Wens Silvestre
Hay
una indignación que ya no pertenece a un país, a una ideología ni a una
frontera. Es la indignación de cualquier ciudadano global que observa cómo el
poder militar y económico más grande del planeta puede ser usado no para
proteger la paz, sino para administrarla como mercancía; no para defender la
soberanía de los pueblos, sino para someterla; no para servir al interés
público, sino para abrir rutas de ganancia a quienes orbitan el poder.
Donald Trump representa hoy una de las formas más crudas de esa degradación: la conversión de la Presidencia de Estados Unidos en una maquinaria donde la guerra, la diplomacia, los mercados, los contratos, las amenazas y los apellidos familiares parecen moverse dentro de una misma lógica mercantil. Se habla de seguridad nacional, de defensa de Occidente, de lucha contra amenazas externas. Pero detrás de esa retórica solemne aparece una sospecha moralmente insoportable: que el llamado “interés norteamericano” no sea, en realidad, el interés del pueblo estadounidense, sino el interés particular de una élite política, económica y familiar que encuentra en cada crisis una oportunidad de negocio.
Desde
fuera de Estados Unidos, el espectáculo resulta brutal. Un presidente decide
escalar tensiones en Medio Oriente, amenaza a Irán, interviene en zonas
atravesadas por conflictos históricos, presiona a países soberanos, altera
rutas energéticas, sacude el precio del petróleo y obliga al mundo entero a
pagar la factura. No la pagan solo los gobiernos involucrados. La pagan las
familias que pierden hijos bajo las bombas. La pagan los desplazados que cruzan
fronteras sin destino. La pagan los trabajadores que ven subir el combustible.
La pagan los pueblos pobres cuando el precio de la energía encarece los
alimentos. La paga el ciudadano común, en cualquier continente, cuando una
decisión tomada en Washington se transforma en inflación, miedo, deuda y muerte.
Y
mientras el mundo paga, algunos ganan.
Esa
es la obscenidad central. La guerra no solo destruye: también produce
beneficios. Produce contratos militares, especulación energética, valorización
de empresas de defensa, mercados de predicción, oportunidades petroleras,
negocios de reconstrucción, acceso diplomático y ventajas para quienes conocen
de cerca el pulso del poder. Cuando el presidente de una potencia militar mueve
tropas, ordena ataques, anuncia treguas o amenaza bloqueos, no solo altera el
mapa geopolítico: mueve mercados. Y cuando el entorno familiar o empresarial de
ese presidente aparece cerca de sectores que pueden beneficiarse de esas
decisiones, la sospecha deja de ser paranoia y se convierte en exigencia
democrática de investigación.
No
se trata de afirmar irresponsablemente lo que aún debe probarse en sede
judicial o parlamentaria. Se trata de señalar algo evidente para cualquier
conciencia crítica: ningún gobernante debería tener la posibilidad de tomar
decisiones de guerra mientras su entorno privado se mueve en mercados sensibles
a esas decisiones. Ninguna familia presidencial debería estar cerca de negocios
de defensa, criptoactivos, energía, contratos o plataformas especulativas
mientras el jefe de esa familia decide sobre bombardeos, sanciones, alianzas
militares o treguas. La sola posibilidad de que la guerra se vuelva rentable
para los cercanos al poder ya corrompe la legitimidad de la decisión.
Porque
la guerra exige el máximo estándar moral. No se puede pedir a los pueblos
sacrificio, sangre y obediencia mientras los poderosos calculan retornos. No se
puede hablar de seguridad global cuando la inseguridad de millones se
transforma en utilidad privada. No se puede invocar la soberanía de unos países
mientras se pisotea la soberanía de otros. No se puede exigir respeto al
derecho internacional si la potencia más poderosa interpreta las reglas como un
menú opcional.
El
lenguaje imperial siempre ha sido experto en disfrazarse. A una intervención se
le llama operación preventiva. A una imposición económica, sanción necesaria. A
una amenaza militar, mensaje disuasivo. A la subordinación de gobiernos
débiles, alianza estratégica. Al control de recursos, estabilidad regional. Y
al beneficio de corporaciones y grupos cercanos al poder, libre mercado.
Pero
los pueblos conocen la traducción real de esas palabras. Saben que “seguridad”
muchas veces significa control. Saben que “democracia” muchas veces significa
obediencia al poder dominante. Saben que “orden internacional” muchas veces
significa jerarquía. Saben que “interés nacional” puede convertirse en la
máscara respetable de intereses privados.
Trump
no inventó esa lógica. Sería ingenuo creerlo. Estados Unidos ha intervenido,
presionado y condicionado a otros países durante décadas, bajo gobiernos
republicanos y demócratas. América Latina, Medio Oriente, África y Asia conocen
demasiado bien la pedagogía de la potencia: primero se define quién es amenaza;
luego se impone una narrativa; después vienen sanciones, bases, drones,
bombardeos, deuda, reconstrucción y contratos. La novedad con Trump es el
descaro. Lo que antes se envolvía en lenguaje institucional ahora aparece con
una crudeza empresarial casi vulgar: la política como transacción, la
diplomacia como negocio, la guerra como mercado, la Presidencia como marca.
