lunes, 30 de marzo de 2026

El precio invisible del poder

Por Wens Silvestre

El verdadero costo de un liderazgo político no se mide únicamente en indicadores económicos o en éxitos diplomáticos, sino en la calidad del tejido social, en la solidez de las instituciones y, sobre todo, en la relación que una sociedad mantiene con la verdad y con su propia dignidad. En este sentido, las trayectorias de Vladimir Putin y Donald Trump permiten observar, desde contextos distintos, un fenómeno común: cuando el poder se ejerce como confrontación permanente y como afirmación personalista, el precio termina siendo asumido por la ciudadanía en dimensiones que van mucho más allá de lo visible. 

En primer lugar, ambos liderazgos han contribuido a erosionar el valor de la verdad como fundamento de la vida pública. En Rusia, esta erosión adopta la forma de una narrativa oficial que reconfigura la historia, redefine los hechos y limita el espacio de interpretación alternativa. En Estados Unidos, bajo Trump, el fenómeno ha sido distinto pero convergente: no se ha impuesto una única versión de la realidad, sino que se ha debilitado la idea misma de que la realidad pueda ser verificada de manera común. Así, la política deja de ser un terreno de debate informado y se convierte en una disputa de percepciones, donde la repetición y la intensidad pesan más que la evidencia. En consecuencia, la sociedad pierde un punto de referencia compartido, y sin ese punto de referencia, la deliberación democrática se vuelve frágil, volátil y profundamente polarizada.

Por otro lado, el trato hacia las instituciones revela una diferencia de grado, pero no de dirección. Putin ha consolidado un sistema en el que las instituciones han sido progresivamente subordinadas al poder central, reduciendo al mínimo los contrapesos efectivos. En cambio, Trump ha operado dentro de un sistema que aún conserva mecanismos de resistencia, pero ha tensionado esos límites de manera constante, cuestionando la legitimidad de tribunales, medios y procesos electorales cuando estos no le resultaban favorables. En ambos casos, el mensaje que se transmite a la sociedad es inquietante: las reglas dejan de ser un marco estable y pasan a ser obstáculos contingentes que pueden ser ignorados o reinterpretados según la conveniencia del líder. Con el tiempo, esta lógica no solo debilita a las instituciones, sino que erosiona la confianza ciudadana en ellas, generando un círculo vicioso de deslegitimación.

Asimismo, la política entendida como confrontación permanente tiene consecuencias humanas concretas. En el caso ruso, esto se manifiesta de forma directa en conflictos armados, represión interna y persecución de la disidencia. En el caso estadounidense, el impacto se expresa más en el plano simbólico y administrativo, aunque no por ello resulta menor: políticas migratorias restrictivas, discursos que normalizan la exclusión y decisiones internacionales que priorizan la fuerza sobre la negociación. En ambos contextos, se instala una lógica en la que el sufrimiento ajeno se vuelve secundario frente a la demostración de poder. De este modo, la empatía deja de ser un valor político relevante y es reemplazada por la eficacia del castigo o la contundencia de la acción.

De igual manera, la construcción del enemigo como herramienta política ha fragmentado profundamente a ambas sociedades. Putin ha recurrido a una narrativa en la que Rusia aparece permanentemente amenazada por fuerzas externas e internas, lo que justifica tanto la cohesión forzada como la represión. Trump, por su parte, ha movilizado antagonismos internos y externos con una intensidad inusual, señalando a migrantes, opositores y élites como responsables de los problemas nacionales. Aunque los contextos difieren, el resultado converge: la sociedad deja de percibirse como comunidad y comienza a organizarse en torno a identidades enfrentadas. En ese escenario, la política deja de ser un espacio de negociación y se convierte en un campo de batalla simbólico donde el adversario no es un interlocutor, sino un enemigo a derrotar.

