacucho, por ejemplo, CENEPRED ha identificado escenarios de sequía meteorológica en provincias como Lucanas, Parinacochas y Paucar del Sara Sara, donde determinados déficits de precipitación pueden presentarse con recurrencias preocupantes. Por eso, afirmar que el sur ayacuchano puede enfrentar estrés hídrico no es alarmismo: es una hipótesis territorialmente razonable que debe activar planificación hídrica, no discursos de emergencia cuando ya no haya agua.

La selva tampoco debe quedar fuera del análisis. En 2024, SENAMHI reportó déficit hídrico con caudales entre “debajo de lo normal” y “muy debajo de lo normal”, afectando especialmente Puno, Loreto y Piura. En Loreto, el río Amazonas descendió progresivamente hasta uno de sus niveles más bajos desde la sequía de 2010, con impactos en transporte fluvial, salud, comercio, educación, agua potable, saneamiento y turismo. Esa experiencia debe leerse como advertencia: en la Amazonía, la sequía no solo seca cultivos; aísla comunidades, encarece alimentos, interrumpe servicios y debilita la vida cotidiana de poblaciones que dependen del río como carretera, mercado y fuente de agua.

El problema, entonces, no es únicamente cuánto lloverá. El problema es dónde hemos puesto las casas, las carreteras, los colegios, los hospitales, los canales de riego, los puentes y los sistemas de agua. El Niño se vuelve desastre cuando encuentra infraestructura diseñada con el clima del pasado, ubicada sin evaluar suficientemente el riesgo futuro y construida como si las lluvias extremas, las sequías, el calor y los huaicos fueran eventos excepcionales, no amenazas recurrentes.

Aquí debe producirse un cambio de fondo: ningún proyecto de inversión pública debería aprobarse sin criterios climáticos obligatorios de localización, diseño, operación y mantenimiento. No como anexo decorativo, no como declaración ambiental genérica, sino como condición vinculante. El propio MEF ya incorpora en Invierte.pe la gestión del riesgo en contexto de cambio climático y reconoce que el riesgo debe ser criterio para seleccionar la localización y tecnología del proyecto, además de analizar peligros actuales y futuros, exposición, vulnerabilidad y nivel de riesgo.

Eso debe traducirse en reglas duras. Una escuela no debe construirse en zona inundable solo porque el terreno es barato. Un puente no debe diseñarse con caudales históricos si la cuenca está cambiando. Un hospital no puede quedar aislado por el primer huaico. Un sistema de agua potable en la sierra sur no puede depender de una fuente única sin considerar sequía plurimensual. Un camino vecinal en ceja de selva no puede ignorar deslizamientos, lluvias extremas y erosión. La inversión pública debe pasar de la pregunta “¿cuánto cuesta construir?” a otra más seria: “¿seguirá funcionando bajo el clima que viene?”.

La respuesta del Gobierno peruano ha mejorado, pero sigue incompleta. En 1982-1983 predominó la reacción. En 1997-1998 hubo prevención táctica, pero no transformación estructural. En 2015-2016 se planificó más, aunque con debilidades de ejecución. En 2017, el Niño Costero mostró que un evento localizado podía desbordar al Estado. En 2023-2024 volvió a observarse una política híbrida: presupuesto, maquinaria, descolmatación, defensas ribereñas y planes; útiles, sí, pero todavía atrapados en la lógica de correr detrás del peligro.

La prevención real no consiste solo en limpiar cauces cuando ENFEN emite una alerta. Consiste en ordenar el territorio, reubicar población en zonas de riesgo no mitigable, proteger cabeceras de cuenca, restaurar ecosistemas que regulan agua, construir drenajes pluviales urbanos, tecnificar riego, cosechar agua, fortalecer reservorios comunales, proteger bofedales y diseñar infraestructura con escenarios climáticos. En la costa, prevención significa convivir inteligentemente con lluvias extremas. En la sierra, significa prepararse para la escasez. En la selva, significa anticipar ríos demasiado bajos o demasiado altos.

El Perú tiene instituciones técnicas capaces: SENAMHI, IGP, IMARPE, ANA, ENFEN, INDECI, CENEPRED. Lo que falta no es información; falta convertir esa información en autoridad. Los mapas de riesgo deben pesar más que la presión política. Los pronósticos climáticos deben modificar presupuestos. La localización de proyectos debe obedecer a ciencia, no a disponibilidad improvisada de terrenos. Y la reconstrucción no debe repetir el mismo error en el mismo lugar con otro expediente.

Ante un nuevo El Niño, el Gobierno tiene una oportunidad decisiva. Puede repetir el ritual de siempre: declarar emergencia, enviar maquinaria, repartir ayuda, reconstruir tarde y olvidar pronto. O puede asumir que el cambio climático obliga a gobernar de otra manera. La infraestructura pública no puede seguir siendo vulnerable por diseño. Cada sol invertido sin criterio climático es una deuda futura; cada obra mal ubicada es una emergencia en incubación.

El Niño no solo calienta el Pacífico. También desnuda la temperatura institucional del país. Nos muestra si aprendimos o si solo archivamos informes. Nos recuerda que la sequía en Ayacucho, la bajante en Loreto, el huaico en la costa y la pérdida de cultivos en la sierra son expresiones distintas de una misma falla: gobernar el riesgo como si fuera accidente.

La naturaleza pone el evento; el Estado decide si se convierte en desastre. Y en un país que ya conoce la historia, improvisar no es falta de experiencia: es falta de responsabilidad.