Por Wens Silvestre
El
país no necesita que Gobierno y oposición piensen igual. Necesita que sean
capaces de ponerse de acuerdo en aquello que el Perú no puede esperar.
La
presentación de la Política General de Gobierno, realizada el 20 de agosto por
el presidente del Consejo de Ministros, Luis Galarreta, ante la Cámara de
Diputados, dejó una idea central: ordenar el Estado para recuperar seguridad,
impulsar el crecimiento y convertir decisiones en resultados. Los cinco ejes
anunciados —seguridad; prevención frente a desastres y cambio climático;
desarrollo de las personas; productividad; y gobernabilidad democrática—
ofrecen una hoja de ruta cuya prueba será la ejecución.
En ese marco, el anunciado pedido de facultades legislativas —aún en revisión al 22 de agosto— será una prueba de la relación entre el Ejecutivo y el Congreso bicameral. No debería convertirse en una disputa automática entre oficialismo y oposición. El país necesita algo más útil: un Acuerdo de Urgencias Nacionales 2026, limitado a problemas cuyo retraso tiene costos inmediatos. No se trata de formar una coalición ni de pedir al Parlamento que renuncie a sus atribuciones, sino de distinguir lo urgente de lo estructural.
La
correlación política obliga al diálogo. Óscar Reto, del Partido del Buen
Gobierno, fue elegido presidente de la Cámara de Diputados con 74 votos,
acompañado por representantes de Juntos por el Perú, Ahora Nación y Partido
Cívico Obras. Esa mayoría no es oposición homogénea. Existe una oportunidad:
negociar materias concretas y evitar una ley ómnibus que mezcle seguridad,
reforma penal, tributación, legislación laboral, ambiente y reorganización
estatal. La Constitución marca el límite: el artículo 104 permite delegar
facultades sobre materia específica y por plazo determinado.
La
primera urgencia es la seguridad. Entre el 1 de enero y el 14 de mayo de 2026,
registros oficiales presentados por el Ministerio del Interior al Congreso
mostraron una reducción de 29 % en denuncias por extorsión y de 22 % en
homicidios respecto del mismo periodo de 2025. Son datos sujetos a
actualización; recuerdan que la política criminal debe evaluarse con
indicadores. La eficacia no se mide por operativos o cámaras, sino por la
disminución de delitos, el esclarecimiento de casos, la desarticulación de
organizaciones y el control penitenciario.
Por
ello, una delegación en seguridad debería ser precisa: corregir obstáculos
legales frente a la extorsión, el sicariato, el crimen organizado, la
flagrancia, la inteligencia criminal y el control penitenciario. Seguridad
sin legalidad termina debilitando la institucionalidad que pretende proteger.
La
segunda urgencia es climática. El comunicado del ENFEN del 14 de agosto
mantiene la Alerta de El Niño Costero y prevé, para la región Niño 1+2, una
magnitud más probable entre fuerte y extraordinaria hasta el verano. Galarreta
informó, además, que se han priorizado 536 puntos críticos para limpieza de
cauces y descolmatación. Aquí la política debe ceder a la evidencia y a la
gestión.
Pero
no todo problema requiere una nueva ley. Limpiar quebradas, movilizar
maquinaria, reforzar defensas ribereñas, mantener drenajes y coordinar entre
niveles de gobierno son tareas ejecutivas. Si pueden realizarse con la
legislación vigente, deben comenzar de inmediato. Las facultades
extraordinarias solo se justifican ante una barrera normativa concreta; además,
toda contratación de emergencia debe ser transparente. Emergencia no puede
significar opacidad.
A
la vez, el riesgo climático tiene dimensión económica. La producción nacional
creció 3,05 % en el primer semestre de 2026, pero en junio avanzó solo 1,75 %,
con retrocesos en agro, pesca y manufactura. A ello se suma una fragilidad
social persistente: la pobreza monetaria bajó de 27,6 % en 2024 a 25,7 % en
2025, lo que permitió que unas 567 mil personas salieran de esa condición; aun
así, en el área rural alcanza 35,5 %. Crecer no basta: la estabilidad debe
traducirse en inversión, productividad, formalización y empleo.
En
esa línea, algunos ajustes puntuales —como la simplificación de regímenes para
pequeñas empresas o la modernización aduanera— pueden encontrar consensos si
contribuyen a ampliar la formalidad, facilitar la inversión y mejorar la
eficiencia sin erosionar la recaudación. Distinto es el caso de reformas
tributarias, laborales, ambientales o de reorganización del Estado de mayor
alcance, cuyos efectos trascienden la coyuntura y requieren una evaluación
técnica, fiscal y regulatoria más amplia. La economía necesita reformas, pero
también predictibilidad.
Precisamente
por ello, las materias que no respondan a una urgencia inmediata deberían
recibir un tratamiento diferenciado. Si el Ejecutivo considera indispensable
legislar también por delegación en esos ámbitos, podría presentar un segundo
proyecto de facultades, separado del paquete destinado a seguridad y prevención
frente a El Niño, con materias claramente delimitadas, sustento técnico y un
plazo propio para su evaluación parlamentaria. Así se evitaría que la premura
frente al crimen o una emergencia climática termine sirviendo de vehículo para
reformas estructurales que merecen mayor escrutinio. La urgencia exige
velocidad; las reformas de largo alcance, además, exigen deliberación.
Finalmente,
la gobernabilidad no se agota en la relación entre Palacio y el Congreso. La
Defensoría del Pueblo registró 191 conflictos sociales en julio de 2026: 150
activos y 41 latentes. Cuatro surgieron ese mes y dos se reactivaron. Un Estado
que aparece cuando empieza la protesta ya llegó tarde. Prevenir conflictos
exige presencia territorial, diálogo temprano y coordinación con regiones y
municipios.
De
allí que una salida razonable sea una delegación breve —60 días—,
concentrada en seguridad y en las medidas indispensables frente a El Niño, con
objetivos, normas a modificar, responsables e indicadores públicos. Las
reformas estructurales deberían seguir el procedimiento legislativo regular.
Gobierno
y oposición no fueron elegidos para coincidir en todo. La democracia necesita
discrepancia y fiscalización. Pero también necesita reconocer aquello que no
puede esperar. La extorsión no puede esperar. El Niño no puede esperar. La
prevención de conflictos y la protección de infraestructura crítica tampoco.
Por
eso, un Acuerdo de Urgencias Nacionales 2026 no sería un pacto de
adhesión al Ejecutivo, sino un compromiso institucional con objetivos, plazos y
resultados. El éxito no debería medirse por cuántas facultades obtiene el
Gobierno o bloquea la oposición, sino por la capacidad del sistema político para
reducir el miedo, proteger al país, sostener el crecimiento, disminuir la
pobreza y recuperar confianza. Quizá el desafío más necesario sea ponernos
de acuerdo en lo urgente sin dejar de discrepar en todo lo demás.

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