El costo más profundo es de carácter moral. Tanto en Rusia como en Estados Unidos, estos liderazgos han contribuido a normalizar prácticas que antes habrían generado un rechazo más amplio: la mentira reiterada, la descalificación del adversario, la deshumanización de determinados grupos y la justificación del daño como instrumento político legítimo. Lo preocupante no es solo que estas prácticas existan, sino que progresivamente dejen de escandalizar. Cuando una sociedad se acostumbra a este tipo de dinámicas, no solo cambia su sistema político, sino también su horizonte ético.

A este panorama se suma un elemento que amplifica de manera decisiva el costo global de estos liderazgos: sus decisiones bélicas, marcadas por una lógica de fuerza y cálculo político inmediato, no se limitan a afectar a las poblaciones directamente involucradas, sino que irradian consecuencias hacia todo el sistema internacional. Las guerras impulsadas o escaladas bajo Vladimir Putin y Donald Trump generan efectos en cadena que trascienden fronteras: encarecimiento de alimentos y energía, disrupción de cadenas de suministro, incremento del gasto militar en detrimento de políticas sociales, crisis migratorias y un deterioro ambiental acelerado producto de la destrucción de infraestructuras y ecosistemas. De este modo, la guerra deja de ser un fenómeno localizado y se convierte en un multiplicador de desigualdades y vulnerabilidades a escala global, donde incluso sociedades alejadas del conflicto terminan pagando, en inflación, inseguridad y degradación ecológica, el precio de decisiones tomadas bajo una racionalidad de poder que subordina la vida humana y el equilibrio del planeta a objetivos estratégicos de corto plazo.

En definitiva, el problema no radica únicamente en las decisiones concretas de Vladimir Putin o Donald Trump, sino en la forma en que esas decisiones reconfiguran la cultura política de sus países. Rusia ha visto consolidarse un modelo donde la estabilidad se obtiene al precio de la libertad, mientras que Estados Unidos ha experimentado una tensión creciente entre su tradición institucional y una forma de liderazgo que la desafía constantemente. En ambos casos, el saldo no es solo político, sino profundamente social: una ciudadanía más desconfiada, más dividida y, en cierto modo, más habituada a vivir en un entorno donde el poder no se limita, sino que se impone. Y esa es, quizá, la consecuencia más duradera y más difícil de revertir.

Referencias:

Associated Press. (2025, February 7). State Department lays out plans for $7 billion-plus arms sale to Israel. https://apnews.com/article/israel-weapons-us-sale-netanyahu-trump-gaza-c53a61873314be2336c3733b97d89ff3

Committee to Protect Journalists. (2025, April 30). Alarm bells: Trump’s first 100 days ramp up fear for the press, democracy. https://cpj.org/special-reports/alarm-bells-trumps-first-100-days-ramp-up-fear-for-the-press-democracy/

Freedom House. (2025). Russia: Freedom in the World 2025 country report. https://freedomhouse.org/country/russia/freedom-world/2025

Freedom House. (2025). Russia: Freedom on the Net 2025 country report. https://freedomhouse.org/country/russia/freedom-net/2025

House Select Committee to Investigate the January 6th Attack on the United States Capitol. (2022). Final report of the Select Committee to Investigate the January 6th Attack on the United States Capitol. U.S. Government Publishing Office. https://www.govinfo.gov/app/details/GPO-J6-REPORT

Kessler, G. (2021, January 24). Trump’s false or misleading claims total 30,573 over 4 years. The Washington Post. https://www.washingtonpost.com/politics/2021/01/24/trumps-false-or-misleading-claims-total-30573-over-four-years/

Putin, V. (2021, July 12). Article by Vladimir Putin “On the Historical Unity of Russians and Ukrainians”. President of Russia. https://en.kremlin.ru/events/president/news/66181

Putin, V. (2022, February 21). Address by the President of the Russian Federation. President of Russia. https://en.kremlin.ru/events/president/news/67828

Putin, V. (2022, February 24). Address by the President of the Russian Federation. President of Russia. https://en.kremlin.ru/events/president/news/67843

Reuters. (2024, September 28). Trump escalates harsh rhetoric against immigrants, Harris. https://www.reuters.com/world/us/trump-escalates-dark-rhetoric-against-immigrants-harris-2024-09-28/

