Por Wens Silvestre
Olas de calor marinas, pérdida de
biodiversidad, eventos extremos y gobiernos atrapados entre el negacionismo, la
guerra y la insuficiencia política.
En
la costa peruana, el invierno parece haber empezado a perder su memoria. Allí
donde el mar frío solía traer garúa, humedad persistente y temperaturas
frescas, hoy aparece un aire templado, casi veraniego, impulsado por aguas
anómalamente cálidas. No se trata de una rareza meteorológica ni de una
exageración sensorial de quienes viven frente al Pacífico. Boletines recientes
del litoral peruano han registrado anomalías positivas de temperatura
superficial del mar de hasta +7 °C frente a la costa norte, junto con anomalías
del nivel del mar superiores a +20 cm en varias zonas. Además, SENAMHI ha
reportado olas de calor diurnas y nocturnas en Lima Metropolitana, con días y
noches muy cálidos fuera de lo habitual para la estación.
Esta imagen resulta poderosa porque resume una transformación mayor: el océano, que durante siglos funcionó como regulador silencioso del clima costero, empieza a devolver el exceso de energía acumulado por un planeta alterado. Lo que ocurre frente al Perú dialoga con las olas de calor en Europa, con los corales blanqueados, con las sequías amazónicas, con los incendios, con la irregularidad de los friajes y con un El Niño 2026–2027 que amenaza con actuar sobre un sistema climático ya sobrecargado. NOAA informó en junio de 2026 que las condiciones de El Niño están presentes y se espera que se fortalezcan hacia el invierno boreal 2026–2027; la OMM, por su parte, advirtió una alta probabilidad de continuidad del evento al menos hasta noviembre de 2026.
Por
ello, el problema ya no puede describirse como una suma de anomalías aisladas.
La crisis climática ha entrado en una fase de retroalimentaciones visibles: el
mar caliente eleva la temperatura del aire costero; el aire caliente reduce el
alivio nocturno; los suelos secos intensifican las olas de calor; los incendios
liberan carbono; la pérdida de bosques disminuye la capacidad de capturar
humedad y CO₂; y los
océanos cálidos blanquean corales, desplazan peces y alteran redes tróficas. En
consecuencia, el sistema climático se ha vuelto más energético, más acoplado y
menos estable.
La
Organización Meteorológica Mundial confirmó que el periodo 2015–2025 reúne los
once años más cálidos registrados, y que 2025 fue uno de los tres años más
cálidos desde que existen registros instrumentales modernos, con una
temperatura global aproximada de 1,44 °C por encima del promedio preindustrial.
Sin embargo, este dato no es una abstracción estadística: es el telón de fondo
de cada ola de calor, de cada océano anómalamente cálido, de cada noche que
deja de refrescar, de cada cultivo que pierde rendimiento y de cada especie
empujada fuera de su rango ecológico. La crisis climática ya no es solo un
aumento gradual de temperatura; es, sobre todo, una crisis de habitabilidad.
Durante
mucho tiempo, el océano absorbió gran parte del exceso de calor generado por
las emisiones humanas. Esa absorción hizo que el calentamiento atmosférico
fuera menos abrupto de lo que habría sido en un planeta sin mares. No obstante,
esa función amortiguadora tiene un costo: el océano se calienta, se expande, se
acidifica, pierde oxígeno y produce olas de calor marinas cada vez más
intensas.
En
zonas de surgencia como la costa peruana, estas olas de calor marinas no son
simples episodios de agua tibia. Alteran la arquitectura climática inmediata.
Si el mar que debía enfriar la capa baja de la atmósfera se calienta, cambian
la nubosidad, la garúa, la humedad relativa, la temperatura nocturna y la
sensación térmica. Así, el invierno costero se vuelve ambiguo: ni plenamente
frío ni plenamente seco, sino desordenado. Es la señal local de un
desequilibrio planetario.