Esa
es la razón por la que la indignación debe ser global. Porque las decisiones de
un presidente estadounidense no se quedan dentro de Estados Unidos. Cuando
Washington decide una guerra, el planeta tiembla. Cuando amenaza un bloqueo,
sube el petróleo. Cuando sanciona, se reordenan economías. Cuando protege a
unos y castiga a otros, define la vida cotidiana de millones que jamás votaron
en sus elecciones. Esa es una de las grandes injusticias de nuestro tiempo:
pueblos enteros sufren consecuencias de decisiones tomadas por un poder
político al que no pueden controlar democráticamente.
Por
eso, desde la mirada de un ciudadano global, el abuso de poder de Trump no es
un asunto interno estadounidense. Es un problema mundial. Cuando un presidente
con capacidad nuclear, influencia financiera planetaria y control sobre
alianzas militares usa ese poder con opacidad, arbitrariedad o beneficio
particular, el riesgo deja de ser nacional. Se vuelve humano.
La
soberanía de los países débiles se vuelve decorativa si puede ser aplastada por
decisiones tomadas desde una oficina lejana. La legalidad internacional se
vuelve frágil si la potencia puede violarla y luego justificarlo con
comunicados estratégicos. La economía global se vuelve rehén si los mercados
reaccionan no a la productividad ni al bienestar, sino al temperamento de un
gobernante. Y la democracia se vuelve una ficción si los controles
institucionales no pueden impedir que el interés privado capture decisiones de
guerra.
Lo
más indignante no es solo el abuso. Es la naturalización del abuso.
Se
nos pide aceptar que así funciona el mundo. Que las potencias tienen zonas de
influencia. Que las guerras son inevitables. Que los precios suben por
“tensiones geopolíticas”, como si esas tensiones nacieran solas y no fueran
producidas por decisiones humanas. Que las empresas se beneficien es normal.
Que los familiares del poder estén cerca de negocios estratégicos es apenas una
coincidencia. Que los pueblos muertos son daños colaterales. Que los
desplazados son cifras. Que la indignación es ingenua.
No.
Ingenuo es creer que puede haber paz mientras la guerra sea rentable. Ingenuo
es creer que habrá respeto a la soberanía mientras algunas potencias se
atribuyan derecho a disciplinar al resto del planeta. Ingenuo es creer que la
democracia sobrevive cuando el poder público se mezcla con negocios familiares.
Ingenuo es creer que un presidente que castiga críticos presiona instituciones,
debilita controles y gobierna mediante amenazas externas puede ser tratado como
un actor democrático ordinario.
Un
ciudadano global no necesita odiar a Estados Unidos para rechazar esta
política. Al contrario: puede distinguir entre el pueblo estadounidense y
quienes usan su bandera para justificar abusos. Puede reconocer que millones de
ciudadanos estadounidenses también pagan el costo de estas decisiones: en
impuestos, inflación, pérdida de derechos, deterioro institucional y vergüenza
moral. El problema no es un pueblo. El problema es una forma de poder que
pretende hablar en nombre de un pueblo mientras sirve a intereses mucho más
estrechos.
Lo
que debe denunciarse es la captura mercantilista del Estado. Ese momento en que
la política deja de ser servicio público y se vuelve administración de
oportunidades privadas. Ese momento en que una guerra ya no se decide solo por
razones estratégicas, sino bajo la sombra de quién puede ganar con ella. Ese
momento en que la Presidencia deja de ser mandato constitucional y empieza a
parecer una plataforma de negocios globales.
Frente
a eso, el impeachment no sería una exageración. Sería una defensa mínima
del principio republicano más elemental: ningún gobernante está por encima de
la ley, ningún presidente puede usar la guerra como instrumento personal,
ningún interés familiar puede contaminar decisiones que cuestan vidas, ningún
poder militar puede ejercerse sin control democrático.
Pero
incluso el impeachment sería insuficiente si el mundo no aprende la
lección más profunda. El problema no termina con un hombre. Trump es el síntoma
brutal de un sistema que permite que la guerra sea negocio, que la energía sea
chantaje, que la soberanía sea selectiva y que los mercados celebren lo que los
pueblos lloran.
Por
eso la respuesta debe ser ética, política y global. Los ciudadanos del mundo
tenemos derecho a exigir que ninguna potencia convierta nuestra estabilidad en
ficha de negociación. Tenemos derecho a exigir que ningún presidente use el
lenguaje de la seguridad para encubrir intereses particulares. Tenemos derecho
a exigir que las guerras no se decidan en función de contratos, precios,
encuestas o negocios familiares. Tenemos derecho a recordar que la soberanía no
es privilegio de los fuertes, sino derecho de todos los pueblos.
La
historia juzga con dureza a quienes bombardean en nombre de la paz y lucran en
nombre de la seguridad. Pero también juzga a quienes, viendo el saqueo,
prefieren mirar hacia otro lado.
Hoy
la pregunta no es solo qué hará Estados Unidos con Trump. La pregunta es qué
hará el mundo frente a una forma de poder que convierte la vida humana en
variable de mercado.
Porque
cuando la guerra se vuelve negocio, la paz deja de ser un objetivo y se
convierte en una amenaza para quienes se enriquecen con el conflicto.
Y
cuando eso ocurre, indignarse no es un gesto retórico. Es el primer acto de
resistencia moral.

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