viernes, 27 de marzo de 2026

La Tierra bajo asedio climático

 Por Wens Silvestre

Ya no estamos ante una advertencia abstracta ni ante una disputa semántica entre “cambio climático” y “calentamiento global”. Estamos ante una alteración física del planeta perfectamente medible. La OMM confirmó en marzo de 2026 que 2015–2025 fueron los 11 años más cálidos jamás registrados y que 2025 se ubicó aproximadamente 1,43 °C por encima del promedio de 1850–1900. No se trata solo de una curva térmica ascendente: el sistema Tierra está reteniendo más energía, el océano absorbe ese exceso a un costo creciente y los extremos climáticos se vuelven cada vez más disruptivos.

Y, sin embargo, el mundo político actúa como si todavía hubiera tiempo para el cálculo mezquino, la geopolítica fósil y la cobardía diplomática. Esa es la verdadera obscenidad de nuestro tiempo: la ciencia climática ya habló con claridad, pero los centros de poder global siguen respondiendo con silencio, dilación o sabotaje. UNEP advirtió en su Emissions Gap Report 2025 que las nuevas promesas climáticas apenas reducen el calentamiento proyectado y que el G20 concentra cerca del 77% de las emisiones globales, mientras sus miembros ni siquiera están en trayectoria para cumplir de forma colectiva sus propios compromisos para 2030. 

La tragedia no radica solo en que los grandes emisores contaminen mucho; radica en que contaminan, conocen las consecuencias y aun así retrasan la acción. El Global Carbon Budget 2025 proyectó que las emisiones fósiles globales alcanzaron un nuevo récord de 38,1 mil millones de toneladas de CO en 2025. Es decir: incluso después de décadas de cumbres, declaraciones solemnes y metas supuestamente históricas, el metabolismo fósil de la economía mundial sigue expandiéndose.

Aquí conviene nombrar responsabilidades sin eufemismos. China, Estados Unidos, India, la Unión Europea, Rusia e Indonesia figuran entre los mayores emisores actuales de gases de efecto invernadero, y juntos concentran la mayor parte del problema contemporáneo. Pero, en responsabilidad histórica, el peso de Estados Unidos sigue siendo extraordinario: Our World in Data muestra que es el mayor contribuyente acumulado de CO desde el inicio de la industrialización, con aproximadamente una cuarta parte del total histórico. Por eso, cuando una potencia así retrocede, no está cometiendo un simple error de política doméstica: está profundizando una crisis planetaria que ayudó decisivamente a crear.

En ese contexto, el negacionismo climático de Donald Trump no es una excentricidad retórica, sino una forma de irresponsabilidad estructural. En febrero de 2026, la EPA finalizó la rescisión del Endangerment Finding de 2009, la base científica y jurídica que había permitido regular gases de efecto invernadero en vehículos bajo la Clean Air Act. La propia EPA reconoce que, sin ese hallazgo, carece de autoridad estatutaria para fijar esos estándares. Traducido al lenguaje político real: no estamos ante una mera diferencia ideológica, sino ante un intento deliberado de desarmar la capacidad del Estado para actuar frente al calentamiento global.

Pero sería un error confortable reducir el problema a Trump. El negacionismo contemporáneo ya no opera siempre diciendo que el cambio climático no existe. Hoy suele adoptar una forma más sofisticada y, por ello mismo, más peligrosa: acepta el diagnóstico en el discurso, pero protege el petróleo, expande el gas, vacía las regulaciones, aplaza metas exigentes y subordina la transición energética a intereses geoestratégicos inmediatos. Ese negacionismo performativo se expresa tanto en democracias liberales como en petroestados, en potencias militares como en economías emergentes. Es la política del “sí, pero no ahora”; del “sí, pero sin tocar el modelo”; del “sí, pero primero la seguridad energética”, como si pudiera haber seguridad en un planeta climáticamente desestabilizado.

