Por Wens Silvestre
Con
el conteo electoral avanzado, Keiko Fujimori aparece más cerca que nunca de la
Presidencia. Pero precisamente por eso conviene abandonar la euforia de campaña
y mirar, sin adornos, el país que recibiría si finalmente se confirma su
triunfo. Al 14 de junio, con más del 98,5 % de votos contabilizados, Fujimori
mantenía una ventaja ajustada frente a Roberto Sánchez, en medio de actas
observadas, pedidos de nulidad y una tensión electoral que todavía exige
prudencia institucional. Según información electoral disponible, el resultado
oficial podría tardar aún algunos días o semanas, debido a mesas en revisión y
a una diferencia mínima entre ambos candidatos.
Si
finalmente se confirma su triunfo, Fujimori no recibirá un cheque en blanco.
Recibirá un país partido casi en dos mitades, con legitimidad electoral legal,
pero políticamente estrecha. Su primera obligación no será celebrar la
victoria, sino impedir que esta sea leída como revancha, restauración o
autorización para ocupar el Estado con lógica partidaria.
El riesgo principal de un eventual gobierno suyo no consiste en que vuelva literalmente el Perú de los años noventa. Esa imagen puede ser eficaz para la propaganda, pero no alcanza para el análisis. El peligro real, si no existen límites claros, sería más actual y más silencioso: una democracia formalmente intacta, pero sometida a una presión creciente desde una coalición partidaria con poder sobre el Ejecutivo, el Congreso, las designaciones públicas y los organismos de control.
Ese
será el punto decisivo. Fujimori puede ofrecer estabilidad económica, orden
público y capacidad de gestión. Pero, si no toma distancia verificable de
prácticas parlamentarias asociadas al blindaje político, la presión sobre
instituciones y la disputa por organismos de control, su victoria podría
confirmar los temores de sus críticos. No necesitaría cerrar el Congreso ni
suspender elecciones para deteriorar la democracia. Bastaría con controlar
nombramientos, condicionar fiscales, debilitar investigaciones, colonizar
organismos autónomos y usar la seguridad como argumento para reducir controles.
El
nuevo Parlamento vuelve ese riesgo más concreto. El Congreso bicameral no será
un actor decorativo. La Cámara de Diputados tendrá capacidad de censura e
interpelación; el Senado revisará leyes y participará en decisiones
institucionales clave. Si Fuerza Popular, como primera minoría, articula una
coalición pragmática con disciplina y apetito de poder, Fujimori podría tener
una gobernabilidad que ningún presidente peruano reciente tuvo. La pregunta es
para qué la usará.
La
gobernabilidad puede ser oportunidad o amenaza. Puede servir para reconstruir
un Estado débil, aprobar reformas de seguridad, ordenar la política fiscal y
recuperar inversión. O puede servir para blindar aliados, distribuir cargos,
aprobar leyes clientelares y debilitar la independencia de instituciones que
deberían controlar al poder.
El
país que recibiría tampoco permite fantasías. El Perú llega a 2026 con pobreza
persistente, informalidad masiva, inseguridad extendida, infraestructura
deficiente, corrupción enquistada y un Estado que suele gastar mal incluso
cuando gasta más. A ello se suma un entorno internacional menos benigno:
tensiones geopolíticas, encarecimiento del capital, volatilidad energética y
posibles shocks sobre materias primas. En una economía dependiente de
exportaciones mineras, cualquier deterioro de los términos de intercambio puede
golpear inversión, recaudación y crecimiento.
El
margen fiscal es otro frente delicado. El Marco Macroeconómico Multianual
2026-2029 proyectaba para 2026 un déficit fiscal de 1,8 % del PBI y una deuda
pública cercana al 32,1 % del PBI. Pero esas cifras descansan sobre una premisa
difícil: que el próximo gobierno logre disciplina fiscal en un Congreso
habituado a aprobar obligaciones permanentes sin financiamiento suficiente.
El
Consejo Fiscal ha encendido la alarma. Entre 2021 y 2026 identificó 229 leyes
con impacto fiscal adverso y 352 iniciativas legislativas en trámite. En su
simulación, si se aplican las leyes vigentes y avanzan las iniciativas más
costosas, la deuda pública podría acercarse al 70 % del PBI hacia 2036. Esta no
es una advertencia tecnocrática menor. Es el recordatorio de que el populismo
fiscal puede destruir lentamente lo que la macroeconomía peruana construyó
durante décadas.