Mientras
tanto, en otros mares, el efecto es ecológico antes que atmosférico. NOAA
informó que el cuarto evento global de blanqueamiento coralino, desarrollado
entre 2023 y mediados de 2025, afectó por estrés térmico a cerca del 84 % del
área mundial de arrecifes y documentó blanqueamiento masivo en al menos 83
países y territorios. Ese dato debería estremecer más que cualquier declaración
diplomática, porque los corales no son ornamentos submarinos: son
infraestructura viva. Sostienen biodiversidad, pesca, turismo, protección
costera y alimentación para millones de personas.
Cuando
un arrecife colapsa, no desaparece solo un paisaje submarino. Se pierde refugio
para peces juveniles, se debilitan cadenas alimentarias, se expone la costa al
oleaje y se empobrece la economía de comunidades que no causaron la crisis. Por
tanto, la pérdida de biodiversidad no es un capítulo sentimental del cambio
climático; es la destrucción de los sistemas que permiten que la vida se
recupere después del golpe.
La
modernidad política ha tratado la biodiversidad como un lujo: algo valioso, sí,
pero secundario frente a la economía, la energía o la seguridad. Esa mirada es
científicamente equivocada. Bosques, humedales, manglares, arrecifes, pastos
marinos, suelos vivos, glaciares y redes de especies forman parte de la
infraestructura que mantiene condiciones habitables. El IPCC ha señalado que el
cambio climático ya produce impactos adversos y pérdidas en la naturaleza y en
las personas, y que los ecosistemas sostienen medios de vida y servicios
esenciales, aunque también tienen límites de adaptación. En otras palabras, la
naturaleza no es un escenario sobre el que ocurre la economía humana: es la
base material que la hace posible.
De
ahí que la pérdida de biodiversidad agrave la crisis climática. Menos bosque
significa menos evapotranspiración, menos reciclaje de humedad, menos sombra y
menos carbono almacenado. Menos manglar significa más vulnerabilidad costera.
Menos corales significa menos pesca y menos protección natural ante tormentas.
Menos insectos, aves y anfibios significa redes ecológicas más frágiles. Así,
la crisis climática empuja a la biodiversidad hacia el límite; y la pérdida de
biodiversidad, a su vez, reduce la capacidad del planeta para amortiguar la
crisis.
Esa
es la retroalimentación que los discursos oficiales suelen suavizar: no estamos
dañando “el ambiente” como si fuera una entidad externa. Estamos desmantelando
los mecanismos vivos que hacen posible la agricultura, el agua, la pesca, la
salud y la estabilidad social.
Los
impactos sobre la vida humana ya no pertenecen al lenguaje del futuro. Están en
el presente: trabajadores expuestos al sol, pescadores que encuentran especies
desplazadas, agricultores que enfrentan lluvias erráticas, ciudades que
consumen más electricidad para enfriar viviendas mal diseñadas, familias que
pagan alimentos más caros por sequías o inundaciones, niños y ancianos que
atraviesan noches sin alivio térmico. Además, una ola de calor no mata solo por
alcanzar una temperatura máxima. Mata por duración, humedad, falta de sombra,
precariedad urbana, pobreza energética y ausencia de descanso nocturno. Del
mismo modo, una sequía no destruye solo cultivos; destruye ingresos, endeuda
familias, aumenta precios y puede empujar migraciones.
Por
eso la crisis climática es profundamente desigual. Quienes menos han
contribuido al calentamiento suelen ser quienes más expuestos están a sus
impactos. El IPCC ha subrayado que las comunidades vulnerables, históricamente
menos responsables de las emisiones actuales, son afectadas de forma
desproporcionada por los daños climáticos. Esa desigualdad convierte la crisis
climática en una cuestión ética y política, no solo ambiental.
Ante
esta realidad, la respuesta de los gobiernos sigue siendo insuficiente. No
porque no exista ninguna política climática: hay leyes, planes de adaptación,
inversiones renovables, mercados de carbono, compromisos nacionales y
estrategias de resiliencia. Sería falso afirmar que todos los gobiernos son
negacionistas. El problema es más grave: muchos aceptan la ciencia, pronuncian
discursos correctos y aun así actúan por debajo de la escala del peligro.