Reuters. (2024, September 30). Putin promotes Dyumin and younger loyalists to Russia’s politburo. https://www.reuters.com/world/europe/putin-decree-promotes-ally-dyumin-russias-security-council-2024-09-30/

Reuters. (2025, April 22). How Trump moved swiftly to punish perceived foes in first 100 days. https://www.reuters.com/world/us/how-trump-moved-swiftly-punish-perceived-foes-his-first-100-days-2025-04-22/

viernes, 27 de marzo de 2026

La Tierra bajo asedio climático

 Por Wens Silvestre

Ya no estamos ante una advertencia abstracta ni ante una disputa semántica entre “cambio climático” y “calentamiento global”. Estamos ante una alteración física del planeta perfectamente medible. La OMM confirmó en marzo de 2026 que 2015–2025 fueron los 11 años más cálidos jamás registrados y que 2025 se ubicó aproximadamente 1,43 °C por encima del promedio de 1850–1900. No se trata solo de una curva térmica ascendente: el sistema Tierra está reteniendo más energía, el océano absorbe ese exceso a un costo creciente y los extremos climáticos se vuelven cada vez más disruptivos.

Y, sin embargo, el mundo político actúa como si todavía hubiera tiempo para el cálculo mezquino, la geopolítica fósil y la cobardía diplomática. Esa es la verdadera obscenidad de nuestro tiempo: la ciencia climática ya habló con claridad, pero los centros de poder global siguen respondiendo con silencio, dilación o sabotaje. UNEP advirtió en su Emissions Gap Report 2025 que las nuevas promesas climáticas apenas reducen el calentamiento proyectado y que el G20 concentra cerca del 77% de las emisiones globales, mientras sus miembros ni siquiera están en trayectoria para cumplir de forma colectiva sus propios compromisos para 2030. 

La tragedia no radica solo en que los grandes emisores contaminen mucho; radica en que contaminan, conocen las consecuencias y aun así retrasan la acción. El Global Carbon Budget 2025 proyectó que las emisiones fósiles globales alcanzaron un nuevo récord de 38,1 mil millones de toneladas de CO en 2025. Es decir: incluso después de décadas de cumbres, declaraciones solemnes y metas supuestamente históricas, el metabolismo fósil de la economía mundial sigue expandiéndose.

Aquí conviene nombrar responsabilidades sin eufemismos. China, Estados Unidos, India, la Unión Europea, Rusia e Indonesia figuran entre los mayores emisores actuales de gases de efecto invernadero, y juntos concentran la mayor parte del problema contemporáneo. Pero, en responsabilidad histórica, el peso de Estados Unidos sigue siendo extraordinario: Our World in Data muestra que es el mayor contribuyente acumulado de CO desde el inicio de la industrialización, con aproximadamente una cuarta parte del total histórico. Por eso, cuando una potencia así retrocede, no está cometiendo un simple error de política doméstica: está profundizando una crisis planetaria que ayudó decisivamente a crear.

En ese contexto, el negacionismo climático de Donald Trump no es una excentricidad retórica, sino una forma de irresponsabilidad estructural. En febrero de 2026, la EPA finalizó la rescisión del Endangerment Finding de 2009, la base científica y jurídica que había permitido regular gases de efecto invernadero en vehículos bajo la Clean Air Act. La propia EPA reconoce que, sin ese hallazgo, carece de autoridad estatutaria para fijar esos estándares. Traducido al lenguaje político real: no estamos ante una mera diferencia ideológica, sino ante un intento deliberado de desarmar la capacidad del Estado para actuar frente al calentamiento global.

Pero sería un error confortable reducir el problema a Trump. El negacionismo contemporáneo ya no opera siempre diciendo que el cambio climático no existe. Hoy suele adoptar una forma más sofisticada y, por ello mismo, más peligrosa: acepta el diagnóstico en el discurso, pero protege el petróleo, expande el gas, vacía las regulaciones, aplaza metas exigentes y subordina la transición energética a intereses geoestratégicos inmediatos. Ese negacionismo performativo se expresa tanto en democracias liberales como en petroestados, en potencias militares como en economías emergentes. Es la política del “sí, pero no ahora”; del “sí, pero sin tocar el modelo”; del “sí, pero primero la seguridad energética”, como si pudiera haber seguridad en un planeta climáticamente desestabilizado.

