Trump, el poder y los intereses que prosperan detrás de la política del enemigo
Por Wens Silvestre
El mayor error al analizar a
Donald Trump consiste en atribuir todo lo que hace a un temperamento
incontrolable. Sus insultos, amenazas, contradicciones y repentinos cambios de
posición pueden parecer manifestaciones espontáneas de una personalidad dominada
por la ira y la necesidad de reconocimiento. Sin embargo, considerados en
conjunto, revelan un método de ejercicio del poder: mantener a la sociedad en
conflicto permanente, convertir al adversario en enemigo y acaparar la atención
pública mientras se transforma silenciosamente la relación entre el Estado, la
política y los negocios privados.
No existe evidencia suficiente para afirmar que cada exabrupto de Trump haya sido cuidadosamente programado para encubrir una operación económica determinada. Sostenerlo sería sustituir el análisis por una teoría conspirativa. Pero sí existe evidencia para plantear algo más grave: el ruido político facilita un sistema en el que la familia presidencial, sus aliados, determinados donantes y empresas reguladas pueden obtener beneficios, mientras los mecanismos de fiscalización son debilitados, intimidados o desacreditados.
El insulto es la parte visible.
La captura del Estado y la monetización de la proximidad al poder constituyen
el problema de fondo.
La distracción como método político
Trump comprendió, antes que
muchos políticos tradicionales, que en la nueva economía de la atención no
siempre es necesario convencer: basta con dominar la conversación. Una amenaza
contra un país, una descalificación a un periodista o la invención de un nuevo
enemigo desplazan de inmediato otros asuntos de la agenda pública.
Una investigación publicada en
Nature Communications, basada en su primera presidencia, encontró que un
aumento de la cobertura mediática sobre asuntos potencialmente perjudiciales
para Trump iba seguido de una intensificación de sus mensajes sobre otros temas
y, posteriormente, de una disminución de aquella cobertura incómoda. El estudio
no demuestra que cada mensaje fuera deliberadamente calculado, pero sí
identificó un patrón compatible con una estrategia de distracción mediática.
Este procedimiento no solo desvía
la atención: también agota a la sociedad. Cuando cada día trae consigo un nuevo
motivo de indignación, los ciudadanos pierden capacidad para distinguir entre
un insulto, una amenaza constitucional, una guerra, un contrato público y un
negocio familiar. La saturación acaba por normalizar lo extraordinario.
La retórica del enemigo cumple,
además, una función defensiva. Si jueces, fiscales, periodistas, científicos,
universidades o legisladores son presentados de antemano como corruptos,
antipatriotas o integrantes de una conspiración, cualquier investigación que
emprendan puede desacreditarse como persecución política.
De ese modo, Trump presenta la
rendición de cuentas como un ataque contra sus seguidores. La identificación
emocional con el líder hace que las acusaciones no necesariamente reduzcan su
apoyo: incluso pueden reforzarlo.
Su discurso configura una
comunidad unida menos por un proyecto económico coherente que por adversarios
compartidos: inmigrantes, universidades, medios de comunicación, funcionarios
profesionales, jueces, opositores políticos, gobiernos extranjeros e incluso
empresas que se niegan a adoptar el vocabulario presidencial.
No todos los simpatizantes de
Trump comparten sus excesos. Algunos lo apoyan por sus posiciones sobre
impuestos, inmigración, conservadurismo judicial, seguridad o rechazo a las
élites tradicionales. Pero cuando la adhesión partidaria conduce a justificar
el uso del Estado contra los adversarios, el respaldo a determinadas políticas
se convierte en tolerancia frente al abuso de poder.
Una presidencia que también es un negocio
Durante su segundo mandato, la
dimensión económica del fenómeno Trump ha adquirido una magnitud difícilmente
comparable con la de cualquier presidente estadounidense contemporáneo.
Su declaración financiera
correspondiente a 2025 registró más de 1.400 millones de dólares de ingresos
procedentes de criptomonedas: casi 800 millones vinculados a World Liberty
Financial y 635 millones provenientes de la moneda digital Trump. Reuters estimó
que la familia habría obtenido al menos 2.300 millones de dólares de sus
principales proyectos criptográficos desde el retorno de Trump a la Casa
Blanca.
La administración sostiene que no
existe conflicto porque los negocios están administrados por sus hijos. Sin
embargo, Trump sigue siendo beneficiario de los activos colocados en el
fideicomiso. No se trata de un fideicomiso ciego ni de una auténtica separación
patrimonial. El presidente continúa enriqueciéndose en un mercado sobre el cual
su gobierno adopta decisiones regulatorias, reduce las acciones de
fiscalización y promueve políticas favorables.