UNEP
estima que, con las políticas actuales, el mundo se encamina a aproximadamente
2,8 °C de calentamiento este siglo; incluso con la plena implementación de las
contribuciones nacionales determinadas, la proyección se mantiene en torno a
2,3–2,5 °C, lejos del objetivo de París. A la vez, la brecha de adaptación es
escandalosa: los países en desarrollo necesitarán entre 310 000 y 365 000
millones de dólares anuales hacia 2035, pero en 2023 recibieron apenas 26 000
millones en financiamiento público internacional para adaptación. La conclusión
es incómoda: el mundo no está fallando por falta de información, sino por
prioridades políticas.
Donald
Trump representa la expresión más abierta de esa regresión. Su administración
inició la retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París y la EPA anunció en
2026 la eliminación del Endangerment Finding de 2009, base jurídica clave para
regular gases de efecto invernadero bajo la Ley de Aire Limpio. No se trata de
mera indiferencia, sino de una política activa de desregulación, nacionalismo
fósil y hostilidad hacia la ciencia climática. Pero sería cómodo culpar solo a
Trump. La irresponsabilidad climática contemporánea no es únicamente el
negacionismo explícito. También es la aceptación retórica de la emergencia
combinada con subsidios fósiles, expansión extractiva, adaptación
subfinanciada, urbanismo vulnerable y diplomacia climática sin dientes.
A
esto se suma que la agenda de las guerras ha eclipsado la agenda climática en
buena parte del mundo. No porque la haya eliminado, sino porque la ha
subordinado. La seguridad energética, el rearme, la competencia geopolítica y
el control de recursos vuelven a ocupar el centro del cálculo estatal. SIPRI
informó que el gasto militar mundial alcanzó 2,887 billones de dólares en 2025,
el undécimo año consecutivo de aumento. La comparación con el financiamiento
climático es moralmente brutal: mientras la adaptación para los países
vulnerables recibe apenas una fracción de lo necesario, el mundo encuentra
recursos gigantescos para prepararse para guerras, sostener conflictos o
ampliar arsenales.
No
se trata de negar amenazas geopolíticas reales. Se trata de advertir una
contradicción histórica: los Estados invierten con rapidez cuando perciben un
enemigo armado, pero actúan con lentitud ante una amenaza climática que ya
destruye hogares, cosechas, arrecifes, glaciares, vidas y economías. La física
del clima no espera a que terminen las guerras. La atmósfera no suspende su
acumulación de CO₂
por razones diplomáticas.
La
ciencia ha cumplido con una claridad notable. Ha descrito los mecanismos,
reducido incertidumbres, advertido riesgos, identificado trayectorias y
mostrado alternativas. En consecuencia, el fracaso principal no está en el
conocimiento; está en la voluntad. La crisis climática no exige solamente
mejores tecnologías, aunque las necesita. Exige otra jerarquía de prioridades.
Exige entender que la economía no puede prosperar sobre ecosistemas colapsados;
que la seguridad nacional pierde sentido en territorios inhabitables; que el
crecimiento pierde legitimidad cuando destruye las condiciones básicas de la
vida; y que la adaptación no puede ser privilegio de países ricos y barrios
acomodados.
La
Tierra ya no envía advertencias discretas. Responde con retroalimentaciones:
mares que calientan costas, bosques que pierden humedad, hielos que dejan de
reflejar luz, corales que blanquean, ciudades que acumulan calor, alimentos que
encarecen, enfermedades que se expanden y especies que desaparecen.
El
drama político de nuestro tiempo no consiste en que no sepamos lo que ocurre.
Consiste en que lo sabemos y aun así seguimos negociando con la física:
aplazando la adaptación, financiando combustibles fósiles, militarizando
presupuestos y tratando la biodiversidad como un adorno prescindible. La crisis
climática no es el fin abstracto del mundo. Es algo más concreto y más difícil
de enfrentar: el deterioro progresivo de las condiciones que hacen posible una
vida digna, diversa y estable en la Tierra. Frente a eso, la indiferencia
política no es neutralidad. Es una forma de violencia contra el futuro.
Referencias
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