A esta inacción culpable se suma un agravante todavía menos discutido: las guerras recientes no son un fenómeno separado de la crisis climática, sino uno de sus multiplicadores. La guerra destruye ciudades, incendia paisajes, interrumpe redes eléctricas, hunde servicios públicos, multiplica desplazamientos y exige reconstrucciones intensivas en cemento, acero, combustibles y logística. La guerra, en suma, produce muerte inmediata y también emisiones diferidas. Es devastación humanitaria en el presente y devastación climática para el futuro.

El caso de Ucrania es el ejemplo más documentado. La evaluación publicada en febrero de 2026 por la Initiative on Greenhouse Gas Accounting of War y EcoAction estimó que la invasión rusa había generado 311 millones de toneladas de COe entre el 24 de febrero de 2022 y el 23 de febrero de 2026; solo en el cuarto año del conflicto se añadieron 75 millones de toneladas. Esa huella climática es comparable a las emisiones anuales de un país industrializado mediano. No hablamos, entonces, de un daño “colateral”: hablamos de una guerra que también funciona como una máquina de carbono.

La guerra en Gaza ha comenzado a mostrar la misma verdad incómoda. Un estudio publicado en One Earth en 2026 estimó que el conflicto Israel-Gaza acumuló alrededor de 33,2 millones de toneladas de COe al considerar no solo las emisiones directas del combate, sino también actividades previas y posteriores, incluida la reconstrucción. El propio estudio subraya que la parte visible de la destrucción no agota su costo climático: la guerra sigue emitiendo mucho después del último bombardeo, en cada edificio rehecho, en cada tonelada de escombro removido, en cada red básica reconstruida sobre ruinas.

Eso obliga a una conclusión más severa: las guerras regionales actuales no solo matan personas; también queman futuro climático. En Ucrania, en Gaza y en otras escaladas del Medio Oriente, la lógica militar intensifica la dependencia de combustibles fósiles, normaliza el secreto sobre emisiones militares y desplaza recursos políticos y financieros que deberían dirigirse a la adaptación, la mitigación y la resiliencia social. Cada misil y cada columna de humo son también una negación práctica de la estabilidad planetaria.

Por eso resulta tan hipócrita el lenguaje diplomático de los líderes mundiales. Hablan de transición verde en los foros internacionales, pero toleran una arquitectura internacional en la que las emisiones militares siguen pobremente reportadas, las guerras quedan fuera del centro del debate climático y las grandes potencias continúan tratando la atmósfera como si fuese un vertedero geopolítico. El silencio de los países líderes no es neutralidad: es complicidad. Cuando las potencias callan frente a la destrucción bélica y al mismo tiempo incumplen o debilitan sus propios compromisos climáticos, están diciendo con hechos que la habitabilidad de la Tierra vale menos que sus ventajas tácticas de corto plazo.

La cuestión, en el fondo, ya no es científica. La ciencia hizo su trabajo. Sabemos que el calentamiento continúa, que las emisiones siguen en niveles récord, que los grandes emisores concentran la responsabilidad y que las guerras agravan la trayectoria climática. La cuestión es moral y política: qué clase de civilización conoce el daño que está infligiendo y aun así persevera en él.

Lo más peligroso de esta época no es solo la acumulación de CO en la atmósfera. Es la acumulación de cinismo en el poder. Porque mientras la física del planeta se vuelve más inestable, la política global se vuelve más indiferente. Y cuando la indiferencia de las potencias se combina con el negacionismo, el militarismo y la adicción fósil, la crisis climática deja de ser un accidente histórico para convertirse en una forma de barbarie administrada.

La historia juzgará con dureza a esta generación de líderes. No porque ignorara la evidencia, sino porque la tuvo delante y eligió mirar hacia otro lado. Y quizá ese sea el dato más perturbador de todos: la vida en la Tierra no está en riesgo por falta de conocimiento, sino por falta de coraje.

 

Referencias

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