Esta superposición convierte al
presidente, simultáneamente, en gobernante, regulador, promotor y beneficiario.
Los vínculos internacionales
profundizan la preocupación. MGX, empresa controlada por Abu Dabi y presidida
por el asesor de seguridad nacional de Emiratos Árabes Unidos, utilizó 2.000
millones de dólares de la moneda estable USD1 —emitida por World Liberty
Financial— para efectuar una inversión en Binance. Las reservas que respaldan
esa moneda generan intereses para entidades afiliadas, entre ellas una
participada por la Trump Organization.
Una revisión de las cincuenta
mayores billeteras de World Liberty identificó que treinta y seis parecían
estar vinculadas con compradores extranjeros. Esto no prueba, por sí solo, la
existencia de un pago ilícito, pero abre un canal por el que actores extranjeros
sujetos a decisiones diplomáticas, comerciales o regulatorias de Estados Unidos
pueden transferir valor a una empresa que beneficia a la familia presidencial.
También hay secuencias de hechos
que exigen investigación.
El empresario del sector de las
criptomonedas Justin Sun compró 75 millones de dólares en tokens de World
Liberty. Poco después de que ampliara su inversión, la Comisión de Bolsa y
Valores suspendió el proceso que mantenía contra él.
Crypto.com donó alrededor de 11
millones de dólares a organizaciones políticas vinculadas a Trump. La
investigación federal que afrontaba fue archivada posteriormente, y la empresa
anunció una operación de aproximadamente 1.000 millones de dólares con Trump
Media.
Binance participó en la operación
realizada mediante USD1. Posteriormente, Trump indultó a su fundador, Changpeng
Zhao, condenado por incumplimientos relacionados con la prevención del lavado
de dinero.
Ninguno de estos hechos
demuestra, por separado, un intercambio corrupto. Las empresas y la Casa Blanca
niegan cualquier vinculación impropia. Sin embargo, la reiteración de
operaciones en las que una contraparte regulada beneficia económicamente al
entorno presidencial y después recibe una decisión gubernamental favorable
constituye una señal suficientemente seria como para exigir documentos,
comunicaciones internas y testimonios bajo juramento.
Esta expansión alcanza también a
la defensa, los drones y la inteligencia artificial. El fondo 1789 Capital, del
que Donald Trump Jr. es socio, invirtió en Vulcan Elements; tres meses después,
se anunció un préstamo de 620 millones de dólares del Pentágono. El fondo
también respalda a Reflection AI, seleccionada para operar en redes militares
clasificadas.
Empresas de drones relacionadas,
directa o indirectamente, con Donald Trump Jr. y Eric Trump han buscado
financiamiento público, obtenido contratos o proyectado negocios con el
Pentágono y gobiernos extranjeros. Los hijos del presidente afirman actuar como
inversionistas pasivos. Pero, precisamente porque se trata de sectores
dependientes de decisiones gubernamentales, esa pasividad debe comprobarse y no
simplemente presumirse.
Jared Kushner representa otro
punto de intersección. Su empresa Affinity Partners administra capital
procedente de Arabia Saudita, Qatar y Emiratos Árabes Unidos, mientras él
participa como enviado estadounidense en negociaciones diplomáticas, aunque sin
ser formalmente empleado federal. Su abogado sostiene que no ha infringido
ninguna norma aplicable. Sin embargo, el problema ético persiste: quien negocia
en nombre de Estados Unidos mantiene, al mismo tiempo, intereses financieros
relacionados con los gobiernos ante los cuales negocia.
A ello se añade la relación con
el sector petrolero. Durante la campaña de 2024, Trump pidió a ejecutivos del
petróleo y el gas reunir 1.000 millones de dólares para respaldar su
candidatura, mientras ofrecía eliminar regulaciones, acelerar permisos y proteger
beneficios tributarios. Una investigación de senadores demócratas sostiene que,
posteriormente, el sector recibió cientos de miles de millones de dólares en
ventajas fiscales, subsidios y desregulación. La Casa Blanca rechaza que haya
existido un acuerdo corrupto.
Una vez más, la coincidencia no
constituye por sí sola una prueba penal. Pero sería irresponsable que el
Congreso dejara de investigar si existió correspondencia entre aportes,
promesas y decisiones oficiales.
Cuando la amenaza se convierte en acción pública
La cuestión ya no se limita a los
negocios ni a los discursos.
