Por Wens Silvestre
Ya
no estamos ante una advertencia abstracta ni ante una disputa semántica entre
“cambio climático” y “calentamiento global”. Estamos ante una alteración física
del planeta perfectamente medible. La OMM confirmó en marzo de 2026 que 2015–2025 fueron los 11 años más cálidos jamás
registrados y que 2025 se ubicó aproximadamente 1,43 °C por encima del promedio
de 1850–1900. No se trata solo de una curva térmica ascendente: el sistema
Tierra está reteniendo más energía, el océano absorbe ese exceso a un costo
creciente y los extremos climáticos se vuelven cada vez más disruptivos.
Y, sin embargo, el mundo político actúa como si todavía hubiera tiempo para el cálculo mezquino, la geopolítica fósil y la cobardía diplomática. Esa es la verdadera obscenidad de nuestro tiempo: la ciencia climática ya habló con claridad, pero los centros de poder global siguen respondiendo con silencio, dilación o sabotaje. UNEP advirtió en su Emissions Gap Report 2025 que las nuevas promesas climáticas apenas reducen el calentamiento proyectado y que el G20 concentra cerca del 77% de las emisiones globales, mientras sus miembros ni siquiera están en trayectoria para cumplir de forma colectiva sus propios compromisos para 2030.
La
tragedia no radica solo en que los grandes emisores contaminen mucho; radica en
que contaminan, conocen las consecuencias y aun así retrasan la acción. El
Global Carbon Budget 2025 proyectó que las emisiones fósiles globales
alcanzaron un nuevo récord de 38,1 mil millones de toneladas de CO₂ en 2025. Es decir: incluso después de
décadas de cumbres, declaraciones solemnes y metas supuestamente históricas, el
metabolismo fósil de la economía mundial sigue expandiéndose.
Aquí
conviene nombrar responsabilidades sin eufemismos. China, Estados Unidos,
India, la Unión Europea, Rusia e Indonesia figuran entre los mayores emisores
actuales de gases de efecto invernadero, y juntos concentran la mayor parte del
problema contemporáneo. Pero, en responsabilidad histórica, el peso de Estados
Unidos sigue siendo extraordinario: Our World in Data muestra que es el mayor
contribuyente acumulado de CO₂
desde el inicio de la industrialización, con aproximadamente una cuarta parte
del total histórico. Por eso, cuando una potencia así retrocede, no está
cometiendo un simple error de política doméstica: está profundizando una crisis
planetaria que ayudó decisivamente a crear.
En
ese contexto, el negacionismo climático de Donald Trump no es una excentricidad
retórica, sino una forma de irresponsabilidad estructural. En febrero de 2026,
la EPA finalizó la rescisión del Endangerment Finding de 2009, la base
científica y jurídica que había permitido regular gases de efecto invernadero
en vehículos bajo la Clean Air Act. La propia EPA reconoce que, sin ese
hallazgo, carece de autoridad estatutaria para fijar esos estándares. Traducido
al lenguaje político real: no estamos ante una mera diferencia ideológica, sino
ante un intento deliberado de desarmar la capacidad del Estado para actuar
frente al calentamiento global.
Pero
sería un error confortable reducir el problema a Trump. El negacionismo
contemporáneo ya no opera siempre diciendo que el cambio climático no existe.
Hoy suele adoptar una forma más sofisticada y, por ello mismo, más peligrosa:
acepta el diagnóstico en el discurso, pero protege el petróleo, expande el gas,
vacía las regulaciones, aplaza metas exigentes y subordina la transición
energética a intereses geoestratégicos inmediatos. Ese negacionismo
performativo se expresa tanto en democracias liberales como en petroestados, en
potencias militares como en economías emergentes. Es la política del “sí, pero
no ahora”; del “sí, pero sin tocar el modelo”; del “sí, pero primero la
seguridad energética”, como si pudiera haber seguridad en un planeta
climáticamente desestabilizado.