El
caso de las pensiones militares y policiales resume el problema. La Ley 32561
modificó el régimen previsional del personal militar y policial. Según el
Consejo Fiscal, citado por Gestión, solo tres de sus modificaciones generarían
un costo fiscal neto de al menos S/ 46.000 millones en valor presente. Ese tipo
de norma puede ser popular, pero compromete recursos futuros que el Estado
necesitará para seguridad, salud, educación, infraestructura y respuesta ante
desastres.
Aquí
Fujimori enfrenta una prueba incómoda. No basta con prometer respeto al
mercado, inversión privada y estabilidad. La responsabilidad económica no se
demuestra en conferencias con empresarios, sino cuando se le dice no a la
propia bancada. Si Fuerza Popular fue parte de mayorías parlamentarias que
aprobaron o toleraron leyes con impacto fiscal adverso durante el quinquenio,
un gobierno de Keiko tendrá que corregir ese legado, no administrarlo.
Su
primer compromiso debería ser explícito: ninguna ley que cree gasto permanente
sin financiamiento permanente. El artículo 79 de la Constitución no puede
seguir siendo una cortesía ignorada por el Congreso. Debe convertirse en línea
roja. Si el Parlamento aprueba normas que vulneran la sostenibilidad fiscal, el
Ejecutivo debe observarlas, impugnarlas ante el Tribunal Constitucional o
proponer su derogación. Y si esas normas vienen de aliados, con mayor razón.
La
segunda prueba será la seguridad. Fujimori ganó parte de su impulso ofreciendo
orden frente a la extorsión, el sicariato y el crimen organizado. Esa demanda
social es legítima. Un Estado que no protege la vida, el trabajo y la propiedad
pierde autoridad moral. Pero la mano dura sin inteligencia, policía
profesional, fiscalías sólidas, cárceles controladas y jueces independientes
termina siendo espectáculo penal. Puede producir titulares, no seguridad.
El
riesgo no está en enfrentar con firmeza al crimen, sino en que la inseguridad
sea usada para justificar medidas excepcionales sin evaluación, controles ni
resultados verificables. Estados de emergencia sucesivos, presencia militar mal
diseñada, reformas penales simbólicas y discursos de guerra pueden dar
sensación de autoridad, pero no desmantelan economías criminales. El próximo
gobierno necesita una política de seguridad medible: reducción de extorsiones,
recuperación penitenciaria, inteligencia financiera, control de armas,
protección a fiscales y depuración policial. Orden no es arbitrariedad. Orden
es Estado eficaz dentro de la ley.
La
tercera prueba será institucional. Fujimori debe convencer a una parte
importante del país que desconfía de ella y de su partido. Y no lo logrará con
frases de reconciliación, sino con renuncias verificables. Debe comprometerse a
no usar el Ejecutivo ni el Congreso para interferir en investigaciones
fiscales, promover nombramientos sin idoneidad en organismos constitucionales,
proteger indebidamente a aliados políticos, debilitar herramientas contra la
criminalidad organizada o condicionar la independencia de la Defensoría, la
Contraloría, el Tribunal Constitucional y los órganos electorales.
La
palabra clave no es unidad. Es autocontención. Un presidente con poder necesita
límites. Una presidenta con una bancada fuerte necesita límites más estrictos.
Y una presidenta Fujimori, por la historia de su apellido y de su partido,
necesita límites visibles desde el primer día.
La
cuarta prueba será el Estado. El Perú no necesita simplemente un Estado más
grande o más chico. Necesita un Estado que funcione. Hoy conviven ministerios
sobredimensionados, gobiernos regionales débiles, municipios capturados por
redes locales, obras paralizadas y sobrevaloradas, compras corruptas, servicios
mediocres y burocracia que castiga al ciudadano formal. Si Fujimori quiere
mostrar un cambio real, debe hacer de la reforma estatal una prioridad, no un
eslogan.
Eso
significa profesionalizar la alta dirección pública, proteger la meritocracia,
digitalizar trámites, cerrar programas inútiles, evaluar gasto, fortalecer
control interno y sancionar corrupción sin selectividad. Si el Estado sigue
siendo tratado como espacio de reparto político, ningún plan de seguridad ni de
inversión será sostenible.
La
quinta prueba será social. Fujimori no puede gobernar solo para Lima, la costa
urbana y los sectores que votaron contra Sánchez. El mapa electoral muestra un
país partido entre ciudades que temen la incertidumbre económica y regiones
rurales que sienten que el crecimiento nunca llegó. Si su gobierno interpreta
la victoria como derrota del Perú rural, incubará la próxima crisis.