Una investigación de Reuters
documentó, hasta noviembre de 2025, por lo menos 470 personas, empresas e
instituciones objeto de represalias durante el segundo mandato de Trump. Entre
ellas figuraban fiscales, agentes federales, funcionarios, militares, universidades,
medios de comunicación y bufetes de abogados. Reuters identificó cientos de
acciones punitivas, decenas de amenazas y diversos casos de organizaciones que
modificaron sus políticas para evitar sanciones gubernamentales.
Cuatro grandes bufetes obtuvieron
sentencias favorables de jueces nombrados por presidentes de ambos partidos,
quienes concluyeron que las órdenes dirigidas contra ellos vulneraban derechos
constitucionales. Otros despachos optaron por negociar y comprometer servicios
jurídicos gratuitos alineados con las prioridades de la administración.
El gobierno reconoció ante los
tribunales que canceló 7.600 millones de dólares destinados a casi trescientos
proyectos de energía limpia situados en dieciséis estados que habían votado por
Kamala Harris. Las cancelaciones no se basaron en el costo ni en el desempeño
individual de cada proyecto, sino en la identidad política de los estados
beneficiarios.
Harvard afronta la pérdida de más
de 2.000 millones de dólares tras resistirse a exigencias ideológicas de la
Casa Blanca. Medios como CNN, MS NOW y Politico han acudido a los tribunales
para impugnar su exclusión de espacios presidenciales debido a coberturas que
Trump considera hostiles.
Más recientemente, recursos
públicos originalmente destinados a fines de seguridad se utilizaron para
financiar anuncios televisivos que exaltaban personalmente al presidente en
vísperas de las elecciones legislativas. Tras los cuestionamientos de ambos partidos,
Trump anunció que los nuevos anuncios serían financiados por una organización
política, pero la Casa Blanca no ofreció devolver lo ya gastado por el Estado.
La administración sostiene que
cumple el mandato recibido de los electores y corrige la instrumentalización
política ocurrida durante gobiernos anteriores. Sin embargo, un mandato
electoral autoriza a desarrollar políticas públicas; no a convertir presupuestos,
investigaciones, contratos, subvenciones o agencias federales en instrumentos
de lealtad personal.
En el ámbito exterior se advierte
el mismo patrón transaccional. Las amenazas arancelarias, las presiones sobre
los aliados, las pretensiones sobre Groenlandia, el condicionamiento de la
protección militar y la guerra con Irán han debilitado la previsibilidad
estadounidense.
La guerra contra Irán se inició
sin autorización legislativa expresa. La Cámara de Representantes aprobó una
resolución destinada a exigir esa autorización, pero el Senado la rechazó por
apenas 50 votos contra 49. La continuidad de un conflicto de semejante
magnitud, más allá del plazo establecido por la Resolución de Poderes de
Guerra, plantea la apropiación presidencial de una competencia que la
Constitución atribuye al Congreso.
Esa incertidumbre tiene un costo.
Eleva los precios de los combustibles, altera las cadenas de suministro,
desalienta inversiones y obliga a aliados y empresas a incorporar una prima de
riesgo político. Mientras algunos exportadores, contratistas de defensa,
especuladores o inversionistas cercanos al poder pueden beneficiarse, el costo
termina trasladándose a los ciudadanos mediante inflación, impuestos, deuda y
menor estabilidad económica.
Los escenarios que enfrenta el régimen Trump
Las elecciones legislativas del 3
de noviembre de 2026 serán decisivas. Una encuesta Reuters/Ipsos situó la
aprobación presidencial en alrededor del 32 %, mientras cerca del 65 %
desaprobaba su gestión. Reuters encontró, además, que aproximadamente dos tercios
de los candidatos republicanos que competían en circunscripciones reñidas
procuraban distanciarse de Trump en asuntos como la guerra con Irán, los
precios y determinados proyectos tecnológicos.
Las encuestas no equivalen a
resultados electorales, pero muestran el desgaste de la coalición presidencial.
De esos comicios pueden surgir cuatro escenarios.
Si los republicanos conservan
ambas cámaras, Trump interpretará la victoria como una ratificación de su
estrategia. Seguirá contando con un Congreso poco inclinado a investigarlo y
aumentará la presión sobre tribunales, medios, universidades y gobiernos estatales.
Los principales controles quedarían en manos del Poder Judicial, los estados,
la prensa y la sociedad civil.
Si los demócratas conquistan
solamente la Cámara de Representantes, podrán presidir comisiones, emitir
citaciones, exigir documentos y abrir una investigación formal de impeachment.
Sería el escenario más probable para examinar los negocios familiares, contratos,
indultos, decisiones regulatorias y financiamiento extranjero. No obstante, una
acusación aprobada por la Cámara difícilmente conduciría a la destitución sin
una ruptura significativa dentro del Partido Republicano, pues el Senado
requiere una mayoría de dos tercios para condenar.