A
esta inacción culpable se suma un agravante todavía menos discutido: las
guerras recientes no son un fenómeno separado de la crisis climática, sino uno
de sus multiplicadores. La guerra destruye ciudades, incendia paisajes,
interrumpe redes eléctricas, hunde servicios públicos, multiplica
desplazamientos y exige reconstrucciones intensivas en cemento, acero,
combustibles y logística. La guerra, en suma, produce muerte inmediata y
también emisiones diferidas. Es devastación humanitaria en el presente y devastación
climática para el futuro.
El
caso de Ucrania es el ejemplo más documentado. La evaluación publicada en
febrero de 2026 por la Initiative on Greenhouse Gas Accounting of War y
EcoAction estimó que la invasión rusa había generado 311 millones de toneladas
de CO₂e entre el
24 de febrero de 2022 y el 23 de febrero de 2026; solo en el cuarto año del
conflicto se añadieron 75 millones de toneladas. Esa huella climática es
comparable a las emisiones anuales de un país industrializado mediano. No
hablamos, entonces, de un daño “colateral”: hablamos de una guerra que también
funciona como una máquina de carbono.
La
guerra en Gaza ha comenzado a mostrar la misma verdad incómoda. Un estudio
publicado en One Earth en 2026 estimó que el conflicto Israel-Gaza acumuló
alrededor de 33,2 millones de toneladas de CO₂e al considerar no solo las emisiones
directas del combate, sino también actividades previas y posteriores, incluida
la reconstrucción. El propio estudio subraya que la parte visible de la
destrucción no agota su costo climático: la guerra sigue emitiendo mucho
después del último bombardeo, en cada edificio rehecho, en cada tonelada de
escombro removido, en cada red básica reconstruida sobre ruinas.
Eso
obliga a una conclusión más severa: las guerras regionales actuales no solo
matan personas; también queman futuro climático. En Ucrania, en Gaza y en otras
escaladas del Medio Oriente, la lógica militar intensifica la dependencia de
combustibles fósiles, normaliza el secreto sobre emisiones militares y desplaza
recursos políticos y financieros que deberían dirigirse a la adaptación, la
mitigación y la resiliencia social. Cada misil y cada columna de humo son
también una negación práctica de la estabilidad planetaria.
Por
eso resulta tan hipócrita el lenguaje diplomático de los líderes mundiales.
Hablan de transición verde en los foros internacionales, pero toleran una
arquitectura internacional en la que las emisiones militares siguen pobremente
reportadas, las guerras quedan fuera del centro del debate climático y las
grandes potencias continúan tratando la atmósfera como si fuese un vertedero
geopolítico. El silencio de los países líderes no es neutralidad: es
complicidad. Cuando las potencias callan frente a la destrucción bélica y al
mismo tiempo incumplen o debilitan sus propios compromisos climáticos, están
diciendo con hechos que la habitabilidad de la Tierra vale menos que sus
ventajas tácticas de corto plazo.
La
cuestión, en el fondo, ya no es científica. La ciencia hizo su trabajo. Sabemos
que el calentamiento continúa, que las emisiones siguen en niveles récord, que
los grandes emisores concentran la responsabilidad y que las guerras agravan la
trayectoria climática. La cuestión es moral y política: qué clase de
civilización conoce el daño que está infligiendo y aun así persevera en él.
Lo
más peligroso de esta época no es solo la acumulación de CO₂ en la atmósfera. Es la acumulación de
cinismo en el poder. Porque mientras la física del planeta se vuelve más
inestable, la política global se vuelve más indiferente. Y cuando la
indiferencia de las potencias se combina con el negacionismo, el militarismo y
la adicción fósil, la crisis climática deja de ser un accidente histórico para
convertirse en una forma de barbarie administrada.
La
historia juzgará con dureza a esta generación de líderes. No porque ignorara la
evidencia, sino porque la tuvo delante y eligió mirar hacia otro lado. Y quizá
ese sea el dato más perturbador de todos: la vida en la Tierra no está en
riesgo por falta de conocimiento, sino por falta de coraje.
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