A esta inacción culpable se suma un agravante todavía menos discutido: las guerras recientes no son un fenómeno separado de la crisis climática, sino uno de sus multiplicadores. La guerra destruye ciudades, incendia paisajes, interrumpe redes eléctricas, hunde servicios públicos, multiplica desplazamientos y exige reconstrucciones intensivas en cemento, acero, combustibles y logística. La guerra, en suma, produce muerte inmediata y también emisiones diferidas. Es devastación humanitaria en el presente y devastación climática para el futuro.

El caso de Ucrania es el ejemplo más documentado. La evaluación publicada en febrero de 2026 por la Initiative on Greenhouse Gas Accounting of War y EcoAction estimó que la invasión rusa había generado 311 millones de toneladas de COe entre el 24 de febrero de 2022 y el 23 de febrero de 2026; solo en el cuarto año del conflicto se añadieron 75 millones de toneladas. Esa huella climática es comparable a las emisiones anuales de un país industrializado mediano. No hablamos, entonces, de un daño “colateral”: hablamos de una guerra que también funciona como una máquina de carbono.

La guerra en Gaza ha comenzado a mostrar la misma verdad incómoda. Un estudio publicado en One Earth en 2026 estimó que el conflicto Israel-Gaza acumuló alrededor de 33,2 millones de toneladas de COe al considerar no solo las emisiones directas del combate, sino también actividades previas y posteriores, incluida la reconstrucción. El propio estudio subraya que la parte visible de la destrucción no agota su costo climático: la guerra sigue emitiendo mucho después del último bombardeo, en cada edificio rehecho, en cada tonelada de escombro removido, en cada red básica reconstruida sobre ruinas.

Eso obliga a una conclusión más severa: las guerras regionales actuales no solo matan personas; también queman futuro climático. En Ucrania, en Gaza y en otras escaladas del Medio Oriente, la lógica militar intensifica la dependencia de combustibles fósiles, normaliza el secreto sobre emisiones militares y desplaza recursos políticos y financieros que deberían dirigirse a la adaptación, la mitigación y la resiliencia social. Cada misil y cada columna de humo son también una negación práctica de la estabilidad planetaria.

Por eso resulta tan hipócrita el lenguaje diplomático de los líderes mundiales. Hablan de transición verde en los foros internacionales, pero toleran una arquitectura internacional en la que las emisiones militares siguen pobremente reportadas, las guerras quedan fuera del centro del debate climático y las grandes potencias continúan tratando la atmósfera como si fuese un vertedero geopolítico. El silencio de los países líderes no es neutralidad: es complicidad. Cuando las potencias callan frente a la destrucción bélica y al mismo tiempo incumplen o debilitan sus propios compromisos climáticos, están diciendo con hechos que la habitabilidad de la Tierra vale menos que sus ventajas tácticas de corto plazo.

La cuestión, en el fondo, ya no es científica. La ciencia hizo su trabajo. Sabemos que el calentamiento continúa, que las emisiones siguen en niveles récord, que los grandes emisores concentran la responsabilidad y que las guerras agravan la trayectoria climática. La cuestión es moral y política: qué clase de civilización conoce el daño que está infligiendo y aun así persevera en él.

Lo más peligroso de esta época no es solo la acumulación de CO en la atmósfera. Es la acumulación de cinismo en el poder. Porque mientras la física del planeta se vuelve más inestable, la política global se vuelve más indiferente. Y cuando la indiferencia de las potencias se combina con el negacionismo, el militarismo y la adicción fósil, la crisis climática deja de ser un accidente histórico para convertirse en una forma de barbarie administrada.