Si los demócratas ganan
únicamente el Senado, no podrán iniciar por sí solos un impeachment, facultad
exclusiva de la Cámara de Representantes. Pero controlarían las confirmaciones,
las investigaciones senatoriales y parte del proceso presupuestario, y podrían
dificultar el nombramiento de funcionarios dispuestos a ejecutar represalias
políticas.
Si la oposición obtiene ambas
cámaras, se abriría el escenario de mayor fiscalización. Podrían desarrollarse
simultáneamente investigaciones sobre corrupción, guerra, libertades civiles,
utilización electoral del presupuesto y negocios familiares. Incluso entonces,
la destitución seguiría requiriendo votos republicanos. El impeachment no puede
ser una simple operación matemática de la oposición: exige construir pruebas
capaces de atravesar la frontera partidaria.
El representante Steve Cohen
presentó en septiembre veintiséis artículos de impeachment relacionados con el
abuso de poder, la violación del juramento presidencial, la utilización
corrupta del indulto y posibles infracciones de las cláusulas de emolumentos.
Días antes, otra resolución había sido archivada por 232 votos contra 147, con
la participación de legisladores demócratas que consideraron insuficiente la
investigación previa.
Esa objeción es razonable, pero
no puede convertirse en pretexto para la pasividad. Si faltan pruebas,
corresponde investigarlas. Si existen conflictos de interés, hay que
identificar a los beneficiarios. Si hay decisiones regulatorias sospechosamente
coincidentes con pagos o inversiones, debe reconstruirse la cronología. Y si
las acusaciones resultan infundadas, también debe decirse públicamente.
La obligación constitucional del Congreso
El impeachment no fue concebido
para sancionar malos modales, discursos ofensivos o políticas equivocadas. Fue
establecido para enfrentar la traición, el soborno y otros altos delitos y
faltas, categoría que la tradición constitucional estadounidense vincula con el
abuso de poder, la corrupción del cargo, la usurpación de competencias y las
violaciones graves de la confianza pública.
El Congreso no está obligado a
condenar antes de investigar. Pero sí tiene la obligación institucional de
fiscalizar cuando existe evidencia razonable de que el presidente podría estar
utilizando el poder público para obtener beneficios privados, castigar a
adversarios o erosionar deliberadamente los controles constitucionales.
Una investigación seria debería
identificar a los verdaderos compradores de los activos digitales de Trump;
requerir las comunicaciones entre la Casa Blanca y la SEC, el Departamento de
Justicia, el Pentágono, el Departamento de Estado y otras agencias; reconstruir
las operaciones de las empresas vinculadas a sus familiares; establecer si
existieron recusaciones; y contrastar los pagos, donaciones e inversiones con
las decisiones públicas que beneficiaron a sus protagonistas.
Solo después correspondería
formular artículos de impeachment concretos y susceptibles de ser probados. Una
acusación excesivamente extensa, que mezcle corrupción, disputas ideológicas y
declaraciones ofensivas, podría facilitar la defensa política de Trump. Sería
preferible concentrarse en conductas claramente vinculadas con el abuso del
poder presidencial, las represalias oficiales, la apropiación de competencias
del Congreso, el uso partidario de fondos públicos y los eventuales beneficios
privados derivados de actos oficiales.
Los republicanos deberían
comprender que el poder que hoy permiten utilizar contra los adversarios de
Trump podría ser empleado mañana por un presidente demócrata contra ellos. Los
demócratas, por su parte, deberían entender que el impeachment no puede reducirse
a un instrumento electoral ni a una demostración de indignación.
La pregunta no es si Donald Trump
resulta desagradable, autoritario o moralmente inaceptable. La pregunta
constitucional es si está utilizando la Presidencia para transformar la
autoridad pública en poder personal y, a su vez, el poder personal en beneficio
económico.
Esperar una confesión explícita
sería ingenuo. Acusar sin pruebas concluyentes sería irresponsable. Pero
negarse a investigar ante la acumulación de indicios supone una renuncia del
Congreso a su función esencial.
Trump puede ser el protagonista
más visible, pero el futuro de la democracia estadounidense dependerá también
de quienes tienen la responsabilidad de controlarlo. El verdadero peligro
comienza cuando legisladores, empresarios, universidades, medios y funcionarios
concluyen que es más rentable obedecer al presidente que exigirle cuentas.
Cuando el miedo se convierte en
criterio administrativo, la adulación en ventaja competitiva y la proximidad al
gobernante en modelo de negocio, la democracia conserva sus instituciones sobre
el papel, pero comienza a perderlas en la realidad.
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