Por Wens Silvestre
La
elección de José María Balcázar como presidente del Congreso —y, por sucesión
constitucional, como presidente encargado de la República— ha disparado una
reacción que en ciertos sectores roza lo teatral: alarma maximalista, búsqueda
compulsiva de culpables y una guerra de relatos en la que importa más “quién
pagará el costo” que “qué debe hacerse desde hoy”.
Ese
reflejo es comprensible. Llegamos a febrero de 2026 con fatiga acumulada:
crisis políticas sucesivas, desafección ciudadana y un clima de inseguridad que
hace que cualquier cambio en la cúpula del poder se lea como amenaza
existencial. Pero también es un reflejo peligroso. Cuando la política se reduce
a gritos y acusaciones, la democracia pierde sustancia: se erosiona la
confianza, se debilitan los controles institucionales y se normaliza el cinismo
(“todos son iguales, nada sirve”). Y ese deterioro, a semanas del 12 de abril,
es gasolina para la abstención emocional, el voto rabioso o la salida
antipolítica.
Ahora
bien, en democracia hay una diferencia fundamental entre respetar un resultado
y renunciar a la vigilancia. Balcázar fue elegido por mayoría parlamentaria y
en segunda votación obtuvo 64 votos frente a 46 de su contendora; votaron 113
congresistas y hubo votos viciados. Su investidura, por tanto, es un hecho
político e institucional.
Por
eso el debate serio no debería quedarse en “quiénes son los responsables”
—aunque los hay—, sino en algo más exigente y útil: Quienes apostaron por
Balcázar tienen el deber de asumir su responsabilidad política completa, no
solo el voto. Eso implica sostener la gobernabilidad mínima, impedir la
repartija y, sobre todo, obligar a que se cumpla una agenda de transición. Si
lo llevaron al cargo, no pueden ahora lavarse las manos, ni “tercerizar” el
costo cuando suba la temperatura mediática. En política, el voto no es una
anécdota: es un acto con consecuencias.
Lo
ocurrido también es una radiografía del problema estructural: El Parlamento
sigue tomando decisiones “de consenso” con lógica de grupo, cálculo de corto
plazo o acomodo electoral, no con lógica de interés nacional. El resultado es
predecible: cada operación que suena a maniobra —cada sensación de “cocina” o
reparto— golpea los pilares democráticos (Estado de derecho, rendición de
cuentas, equilibrio de poderes) y agranda la distancia entre representación y
ciudadanía.
Ahí
está el costo real: no es solo quién preside cinco meses, sino la idea de que
el sistema decide para sí mismo en vez de decidir para el país. Y cuando esa
sospecha se instala, la democracia pierde lo único que la hace sostenible: la
creencia de que las reglas sirven, aunque no nos gusten sus resultados.
Transición
con mandato acotado: tres obligaciones y una línea roja
En
sus primeras declaraciones, Balcázar puso sobre la mesa tres compromisos que no
deberían leerse como retórica, sino como un contrato político de transición:
garantizar transparencia electoral, enfrentar la inseguridad y mantener
lineamientos económicos.
Traducido
en exigencias concretas:
1)
Elecciones limpias y sin injerencias. No basta con prometer “transparencia”.
Hay que blindar la neutralidad del Ejecutivo: uso de publicidad estatal,
designaciones, programas sociales, inauguraciones, narrativa oficial, presión
indirecta sobre organismos electorales. Si el gobierno es de transición, su
deber es no contaminar la cancha.
Aquí
el Congreso debe pasar del discurso a la fiscalización: reglas claras, reportes
periódicos, trazabilidad del gasto comunicacional y rendición de cuentas sobre
decisiones sensibles. La democracia no se protege con consignas, sino con
procedimientos y evidencia.
2)
Seguridad: foco total y resultados medibles. Si la prioridad es la inseguridad,
corresponde un enfoque de transición: coordinación, mando claro y acciones
medibles. No “paquetes” para la foto, sino indicadores verificables (extorsión,
homicidios, tiempos de respuesta, operativos con inteligencia, avance en
desarticulación de redes). Seguridad, sí; pero seguridad con legalidad y
control. La mano dura sin control suele terminar golpeando a los mismos
ciudadanos que dice proteger.
3)
Estabilidad macroeconómica: continuidad y prudencia. En un gobierno de cinco
meses el deber no es “refundar”, sino no desordenar. Balcázar ha señalado que
evaluará ministros y no descarta ratificaciones: eso abre la puerta a cambios,
pero también obliga a criterios públicos de idoneidad.
En
transición, la regla es una sola: previsibilidad. La economía no tolera bien la
improvisación política porque la improvisación es, casi siempre, el nombre
amable del riesgo.
Línea
roja: autonomía del BCRP y rechazo al populismo de transición
Aquí
no puede haber ambigüedad. El Banco Central de Reserva no es un actor más del
debate: su autonomía es un pilar de estabilidad monetaria y, por extensión, de
confianza interna y externa. Presionarlo, instrumentalizarlo o convertirlo en
excusa para “deudas sociales” mal entendidas sería un error con costos reales:
inflación, fuga de confianza, encarecimiento del crédito y deterioro de
expectativas.
Y,
por lo mismo, el populismo de transición —bonos improvisados, gasto sin
sustento, nombramientos clientelares— sería doblemente dañino: compromete el
cierre fiscal, erosiona la credibilidad electoral y deja una bomba al siguiente
gobierno.
Vigilancia
democrática, no guerra de histerias
En
paralelo, Balcázar buscó desactivar un foco de polarización al descartar que un
indulto a Pedro Castillo esté en agenda, remarcando que existen procesos
penales en curso. Esa definición baja incertidumbre, pero debe leerse con la
misma vara con la que debe leerse todo lo demás: lo que importa es la conducta,
no el titular.
Lo
sensato —y patriótico— es esto: bajar el volumen del histrionismo y subir el
estándar del control. El país no necesita más pirotecnia política. Necesita que
el Congreso, especialmente quienes hicieron posible esta elección, se amarre
públicamente a condiciones de transición y responda por ellas.
Porque
esa es la esencia de una democracia, incluso imperfecta: aceptar la decisión
institucional y, al mismo tiempo, vigilarla con rigor para que no se convierta
en abuso. Si algo debe salir fortalecido de este episodio, es precisamente lo
contrario de lo que hoy domina las redes: menos cacería de culpables y más
responsabilidad verificable, con fechas, indicadores y límites claros.
Si
el Congreso no aprende esa lección, la factura la cobrará la ciudadanía. No en
discursos, sino en desconfianza. Y esa, en democracia, es la antesala de todo
lo demás.