La historia juzgará con dureza a esta generación de líderes. No porque ignorara la evidencia, sino porque la tuvo delante y eligió mirar hacia otro lado. Y quizá ese sea el dato más perturbador de todos: la vida en la Tierra no está en riesgo por falta de conocimiento, sino por falta de coraje.

 

Referencias

Climate Action Tracker. (2025). USA: Policies & action. https://climateactiontracker.org/countries/usa/policies-action/ 

Climate Action Tracker. (2025). USA. https://climateactiontracker.org/countries/usa/

Conflict and Environment Observatory. (2025, November 6). New data reveals the military emissions gap is growing wider. https://ceobs.org/new-data-reveals-the-military-emissions-gap-is-growing-wider/

Conflict and Environment Observatory. (2025). Military emissions. https://ceobs.org/projects/military-emissions/

EcoAction, & Initiative on GHG Accounting of War. (2026, February). Climate damage caused by Russia’s war in Ukraine: 24 February 2022–23 February 2026. https://en.ecoaction.org.ua/wp-content/uploads/2026/02/Climate-Damage-Caused-by-War-48-months_ENs.pdf

Environmental Protection Agency. (2026, February 18). Rescission of the Greenhouse Gas Endangerment Finding and motor vehicle greenhouse gas emission standards under the Clean Air Act. https://www.epa.gov/regulations-emissions-vehicles-and-engines/final-rule-rescission-greenhouse-gas-endangerment

Global Carbon Project. (2025, November 13). Fossil fuel CO₂ emissions hit record high in 2025. https://globalcarbonbudget.org/fossil-fuel-co2-emissions-hit-record-high-in-2025/

International Energy Agency. (2025, October 22). Greenhouse gas emissions from energy data explorer. https://www.iea.org/data-and-statistics/data-tools/greenhouse-gas-emissions-from-energy-data-explorer

National Aeronautics and Space Administration. (2026, January 15). NASA releases global temperature data. https://www.nasa.gov/news-release/nasa-releases-global-temperature-data/

Neimark, B., Otu-Larbi, F., Belcher, O., Ashworth, K., Larbi, R., El-Jechi, T., & Ansett, S. (2026). Israel-Gaza conflict carbon emissions exceeded 30 million tons in just 1 year. One Earth. Advance online publication. https://www.cell.com/one-earth/fulltext/S2590-3322%2826%2900049-7

Our World in Data. (2025, March 16). Which countries have contributed the most to historical CO₂ emissions? https://ourworldindata.org/data-insights/which-countries-have-contributed-the-most-to-historical-co-emissions

Our World in Data. (2025, November 13). CO₂ emissions per capita. https://ourworldindata.org/grapher/co-emissions-per-capita

United Nations Environment Programme. (2025). Emissions gap report 2025. https://www.unep.org/resources/emissions-gap-report-2025

United Nations Framework Convention on Climate Change. (2026). First biennial transparency reports. https://unfccc.int/first-biennial-transparency-reports

The White House. (2025, January 20). Putting America first in international environmental agreements. https://www.whitehouse.gov/presidential-actions/2025/01/putting-america-first-in-international-environmental-agreements/

The White House. (2025, January 20). Unleashing American energy. https://www.whitehouse.gov/presidential-actions/2025/01/unleashing-american-energy/

World Meteorological Organization. (2026). State of the global climate 2025. https://wmo.int/publication-series/state-of-global-climate/state-of-global-climate-2025

World Resources Institute. (2025). State of climate action 2025. https://www.wri.org/research/state-climate-action-2025

domingo, 8 de marzo de 2026

Guerra y economía global

Por Wens Silvestre

La historia de las guerras modernas suele contarse en términos de territorios, ejércitos y alianzas. Sin embargo, el nuevo frente abierto entre Israel, Estados Unidos e Irán demuestra que los conflictos del siglo XXI ya no se libran únicamente en el campo de batalla. También se combaten en los mercados energéticos, en las rutas marítimas, en los sistemas financieros y, sobre todo, en las cadenas industriales que sostienen la vida cotidiana de miles de millones de personas.

