Por
Wens Silvestre
El
Decreto de Urgencia Nro. 003-2026 marca un nuevo punto de inflexión en la
crisis de Petroperú. Bajo el argumento de mitigar una eventual crisis
energética nacional y garantizar el abastecimiento de hidrocarburos, el
Ejecutivo autoriza al Ministerio de Energía y Minas a asumir compromisos
contingentes hasta por US$ 2,000 millones, más costos financieros. El objetivo
declarado es financiar capital de trabajo, recomponer inventarios de
combustibles e insumos, y sostener servicios necesarios para la producción de
hidrocarburos. La norma no dispone un desembolso inmediato, pero sí abre una
exposición fiscal potencialmente gigantesca. En términos sencillos: si
Petroperú no puede responder, el Estado quedará comprometido.
El
problema es que este respaldo no aparece en el vacío. Llega después de años de
pérdidas, endeudamiento, apoyo estatal recurrente y una reorganización
patrimonial que aún no demuestra resultados concretos. El propio decreto
reconoce que Petroperú pasó de una rentabilidad operativa sostenida entre 2016
y 2021 a pérdidas operativas estructurales desde 2022, coincidiendo con la
puesta en marcha progresiva de la Nueva Refinería Talara. También admite que, a
marzo de 2026, la empresa registraba pérdidas operativas y netas
significativas, con efectos directos sobre su viabilidad financiera y su
patrimonio. Es decir, el Estado no enfrenta solo una emergencia energética:
está sosteniendo una empresa estructuralmente debilitada.
El
Ejecutivo invoca factores externos: conflicto en Medio Oriente, cierre del
Estrecho de Ormuz, mayor volatilidad del petróleo y riesgos de abastecimiento.
Es cierto que un shock internacional puede afectar a un país importador neto de
combustibles como el Perú. También lo es que los hidrocarburos siguen siendo
centrales para el transporte, el comercio, la minería, la electricidad y la
producción. Pero una emergencia externa no puede convertirse en licencia para
socializar indefinidamente las pérdidas de una empresa estatal mal gestionada.
La seguridad energética debe protegerse; la insolvencia empresarial no debe
maquillarse como política de Estado.
La
inconsistencia fiscal es evidente. Si los US$ 2,000 millones se convierten a un
tipo de cambio referencial cercano a S/ 3.70, hablamos de aproximadamente S/
7,400 millones. Frente a un PIA del Ministerio de Energía y Minas de alrededor
de S/ 669.77 millones, la exposición autorizada equivale a más de once veces su
presupuesto institucional anual. La frase “con cargo a su presupuesto
institucional” resulta, por tanto, formalmente cómoda, pero materialmente poco
creíble. Si la contingencia se activa, no pagará realmente el presupuesto
ordinario del MINEM; pagará el Estado peruano, directa o indirectamente,
mediante reasignaciones, endeudamiento, créditos suplementarios o mayor presión
sobre el Tesoro.
Esto
ocurre en un país donde el déficit fiscal sigue acechando. Según el BCRP, el
déficit fiscal bajó de 3.5% del PBI en 2024 a 2.2% en 2025, pero en marzo de
2026 todavía se mantenía en 2.2% del PBI. Hubo corrección, sí, pero no holgura.
La disciplina fiscal peruana se encuentra en una zona de fragilidad, no de
abundancia. Y esa fragilidad se vuelve más delicada cuando el Estado asume
contingencias masivas fuera de una discusión presupuestal transparente y sin
una matriz pública de riesgos.
La
paradoja es mayor si se considera que el Perú viene de un contexto externo
extraordinariamente favorable. El BCRP reportó que los términos de intercambio
crecieron 30.5% interanual en diciembre de 2025, impulsados principalmente por
el alza de los precios de exportación, en especial del oro, el cobre y el café.
También informó que, en 2025, los términos de intercambio aumentaron 19.2%
anual y alcanzaron niveles excepcionalmente altos. En otras palabras, el país
se benefició de un contexto internacional favorable para sus materias primas;
sin embargo, no logró reconstruir plenamente su espacio fiscal ni reducir la
pobreza a los niveles previos a la pandemia. Peor aún, no ha generado ahorros
suficientes para enfrentar eventuales periodos de menor crecimiento o deterioro
de los términos de intercambio.
La
pobreza monetaria cayó en 2025, sí, pero sigue siendo socialmente inaceptable.
