Por Wens Silvestre
En
la recta final de las elecciones generales de 2026, nuestro país no solo
enfrenta una competencia entre candidatos; enfrenta, sobre todo, una prueba de
madurez cívica. Los últimos sondeos difundidos el 5 de abril, antes del inicio
del silencio electoral, mostraron un escenario fragmentado: Keiko Fujimori
aparece al frente, pero sin opción de cerrar la elección en primera vuelta,
mientras el segundo lugar sigue disputado y el resto del pelotón permanece
comprimido en márgenes estrechos. Reuters resumió esa fotografía con claridad:
liderato relativamente estable en la punta, alta dispersión debajo de ella y
una segunda vuelta prácticamente instalada como horizonte.
Ese dato, sin embargo, no es lo más importante. Lo verdaderamente decisivo no es solo quién encabeza una encuesta, sino qué le está ofreciendo al país y con qué seriedad lo hace. El problema de esta campaña no ha sido la falta de propuestas; ha sido, más bien, la abundancia de ofertas acompañadas por una insuficiente explicación del cómo. En muchos casos, el discurso electoral ha preferido la consigna a la política pública, la frase efectista al diseño institucional, la indignación al método. Y allí radica uno de los mayores riesgos de esta elección: que la ciudadanía termine premiando la promesa más sonora, no la propuesta más viable.
Al
revisar los planes de gobierno oficialmente presentados ante el Jurado Nacional
de Elecciones, conviene recordar algo elemental que a veces se pierde entre
mítines, TikToks y debates crispados: el plan de gobierno no es un adorno
burocrático ni un simple requisito de inscripción. El propio JNE lo define como
el documento que contiene el diagnóstico, los objetivos, lineamientos,
acciones, estrategias y metas de una organización política; además, subraya que
debe servir como parámetro para un voto informado y como referencia para la
rendición de cuentas al final del mandato. Más aún, el marco actual exige un
contenido mínimo, prioriza claridad y previsión, y prohíbe modificar el plan
con posterioridad a su presentación.
Por
eso, la pregunta correcta no es si una propuesta emociona, sino si resiste
cuatro pruebas básicas. Primero, si identifica con seriedad un problema real
del país. Segundo, si explica con qué instrumentos lo enfrentará. Tercero, si
deja entrever de dónde saldrán los recursos y qué costos implicará. Y cuarto,
si muestra alguna viabilidad política, jurídica y administrativa. Cuando una
candidatura falla en una o varias de esas condiciones, lo que queda ya no es
una política pública en sentido estricto, sino una oferta de campaña desnuda:
vistosa, quizás seductora, pero débil frente a la realidad.
En
ese examen, las candidaturas mejor posicionadas han mostrado diferencias
marcadas. Algunas sí presentan una arquitectura relativamente consistente:
objetivos, estrategias, metas, cronogramas, instrumentos de gestión,
referencias a inversión, simplificación, digitalización, formalización o
reformas sectoriales. Otras, en cambio, descansan más en la figura del líder,
en la idea del golpe de autoridad, en la promesa de mano dura, en el
voluntarismo o en la ilusión de que basta la voluntad presidencial para doblegar
inercias históricas del Estado peruano. Hay también candidaturas cuyo relato es
ideológicamente coherente, pero cuya ejecución dependería de rupturas
constitucionales, mayorías improbables o transformaciones institucionales de
muy baja factibilidad inmediata. En todos esos casos, la distancia entre
prometer y gobernar sigue siendo inmensa.
Ese
es, quizás, el rasgo más revelador del proceso electoral actual. No estamos
ante una campaña pobre en imaginación, sino ante una campaña donde con
frecuencia el “qué” avanza muy por delante del “cómo”. Se promete seguridad sin
reforma policial y fiscal precisa; crecimiento sin detallar motores reales de
productividad; empleo sin explicar condiciones de inversión; lucha
anticorrupción sin rediseño institucional convincente; más Estado o menos
Estado sin aclarar capacidad operativa, gradualidad ni costos de transición. En
otras palabras, la política vuelve a ofrecer resultados como si estos pudieran
decretarse, cuando en realidad todo cambio serio exige secuencia,
financiamiento, cuadros técnicos, coordinación intergubernamental y tiempo.
La
dispersión que muestran los sondeos también dice mucho sobre la calidad de
nuestra vida pública. Con 35 candidaturas presidenciales registradas, un
liderazgo parcial en la cima y una fuerte disputa por los siguientes lugares,
el país llega a la elección en medio de una oferta sobrepoblada y una
ciudadanía todavía desconfiada. No es extraño, entonces, que proliferen las
promesas maximalistas: cuando el sistema está fragmentado, cada candidatura
siente la tentación de sobresalir no por la solidez de su programa, sino por la
espectacularidad de su oferta. La inflación de promesas se convierte así en un
síntoma de precariedad política.
Pero
sería un error cargar toda la responsabilidad sobre los candidatos. También el
ciudadano tiene una tarea que no puede delegar. Votar no consiste únicamente en
escoger un nombre o rechazar otro; consiste en asumir, con la mayor lucidez
posible, las consecuencias de esa decisión. La democracia no termina cuando se
deposita la cédula en el ánfora. Allí, en rigor, comienza la parte más difícil:
vigilar, exigir, comparar, recordar y reclamar. Si el plan de gobierno es la
hoja de ruta ofrecida para conquistar el poder, entonces debe convertirse
también en el primer documento que la ciudadanía use para supervisar al poder.
Por
eso, el llamado que hoy merece hacerse no es a votar por tal o cual
candidatura, sino a votar con conciencia de que ninguna oferta debe ser
recibida como un acto de fe. El elector no es un espectador de feria ni un
consumidor pasivo de eslóganes. Es un mandante temporal del poder político. Y
quien manda, en democracia, tiene no solo el derecho, sino el deber de exigir
cumplimiento. Exigir que el candidato ganador honre lo que prometió. Exigir que
gobierne con arreglo a su programa. Exigir que, si las circunstancias
nacionales obligan a corregir, reordenar o priorizar de otro modo, no lo haga
con arbitrariedad ni oportunismo, sino con explicación técnica, transparencia
pública y responsabilidad frente al país.
Porque
sí: gobernar también puede exigir ajustes. La realidad suele golpear más fuerte
que la retórica de campaña, y el interés nacional no siempre coincide
milimétricamente con el papel inscrito meses antes. Pero esa necesaria
flexibilidad no puede ser una licencia para la traición programática. Si un
gobierno se aparta de su hoja de ruta, debe justificarlo; si cambia
prioridades, debe explicarlas; si abandona una promesa, debe responder por
ello. La responsabilidad democrática no consiste en petrificar un documento,
sino en impedir que el mandato popular sea usado como cheque en blanco.
En
tiempos de ofertas desbordadas, el mejor antídoto no es el cinismo, sino la
vigilancia ciudadana. El Perú no necesita electores fascinados por el milagro
verbal de la campaña; necesita ciudadanos serenos, críticos y responsables,
capaces de distinguir entre una propuesta pensada para gobernar y una promesa
fabricada solo para seducir. Ese discernimiento no garantiza por sí solo un
buen gobierno, pero sí reduce la probabilidad de un nuevo desencanto.
Al
final, cada ciudadano es libre de elegir según su conciencia, su
experiencia, sus convicciones y su esperanza. Esa libertad debe ser respetada
siempre. Pero justamente porque el voto es libre, también debe ser responsable.
Y un voto responsable no solo escoge: recuerda. No solo decide: vigila. No solo
otorga poder: exige resultados. En una democracia fatigada como la nuestra, tal
vez esa sea la forma más seria de defender el futuro del país.
