Por Wens Silvestre
Davos
2026 no fue una feria de optimismo. Fue, más bien, una confesión colectiva: el
orden global que durante décadas funcionó como telón de fondo —ese “orden
basado en reglas” al que se apelaba con la fe de quien cree invocar un seguro—
ya no opera como se anuncia. La reunión del Foro Económico Mundial (19–23 de
enero) lo dejó claro con cuatro conclusiones que, leídas en conjunto, suenan
menos a agenda y más a diagnóstico: nuevos acuerdos en un tablero fracturado,
un ajuste de cuentas para la humanidad, el diálogo como infraestructura de
supervivencia y una política definida por preguntas, no por certezas.
En ese escenario, Perú no puede seguir actuando como si bastara con “portarse bien” para estar a salvo. Eso es, precisamente, lo que Mark Carney —primer ministro canadiense— denunció en su discurso en Davos: el hábito de vivir dentro de una mentira, de repetir rituales y eslóganes sobre reglas y previsibilidad mientras la realidad se convierte en coerción. La frase de Carney es un dardo para los países intermedios, pero también un espejo para economías abiertas como la nuestra: cuando la integración se convierte en vulnerabilidad, la soberanía deja de ser un discurso y se vuelve capacidad.
Davos
2026: cuatro conclusiones, una sola advertencia
La
primera conclusión de Davos es incómoda: los acuerdos ya no se tejen sobre
confianza estructural sino sobre coaliciones parciales y pragmáticas. La
relación transatlántica, la seguridad del Ártico, el comercio y la energía
aparecen como capítulos negociables, no como compromisos incondicionales. El
multilateralismo no desaparece, pero se transforma: menos instituciones
universales, más “geometría variable” —coaliciones por temas, por intereses,
por riesgos compartidos.
La
segunda conclusión fue un ajuste de cuentas: el mundo entra en una era donde
las crisis no son episodios sino régimen. Polarización, fragmentación
geoeconómica, deuda, seguridad energética, crisis climática, salud y disrupción
tecnológica compiten por prioridad. La pregunta ya no es cuál crisis es “la
principal”, sino cómo se gobierna cuando todas ocurren a la vez y, peor aún,
cuando la respuesta a una crisis agrava otra.
La
tercera conclusión fue casi una súplica: el diálogo no es un lujo, es una
necesidad. Davos funcionó como un espacio para desescalar y abrir canales, pero
sin la ilusión de que conversar equivale a resolver. Es el tipo de diplomacia
que no promete paz; promete, al menos, reducir el margen de error.
La
cuarta conclusión fue la más honesta: Davos dejó más preguntas que respuestas.
No por evasión, sino porque el mundo vive un cambio de contornos difusos:
multipolaridad, militarización del comercio, cadenas de suministro como campo de
batalla, inteligencia artificial como infraestructura y como riesgo cultural.
En este contexto, gobernar es decidir sin mapa definitivo.
Y
ahí aparece el punto decisivo para Perú: en un mundo de “fortalezas”, la
neutralidad retórica se vuelve subordinación práctica.
Perú
y la tentación del cartel en la ventana
Perú
tiene dos socios fundamentales: China y Estados Unidos. Uno domina buena parte de
la demanda de minerales y la inversión en infraestructura; el otro es clave en
acceso tecnológico, finanzas, cooperación y mercados relevantes para
agroexportación. Esto, que en el pasado era una ventaja —ser puente, ser
proveedor confiable— en el mundo pos-Davos 2026 puede convertirse en una
vulnerabilidad: cuando la integración es arma, la dependencia es un flanco.
Por eso resulta sintomático que el presidente del Consejo de Ministros, Álvarez, haya sugerido que la compra de aviones para la FAP se decidirá en función del “nuevo rol de liderazgo” de Estados Unidos. En una frase se condensa un riesgo estratégico: convertir decisiones de defensa —que deberían seguir criterios operativos, financieros y de soberanía tecnológica— en un gesto de alineamiento geopolítico. No se trata de demonizar a EE. UU. ni de romantizar a China. Se trata de entender lo que Carney advirtió: negociar bilateralmente, desde la necesidad, con una potencia hegemónica, suele ser negociar desde la debilidad.
La
defensa nacional no puede ser un referéndum de “a quién seguimos”. Mucho menos
en un país cuya estabilidad interna, gobernanza y legitimidad están bajo
presión. En un mundo de incertidumbre, el poder no está en declamar alianzas;
está en sostenerlas sin quedar atrapado.
El
rol posible de Perú: autonomía activa, no ambigüedad
La
pregunta no es si Perú debe elegir entre Washington y Pekín. La pregunta es más
dura: ¿Perú quiere capacidad de elección o se resigna a ser elegido por otros?
La
postura inteligente —y realista— es la autonomía activa, que exige cuatro
movimientos simultáneos:
Diversificación
real, no discursiva. Reducir concentración comercial y financiera no implica
romper con China o EE. UU., sino ampliar margen: UE, Japón, Corea, India,
ASEAN, Medio Oriente. Un país que depende de un solo gran comprador o un solo
gran financista no tiene política exterior; tiene administración de
dependencia.
Gobernanza
de infraestructura crítica como asunto de soberanía. Puertos, energía,
telecomunicaciones y data centers deben diseñarse con lógica “multi-proveedor”
y reglas robustas: competencia, transparencia, continuidad operativa, cláusulas
anticorrupción, capacidades nacionales de mantenimiento. La infraestructura es
el nuevo territorio: quien la controla, condiciona.
Minerales
críticos con poder estatal y valor agregado. El Perú no puede limitarse a
exportar riqueza bruta y esperar respeto. La transición energética global
vuelve estratégicos al cobre y otros minerales; pero el recurso no es poder si
se acompaña de conflictividad social, baja capacidad regulatoria y nulo
escalamiento industrial. La soberanía es cadena de valor, licencia social y
Estado competente.
“Geometría
variable” en alianzas. Cooperación por temas: seguridad digital con quien
ofrezca estándares verificables; transición energética con quien invierta con
trazabilidad; defensa con quien garantice interoperabilidad sin dependencia
irrestricta; Amazonía con coaliciones regionales y globales. Lo contrario
—alineamiento total— es una apuesta que nuestro país no puede pagar.
Esta
autonomía activa requiere algo más importante que la diplomacia: construcción
de fuerza en casa. Carney lo dijo sin rodeos: ya no basta “la fuerza de los
valores”, también cuenta “el valor de la fuerza”. Para Perú eso significa
Estado que ejecuta, regula y fiscaliza; instituciones que sostienen contratos;
seguridad jurídica no arbitraria; y un pacto social mínimo que reduzca el ciclo
de crisis.
Conclusión:
el mundo dejó de fingir, Perú debe dejar de improvisar
Davos
2026 dejó una moraleja que los peruanos no podemos ignorar: el viejo orden ya
no garantiza estabilidad, y el mundo se reorganiza con una mezcla de miedo,
pragmatismo y competencia. En ese contexto, seguir repitiendo mantras sobre
reglas mientras se toman decisiones estratégicas por impulso geopolítico es
poner el cartel en la ventana.
Perú
no está condenado a ser satélite. Tiene activos reales: ubicación, recursos,
biodiversidad, mercado exportador dinámico y potencial logístico. Pero esos
activos solo se convierten en poder si se transforman en capacidad de
negociación, en instituciones confiables y en una estrategia que entienda la
nueva realidad: no se trata de vivir esperando el mundo que deseamos, sino de
actuar en el mundo que existe.
Y
en el mundo que existe —como quedó claro en Davos— la soberanía no se declama:
se diseña.