El centro invisible de esta guerra no es una ciudad ni una base militar. Es un estrecho marítimo de apenas unas decenas de kilómetros de ancho: el Estrecho de Ormuz. Por allí transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial, además de grandes volúmenes de gas natural licuado y derivados petroquímicos. Cuando esa arteria se paraliza, el impacto se propaga de forma inmediata desde el Golfo Pérsico hasta las economías industriales de Asia, Europa y América. 

La primera consecuencia visible ha sido el precio del petróleo. En cuestión de días, el barril pasó de niveles cercanos a 70 dólares a superar los 90. Pero el petróleo no es solo combustible. Es también materia prima para fertilizantes, químicos industriales, plásticos, metales procesados y una amplia gama de insumos tecnológicos. Por eso el shock energético rápidamente se transforma en un shock industrial: aumenta el costo del transporte, encarece la producción agrícola, tensiona las cadenas de metales críticos y presiona la inflación global.

Este efecto en cascada revela una característica fundamental del sistema económico contemporáneo: su extraordinaria interdependencia. El cierre de una ruta energética en Oriente Medio puede afectar la producción de semiconductores en Asia, el precio de los alimentos en África o el costo de la electricidad en Europa. La globalización no eliminó los riesgos geopolíticos; simplemente los conectó a una escala mucho mayor.

En el plano estratégico, el conflicto también produce resultados ambiguos. Estados Unidos y sus aliados buscan debilitar la capacidad militar y regional de Irán, pero al hacerlo han abierto una dinámica de riesgo sistémico. Irán, por su parte, no necesita derrotar militarmente a sus adversarios para ejercer presión. Le basta con elevar el costo global del conflicto: amenazar rutas marítimas, golpear infraestructuras críticas o desestabilizar mercados energéticos.

En otras palabras, esta guerra no se decide solo en términos de victoria militar. También se decide en términos de resistencia económica. El actor que logre sostener el costo del conflicto por más tiempo —sin sufrir un colapso político interno ni una ruptura de sus alianzas— tendrá la ventaja estratégica.

Sin embargo, la pregunta más inquietante no es quién ganará, sino cuánto durará la guerra. Los mercados financieros suelen reaccionar violentamente a los conflictos al inicio, pero tienden a estabilizarse si perciben que la guerra será corta. El verdadero peligro aparece cuando la confrontación se prolonga y se transforma en un estado de tensión permanente. En ese escenario, la economía global entra en una fase de incertidumbre estructural: energía más cara, inflación persistente, crecimiento más débil y mayor volatilidad financiera.

Europa, altamente dependiente de importaciones energéticas, podría enfrentar nuevamente un ciclo de inflación importada. Asia, que absorbe la mayor parte del petróleo que atraviesa Ormuz, se expone a un shock industrial significativo. Incluso Estados Unidos —a pesar de su mayor autosuficiencia energética— no está completamente protegido frente al aumento de costos, la volatilidad financiera y la desaceleración del comercio global.

Pero quizá el aspecto más importante de esta guerra sea el menos discutido: su impacto sobre las poblaciones. Cada interrupción en las cadenas energéticas o agrícolas termina traduciéndose en precios más altos de alimentos, transporte y electricidad. Las guerras contemporáneas no solo se pagan con vidas en el frente; también se pagan con inflación, desempleo y deterioro del bienestar en países muy lejanos del campo de batalla.

Por eso el conflicto actual revela una paradoja profunda de la política internacional. En un mundo interdependiente, las guerras regionales tienen consecuencias globales. Sin embargo, las decisiones que conducen a ellas siguen siendo tomadas por un número muy reducido de actores estatales que rara vez asumen el costo económico total de sus decisiones.

La lección estratégica de esta crisis es clara: en el siglo XXI, la guerra ya no destruye únicamente ciudades. Puede desestabilizar sistemas económicos completos. Y cuanto más conectada esté la economía mundial, mayor será el alcance de esa destrucción.

La pregunta que queda abierta no es si el mundo puede soportar una guerra más. La verdadera pregunta es si puede soportar una guerra que interrumpa las arterias económicas de las que depende su propia estabilidad.