Por Wens Silvestre
La
historia de las guerras modernas suele contarse en términos de territorios,
ejércitos y alianzas. Sin embargo, el nuevo frente abierto entre Israel,
Estados Unidos e Irán demuestra que los conflictos del siglo XXI ya no se
libran únicamente en el campo de batalla. También se combaten en los mercados
energéticos, en las rutas marítimas, en los sistemas financieros y, sobre todo,
en las cadenas industriales que sostienen la vida cotidiana de miles de
millones de personas.
El centro invisible de esta guerra no es una ciudad ni una base militar. Es un estrecho marítimo de apenas unas decenas de kilómetros de ancho: el Estrecho de Ormuz. Por allí transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial, además de grandes volúmenes de gas natural licuado y derivados petroquímicos. Cuando esa arteria se paraliza, el impacto se propaga de forma inmediata desde el Golfo Pérsico hasta las economías industriales de Asia, Europa y América.
La
primera consecuencia visible ha sido el precio del petróleo. En cuestión de
días, el barril pasó de niveles cercanos a 70 dólares a superar los 90. Pero el
petróleo no es solo combustible. Es también materia prima para fertilizantes,
químicos industriales, plásticos, metales procesados y una amplia gama de
insumos tecnológicos. Por eso el shock energético rápidamente se transforma en
un shock industrial: aumenta el costo del transporte, encarece la producción
agrícola, tensiona las cadenas de metales críticos y presiona la inflación
global.
Este
efecto en cascada revela una característica fundamental del sistema económico
contemporáneo: su extraordinaria interdependencia. El cierre de una ruta
energética en Oriente Medio puede afectar la producción de semiconductores en
Asia, el precio de los alimentos en África o el costo de la electricidad en
Europa. La globalización no eliminó los riesgos geopolíticos; simplemente los
conectó a una escala mucho mayor.
En
el plano estratégico, el conflicto también produce resultados ambiguos. Estados
Unidos y sus aliados buscan debilitar la capacidad militar y regional de Irán,
pero al hacerlo han abierto una dinámica de riesgo sistémico. Irán, por su
parte, no necesita derrotar militarmente a sus adversarios para ejercer
presión. Le basta con elevar el costo global del conflicto: amenazar rutas
marítimas, golpear infraestructuras críticas o desestabilizar mercados
energéticos.
En
otras palabras, esta guerra no se decide solo en términos de victoria militar.
También se decide en términos de resistencia económica. El actor que logre
sostener el costo del conflicto por más tiempo —sin sufrir un colapso político
interno ni una ruptura de sus alianzas— tendrá la ventaja estratégica.
Sin
embargo, la pregunta más inquietante no es quién ganará, sino cuánto durará la
guerra. Los mercados financieros suelen reaccionar violentamente a los
conflictos al inicio, pero tienden a estabilizarse si perciben que la guerra
será corta. El verdadero peligro aparece cuando la confrontación se prolonga y
se transforma en un estado de tensión permanente. En ese escenario, la economía
global entra en una fase de incertidumbre estructural: energía más cara,
inflación persistente, crecimiento más débil y mayor volatilidad financiera.
Europa, altamente dependiente de importaciones energéticas, podría enfrentar nuevamente un ciclo de inflación importada. Asia, que absorbe la mayor parte del petróleo que atraviesa Ormuz, se expone a un shock industrial significativo. Incluso Estados Unidos —a pesar de su mayor autosuficiencia energética— no está completamente protegido frente al aumento de costos, la volatilidad financiera y la desaceleración del comercio global.
Pero
quizá el aspecto más importante de esta guerra sea el menos discutido: su
impacto sobre las poblaciones. Cada interrupción en las cadenas energéticas o
agrícolas termina traduciéndose en precios más altos de alimentos, transporte y
electricidad. Las guerras contemporáneas no solo se pagan con vidas en el
frente; también se pagan con inflación, desempleo y deterioro del bienestar en
países muy lejanos del campo de batalla.
Por
eso el conflicto actual revela una paradoja profunda de la política
internacional. En un mundo interdependiente, las guerras regionales tienen
consecuencias globales. Sin embargo, las decisiones que conducen a ellas siguen
siendo tomadas por un número muy reducido de actores estatales que rara vez
asumen el costo económico total de sus decisiones.
La
lección estratégica de esta crisis es clara: en el siglo XXI, la guerra ya no
destruye únicamente ciudades. Puede desestabilizar sistemas económicos
completos. Y cuanto más conectada esté la economía mundial, mayor será el
alcance de esa destrucción.
La
pregunta que queda abierta no es si el mundo puede soportar una guerra más. La
verdadera pregunta es si puede soportar una guerra que interrumpa las arterias
económicas de las que depende su propia estabilidad.

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