El INEI informó que afectó al 25.7% de la población, por debajo del 27.6%
registrado en 2024, aunque todavía más de cinco puntos por encima del 20.2% de
2019, antes de la pandemia. Esto significa que, pese a la mejora, el país no ha
recuperado su línea social previa al shock sanitario. En 2025, uno de cada
cuatro peruanos seguía siendo pobre en términos monetarios. La línea de pobreza
fue de S/ 462 mensuales por persona; para un hogar de cuatro miembros, S/
1,848. Esa es la escala real de precariedad frente a la cual debe evaluarse
cualquier contingencia fiscal.
La
pobreza multidimensional agrava aún más el juicio ético. El INEI publicó en
2025 el avance de la medición oficial de pobreza multidimensional, orientada a
complementar la pobreza monetaria mediante dimensiones vinculadas a salud,
educación, vivienda, servicios básicos, energía, empleo y protección social.
Estimaciones recientes con base en la ENAHO señalan que la pobreza
multidimensional habría bajado de 29.8% en 2024 a 26.2% en 2025, pero aún
afectaría a más de 9.1 millones de peruanos y superaría a la pobreza monetaria.
Por
eso, el debate sobre Petroperú no es solo contable; es moral y político. Cada
sol comprometido para sostener una empresa estatal insolvente compite con agua,
saneamiento, salud, educación, primera infancia, seguridad alimentaria,
conectividad rural y empleo formal. Si el Estado tiene millones de ciudadanos
con privaciones monetarias y multidimensionales, no puede tratar los rescates
empresariales como simples operaciones técnicas. El costo de oportunidad es
humano.
A
ello se suma otra presión estructural: el gasto reivindicativo y salarial del
Estado. En los últimos años, el Congreso y el Ejecutivo han acumulado leyes y
compromisos con impacto fiscal: aumentos remunerativos, beneficios laborales,
pensiones, nombramientos y medidas sectoriales sin financiamiento sostenible.
El Consejo Fiscal advirtió que, desde 2021, el Congreso aprobó 229 leyes con
implicancias fiscales, y que existían cientos de proyectos adicionales de
gasto. Incluso alertó que diez propuestas podían costar alrededor de S/ 25,000
millones anuales y elevar el déficit hasta 5.5% del PBI en 2026 en un escenario
de aprobación descontrolada.
La
propia discusión pública sobre un pacto fiscal en 2025 reconoció la acumulación
de medidas de gasto que amenazan la estabilidad fiscal. El Consejo Fiscal
mencionó que diez propuestas bajo revisión podían tener un impacto conjunto de
US$ 7,400 millones anuales, incluyendo incrementos salariales y beneficios
tributarios aprobados o promovidos en los últimos años. La aritmética es
brutal: el Estado se compromete por todos lados, pero la pobreza sigue
esperando.
El
DU 003-2026 intenta crear una arquitectura sofisticada: vehículo de propósito
especial, fideicomisos, Proinversión como estructurador, protocolos de
canalización de flujos y control sobre la disposición de recursos. Todo ello
puede sonar moderno, pero no sustituye la pregunta central: ¿quién asume la
pérdida si Petroperú no genera caja? La respuesta, por ahora, parece ser el
Estado.
Ese
es el verdadero problema. La reorganización patrimonial dispuesta por el DU
010-2025 debía ser el camino hacia una solución estructural: ordenar activos,
atraer inversión, mejorar la gestión, reducir pasivos y dejar de depender del
Tesoro. Pero el DU 003-2026 parece convertir esa reorganización en un puente
sostenido por recursos contingentes del Estado. Un puente puede ser razonable
si conduce a una salida. Pero si solo conecta un rescate con otro, deja de ser
puente y se convierte en túnel fiscal.
El
Congreso debe actuar con seriedad. Se requiere exigir al MEF, al MINEM, a
Petroperú y a Proinversión una matriz completa de riesgos fiscales, condiciones
financieras, entidades participantes, tasas, plazos, garantías, comisiones,
fuente real de repago, gatillos de activación, protocolos de uso de recursos y
metas verificables de desempeño. También debe exigirse control concurrente de
la Contraloría y publicación periódica de avances.
El
país debe garantizar combustibles, sí. Pero no puede garantizar indefinidamente
la supervivencia financiera de una empresa que no demuestra viabilidad. La
seguridad energética es una obligación pública; la socialización de pérdidas no
lo es.
La agonía de Petroperú no puede seguir hipotecando a un Estado con déficit, presiones salariales crecientes, pobreza persistente y brechas multidimensionales profundas. Si el Gobierno quiere comprometer hasta US$ 2,000 millones en contingencias, debe demostrar que no está comprando tiempo político, sino financiando una salida real. De lo contrario, el DU 003-2026 no será una medida de seguridad energética: será otro capítulo de una larga historia en la que el Estado rescata empresas mientras posterga ciudadanos.







