Por Wens Silvestre
La actual crisis política no es el resultado de una conspiración externa ni de una oposición desestabilizadora; es, ante todo, una crisis autogenerada por quien ejerce la Presidencia de la República por sucesión constitucional. José Jerí llegó a Palacio con un mandato estrictamente funcional: evitar el vacío de poder, garantizar la neutralidad del Estado y conducir una transición ordenada hacia las elecciones. Sin embargo, en pocas semanas, ese encargo excepcional se ha visto desnaturalizado por decisiones, gestos y omisiones que han erosionado la confianza pública y colocado al país en un nuevo punto de inestabilidad.
Desde
una perspectiva constitucional, el problema central no es penal ni ideológico,
sino funcional. Un presidente por sucesión no gobierna con legitimidad de
origen popular, sino con legitimidad condicionada al respeto de límites. Esa
condición exige prudencia extrema, autocontención y claridad de rol. Cuando el
Jefe del Estado aparece en reuniones no transparentes, ofrece versiones
cambiantes, avala o se pliega a medidas de fuerza sectoriales, y recurre
reiteradamente a estados de excepción sin rendición de cuentas ni resultados
verificables, el problema deja de ser comunicacional y se convierte en
institucional.
Un
elemento particularmente corrosivo de esta crisis —y quizá el que más ha
deteriorado la viabilidad política de la permanencia de José Jerí en el cargo—
son las reuniones no oficiales sostenidas con empresarios chinos, fuera de
agenda, sin registro institucional y seguidas de explicaciones fragmentarias o
contradictorias. En un país marcado por escándalos reiterados de captura del
Estado, la sola opacidad de estos encuentros basta para activar todas las
alarmas democráticas. No se trata únicamente de determinar si existió o no un
ilícito penal; se trata de comprender que un presidente por sucesión
constitucional no puede permitirse zonas grises. Cuando el Jefe del Estado se
reúne sin transparencia con actores económicos con intereses en el país, la
confianza pública se quiebra, aun antes de cualquier pronunciamiento judicial.
Para buena parte de la clase política —incluidos sectores que inicialmente
respaldaron la transición— este episodio simboliza la pérdida de brújula
institucional: un gobierno que debía ser transitorio y aséptico aparece
expuesto a sospechas de influencia privada, debilitando su autoridad moral y
comprometiendo la neutralidad que la Constitución exige en este tramo
excepcional.
En
materia de seguridad ciudadana, el contraste es aún más severo. La lucha
frontal contra la inseguridad fue presentada como eje central de la transición.
No obstante, los datos disponibles muestran un incremento sostenido de la
violencia letal, mientras que la respuesta del Ejecutivo ha sido insistir en
decretos de emergencia que, lejos de revertir la tendencia, parecen haberse
convertido en un recurso reflejo. Gobernar mediante la excepción, sin metas
claras ni evaluación pública, no fortalece la autoridad del Estado: la
debilita. La autoridad legítima se construye con resultados, reglas claras y
responsabilidad política, no con la reiteración de medidas extraordinarias.
A
ello se suma una confusión peligrosa entre el rol institucional y la posición
personal. Un presidente —y más aún uno que ejerce el cargo por sucesión— no
puede actuar como actor de protesta ni alinearse con paros sectoriales. Su
deber es mediar, proteger derechos de todos y preservar el orden
constitucional. Cuando el árbitro baja a la cancha, el sistema pierde
equilibrio. Esta incapacidad para distinguir funciones no es un detalle menor;
revela una carencia de sentido de Estado incompatible con la conducción de una
transición democrática.
La
ética pública añade otra capa al problema. No se trata de afirmar
culpabilidades, sino de reconocer que la política democrática se sostiene
también en la apariencia de corrección. En contextos frágiles, la sola
acumulación de dudas —reuniones opacas, nombramientos cuestionados, decisiones
incoherentes— basta para minar la credibilidad del gobierno. Persistir en el
cargo sin recomponer esa confianza no es un acto de fortaleza, sino de
obstinación.
¿Qué
debería decidir José Jerí por el bien del país? Primero, comprender que la
transición no es un espacio para ensayar poder, sino para preservar la
República. Ello implica optar entre dos caminos: o rectificar de manera
inmediata, profunda y verificable —con transparencia total, rendición de
cuentas en seguridad, corrección de nombramientos y renuncia expresa a
cualquier rol político-partidario—, o dar un paso al costado desde la
Presidencia del Congreso, permitiendo que el orden constitucional se recomponga
sin más desgaste.
Nuestra
historia política reciente demuestra que prolongar crisis por cálculo personal
siempre tiene un costo mayor que asumir responsabilidades a tiempo. La salida
no pasa por resistir, sino por restablecer límites. En una democracia exhausta,
el mayor acto de responsabilidad no es aferrarse al poder, sino reconocer
cuándo su ejercicio deja de servir al interés general. Ese es el dilema en el
que hoy se encuentra José Jerí, atrapado en su propio laberinto, con la
obligación —ética y constitucional— de encontrar una salida que le haga bien al
país, no a su permanencia.

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