Por Wens Silvestre
Las
elecciones del 12 de abril no solo definieron una segunda vuelta. Dejaron,
sobre todo, un diagnóstico del país. El Perú llegó a las urnas con una oferta
presidencial desbordada, un sistema de partidos exhausto y un aparato
institucional sometido a una prueba de complejidad inédita: 35 fórmulas
presidenciales, 37 organizaciones políticas, cinco elecciones en una sola
cédula y un proceso atravesado por reformas recientes que multiplicaron la
dificultad para votantes, miembros de mesa y autoridades electorales. La misión
de observación de la Unión Europea describió estos comicios como los más
complejos de la historia reciente del país, mientras la OEA advirtió que la
etapa previa ya venía marcada por controversias sobre tachas, exclusiones y
reglas de competencia.
A
esa complejidad se añadió un episodio que terminó por empañar la jornada: la
demora en la apertura de locales de votación en Lima por la falta de entrega de
material electoral. La ONPE reconoció el problema, informó que el JNE amplió
excepcionalmente el plazo de instalación de mesas y el horario de votación, y
al día siguiente tuvo que organizar una jornada extraordinaria en 13 locales de
Lima Metropolitana para 55.261 electores que no habían podido sufragar el
domingo. La propia misión europea señaló que ese aplazamiento comprometió la
percepción pública de una elección que, en otros aspectos, había sido
organizada razonablemente.
Conviene
subrayarlo con claridad: lo ocurrido no demuestra, hasta ahora, un fraude
probado; demuestra algo quizá más inquietante y más persistente, que es la
fragilidad del sistema. La OEA registró campañas de desinformación y narrativas
de fraude orientadas a cuestionar anticipadamente la integridad del proceso sin
que se aportaran pruebas para sostener esas afirmaciones. También observó
episodios de hostilidad, agresiones durante la campaña, ataques contra
autoridades electorales y presiones sobre periodistas y medios. Es decir, el
problema no fue únicamente técnico. Fue político y cultural: una parte de la
competencia democrática volvió a comportarse como si perder fuera, por
definición, señal de conspiración.
Pero
sería un error leer esta elección solo como una suma de fallas. También ha
revelado algo que el país venía posponiendo: el agotamiento de la política
entendida como demolición. La fragmentación, que en la primera vuelta se
tradujo en una dispersión extrema del voto, tendrá su reflejo en el nuevo
Congreso bicameral. Si el mapa preliminar que hoy muestran los resultados se
confirma, el próximo Parlamento estará compuesto por varias fuerzas relevantes
y ninguna de ellas tendrá mayoría propia en ambas cámaras. Esa ausencia de
hegemonía puede ser el preámbulo de un nuevo ciclo de bloqueo; pero también
puede convertirse, por primera vez en mucho tiempo, en una pedagogía de los
límites.
Ese
punto importa más de lo que parece. Con la bicameralidad restablecida, la
Cámara de Diputados concentrará la iniciativa legislativa y el control
político, mientras el Senado revisará los proyectos aprobados y asumirá
atribuciones especialmente sensibles, entre ellas decisiones sobre altos
funcionarios del Estado. La propia observación europea ha llamado la atención
sobre el peso institucional que adquiere el futuro Senado, y desde el Congreso
se ha explicado que el nuevo diseño reparte deliberadamente las funciones entre
una cámara de impulso político y otra de revisión y equilibrio. En teoría, eso
puede ralentizar el decisionismo y contener la improvisación; en la práctica,
todo dependerá de si las bancadas entienden que revisar no es sabotear y controlar
no es dinamitar.
La
pregunta de fondo, entonces, no es si tendremos un Ejecutivo cómodo. No lo
tendremos. La pregunta es si el Congreso querrá seguir siendo una máquina de
desgaste o si entenderá, al fin, que el país ya no soporta otro ciclo de
mezquindad institucional. Ser oposición no puede seguir significando sabotear
cada iniciativa del Gobierno; y ser oficialismo tampoco puede consistir en
exigir obediencia parlamentaria como si el voto presidencial autorizara a
ignorar los contrapesos. La fragmentación obliga a otra cosa: a negociar, a
ceder, a jerarquizar. Obliga, en suma, a hacer política en serio.
No
se trata de un optimismo ingenuo. Nada garantiza por sí solo que el nuevo
Parlamento será más sobrio que el anterior. Los incentivos para la estridencia
siguen ahí: el cálculo corto, el personalismo, la tentación del espectáculo y
la rentabilidad del conflicto. Además, la OEA recordó que la mayoría de las
organizaciones políticas eligió sus candidaturas por delegados y que incluso
pocos días antes de la elección todavía persistían apelaciones por tachas y
exclusiones, síntomas de una estructura partidaria frágil y poco
institucionalizada. Ese dato debería prevenirnos contra cualquier idealización
del Congreso que viene. Las bancadas pueden ser numerosas en escaños y débiles
en cohesión; visibles en campaña y erráticas en el ejercicio del poder.
Y,
sin embargo, hay una posibilidad razonable que vale la pena defender.
Precisamente porque nadie podrá imponer por sí solo su voluntad, todos estarán
más obligados a medir las consecuencias de sus excesos. Precisamente porque el
Senado revisará y la Cámara de Diputados fiscalizará, ambos podrían verse
empujados a una disciplina institucional mayor que la que conocimos en los
últimos años. Precisamente porque la ciudadanía llega exhausta, las fuerzas
políticas pagarán un costo más alto si convierten la bicameralidad en una
simple duplicación del caos. El nuevo Congreso podría no ser mejor por virtud,
pero sí por necesidad. Y a veces, en política, eso basta para empezar a
corregir el rumbo.
Nuestro
país no necesita en este momento otro salvador, otro redentor u otro caudillo
providencial. Necesita dirigentes capaces de comprender que la democracia no
consiste en aplastar al adversario, sino en administrar desacuerdos sin
destruir las reglas comunes. La elección del 12 de abril fue confusa, áspera y,
por momentos, exasperante. Pero también puede dejar una enseñanza útil: después
de tantos años de polarización estéril, quizá el país solo pueda avanzar si
aprende a gobernarse desde la contención.
Ese
es, al final, el desafío real del tiempo que viene. No únicamente elegir a un
presidente, sino obligar al sistema político a madurar. El próximo Congreso
puede ser un factor de chantaje o un espacio de corrección; una trinchera de
revanchas o un taller de acuerdos imperfectos pero indispensables. Vale
esperar, sí, un Parlamento más reflexivo y más respetuoso de las instituciones.
No porque el Perú haya resuelto de pronto sus viejos vicios, sino porque la
nueva correlación de fuerzas tal vez no deje otra salida honorable. Y acaso esa
sea la mejor noticia posible en medio de tanta incertidumbre: que, por una vez,
la política se vea forzada a comportarse como política y no como demolición.