La
pobreza no se combate solo con bonos. Se combate con empleo formal, caminos,
agua, salud primaria, educación técnica, conectividad, crédito productivo y
seguridad jurídica para pequeños productores. La informalidad no se reduce
persiguiendo al informal, sino haciendo menos costoso y más útil ingresar a la
formalidad. Si Fujimori no entiende ese reclamo, Sánchez habrá perdido la
elección, pero su malestar seguirá gobernando las calles.
La
sexta prueba será climática. Un evento El Niño fuerte o incluso moderado puede
golpear infraestructura, agricultura, pesca, salud pública y precios de
alimentos. Para un país con quebradas vulnerables, obras inconclusas y
reconstrucciones eternas, el clima no es un asunto ambiental: es un riesgo
fiscal, social y político. Un gobierno serio debe llegar con un plan preventivo
antes de que lleguen las lluvias: limpieza de cauces, defensas ribereñas,
puentes críticos, hospitales preparados, compras transparentes, seguros
agrarios, alerta temprana y control ciudadano del gasto de emergencia. El Niño
suele desnudar al Estado peruano. Fujimori no podrá decir que no fue advertida.
La
séptima prueba será internacional. La geopolítica ya no es telón de fondo.
Conflictos militares, tensiones comerciales, competencia entre China y Estados
Unidos, volatilidad del cobre, cambios en tasas de interés y encarecimiento
logístico pueden afectar inversión, exportaciones y financiamiento. Perú
necesita pragmatismo exterior: atraer inversión sin dependencia, defender
mercados sin ideologizar alianzas y fortalecer sectores exportadores sin
regalar estabilidad regulatoria a cambio de rentas privadas.
Fujimori
podría beneficiarse de una percepción inicial de mayor previsibilidad frente a
los mercados. Pero esa ventana puede cerrarse rápido si el gobierno usa el
poder para repartirse instituciones, si el Congreso multiplica gastos, si la
inseguridad sigue creciendo o si un shock externo encuentra al país sin
reservas políticas ni fiscales.
Por
eso, la pregunta ya no es si Keiko Fujimori puede ganar. La pregunta es si
puede gobernar contra su propia sombra.
Para
convencer de un cambio real, debería anunciar en los primeros días un pacto de
garantías democráticas y fiscales. No un discurso ceremonial, sino compromisos
verificables: gabinete técnico y plural; respeto a la autonomía del BCRP;
defensa del Consejo Fiscal; observación de leyes que vulneren el artículo 79;
no interferencia en el Ministerio Público ni el Poder Judicial; concursos
transparentes para altos cargos; política de seguridad con metas públicas; y
una agenda social dirigida a las regiones que no votaron por ella.
También
debería comprometerse a no usar la mayoría parlamentaria relativa para elegir
autoridades de control por reparto partidario. Ese será el termómetro más
importante. Si las primeras decisiones del nuevo Congreso apuntan a copar
instituciones, la moderación habrá terminado antes de empezar. Si, por el
contrario, se promueven perfiles independientes, idóneos y fiscalizables,
Fujimori podría empezar a desmontar parte de la desconfianza acumulada.
El
país no le pide que renuncie a su identidad política ni a su promesa de orden. Le
pide algo más básico: que demuestre que el Estado no será administrado como
patrimonio partidario. La conducta parlamentaria de Fuerza Popular ha mostrado
rasgos difíciles de conciliar con una derecha liberal fiscalmente disciplinada:
apoyos a normas costosas, pactos con sectores ideológicamente opuestos y
decisiones orientadas a preservar cuotas de poder. El desafío de Fujimori no es
demostrar que pertenece a una etiqueta ideológica, sino que puede gobernar sin
mercantilismo político, sin clientelismo fiscal y sin confundir autoridad con
obediencia.
Si
gana Keiko Fujimori tendrá una oportunidad histórica y un riesgo simétrico.
Podrá ser la presidenta que cierre dos décadas de bloqueo político personal y
estabilice el país. O podrá confirmar el temor de que el fujimorismo, cuando
vuelve al poder, tiende a administrar el Estado con lógica de control
partidario antes que con límites republicanos.
Los
próximos cinco años no admitirán frivolidad. Déficit fiscal, leyes costosas,
inseguridad, pobreza, corrupción, ineficiencia estatal, El Niño y shocks
externos formarán una tormenta de gobernabilidad. En ese contexto, la
moderación no será una virtud retórica. Será una condición de supervivencia.
Si
Keiko Fujimori quiere ser creíble, debe empezar por una frase que todo
gobernante con poder debería repetir con humildad: el poder que gané no me
pertenece. Solo entonces su victoria dejará de parecer una amenaza para
convertirse, tal vez, en una oportunidad republicana.






