domingo, 29 de diciembre de 2024

Demagogia y populismo: el balance crítico de una gestión de gubernamental

Por: Wens Silvestre 

La gestión de Dina Boluarte, estrechamente ligada al Congreso —representado por bancadas como Fuerza Popular, APP, Perú Libre, Acción Popular y otras—ha sido un terreno fértil para desaciertos que han impactado no solo en la estabilidad política del país, sino también en la confianza de la ciudadanía hacia las instituciones democráticas. Este artículo busca ofrecer un balance crítico de su administración, destacando los efectos nocivos de la demagogia y el populismo que predominan en el Ejecutivo y el Legislativo, y que ponen en peligro el futuro del país. 

Desde su llegada al poder en diciembre de 2022, Dina Boluarte ha acumulado un largo historial de cuestionamientos. Las investigaciones judiciales relacionadas con su presunta responsabilidad en las muertes durante las protestas de 2022 y 2023 y casos emblemáticos como el “Rolexgate” han debilitado su ya frágil credibilidad. A esto se suma una preocupante inacción en 2024: Boluarte no registró actividades oficiales en 106 días, casi un tercio del año, lo que evidencia una desconexión preocupante con las necesidades urgentes del país. 

El Congreso, por su parte, ha demostrado ser un aliado estratégico en esta dinámica. Con su respaldo, Boluarte ha sobrevivido a múltiples intentos de vacancia. Sin embargo, este blindaje político no está exento de costos: perpetúa un Ejecutivo carente de visión y refuerza la percepción de un Parlamento más preocupado por intereses partidarios que por el bienestar colectivo. Los efectos de estas decisiones populistas—como leyes que aumentan el gasto sin sustento técnico—se sienten en la economía y en la confianza ciudadana. 

La crisis fiscal del Perú es uno de los puntos más preocupantes de la actual gestión. El déficit fiscal superó el 3% del PBI en 2024, encendiendo alarmas sobre la sostenibilidad de las finanzas públicas. Este desequilibrio no es casualidad: la administración ha priorizado medidas populistas, como bonos masivos y subsidios, en lugar de focalizar el gasto en inversiones estratégicas en infraestructura, salud o educación. 

Populismo y demagogiaEn este contexto, resuena la advertencia de Milton Friedman: "Concéntrese en una sola cosa: ¿Cuánto gasta el gobierno? Porque ese es el verdadero impuesto... El problema central no es la deuda en sí misma, sino mantener el gasto público bajo control como proporción de nuestros ingresos."

Cuando el gobierno gasta más de lo que recauda, los ciudadanos terminan pagando el precio, ya sea mediante inflación, deuda o recortes en servicios esenciales. Perú está hipotecando su futuro con decisiones que no solo desestabilizan la economía, sino que también siembran incertidumbre entre inversionistas y actores internacionales.

El Congreso no ha sido un contrapeso adecuado frente a los errores del Ejecutivo; por el contrario, ha fomentado la crisis. Desde la aprobación de leyes que limitan el rol de los organismos fiscalizadores hasta propuestas que desincentivan la inversión privada, el Parlamento parece haber abandonado su rol fiscalizador para convertirse en un bastión de medidas populistas que erosionan la democracia.

La falta de un liderazgo responsable en el Legislativo agrava la percepción de un sistema político fallido. Esta complicidad entre Ejecutivo y Congreso no solo daña la imagen institucional, sino que alimenta un círculo vicioso de desconfianza ciudadana y apatía hacia la política. 

Nuestro país necesita abandonar el ciclo de demagogia y populismo que domina tanto en el Ejecutivo como en el Legislativo. La crisis actual no se resolverá con parches ni discursos grandilocuentes, sino con reformas profundas que prioricen la transparencia, la eficiencia y el interés público. 

El control del gasto público debe ser una prioridad. Sin una gestión responsable, cualquier medida será insuficiente para garantizar el crecimiento económico sostenible que el país necesita. Además, es imperativo reconstruir la institucionalidad para que las decisiones políticas reflejen los intereses de los ciudadanos y no de grupos de poder. 

Milton Friedman tenía razón: lo que importa no es la deuda per se, sino cómo y en qué se gasta el dinero público. El Perú está en un punto de inflexión, y sus líderes tienen la oportunidad de corregir el rumbo o condenar al país a un estancamiento perpetuo. 

El balance de la gestión de Dina Boluarte y sus aliados en el Congreso no deja lugar a dudas: el populismo y la demagogia han debilitado las bases de nuestra democracia. Sin embargo, también es un llamado a la reflexión y a la acción. El Perú no puede permitirse más demoras ni excusas. 

Es hora de que los líderes políticos miren más allá de sus intereses particulares y trabajen en reformas estructurales que fortalezcan la democracia, recuperen la confianza ciudadana y garanticen un futuro más justo y próspero para todos. 

Porque al final del día, la política no debería ser un juego de poder, sino un instrumento para construir un país mejor.

sábado, 21 de diciembre de 2024

Bakú: ¿El inicio del cambio real o más promesas vacías?

 Por Wens Silvestre

Mientras el planeta enfrenta temperaturas récord y fenómenos climáticos extremos, la COP29 en Bakú culminó con aplausos y titulares esperanzadores. Sin embargo, la historia nos enseña que las promesas climáticas no siempre se traducen en acciones tangibles. ¿Serán estos compromisos la base de un cambio real o se quedarán en otro ejercicio de diplomacia estéril? Ante una crisis climática que no da tregua, no hay espacio para demoras. Es hora de convertir palabras en hechos.

COP29
Entre los anuncios destacados de Bakú, los países desarrollados prometieron aumentar la financiación climática a 300.000 millones de dólares anuales para 2035. Aunque a primera vista la cifra resulta alentadora, no debemos pasar por alto que las estimaciones del Climate Policy Initiative (2024) sitúan las necesidades reales en 4.3 billones de dólares anuales. Esta brecha abismal deja en evidencia que seguimos respondiendo con soluciones parciales mientras el calentamiento global avanza implacable. Si bien estos recursos son un paso adelante, la clave será su movilización efectiva y equitativa, evitando que la burocracia y la ineficiencia diluyan su impacto. 

El Fondo de Pérdidas y Daños, una de las victorias más celebradas de la COP29, tiene el potencial de marcar un antes y un después para los países más vulnerables. Pero el éxito dependerá de su implementación. El caso del Fondo Verde para el Clima nos recuerda que los recursos prometidos pueden quedarse en el limbo si no hay gobernanza clara ni mecanismos transparentes. Más que movilizar fondos, el verdadero reto es asegurarse de que lleguen a quienes más los necesitan, como las comunidades insulares y las regiones del Amazonas, donde los efectos del cambio climático ya son devastadores.

En el ámbito de los mercados de carbono, Bakú avanzó con la regulación del comercio global de créditos, bajo el Artículo 6 del Acuerdo de París. Si bien un mercado bien estructurado podría movilizar inversiones significativas hacia proyectos sostenibles, hay un riesgo latente: el “lavado verde” o greenwashing, donde las empresas maquillan sus emisiones reales con créditos de dudosa calidad. Países como Suiza y Ghana ya han implementado acuerdos bilaterales que priorizan la integridad ambiental; este enfoque debería servir como modelo para evitar que los mercados de carbono pierdan credibilidad.

No basta con identificar las carencias de los acuerdos climáticos. Debemos reflexionar sobre cómo convertir estas promesas en acciones reales. Tres pilares resultan esenciales: transparencia, para garantizar que los recursos lleguen a su destino; rendición de cuentas, para evaluar los avances con métricas claras; y voluntad política, sin la cual cualquier compromiso será inútil. Un ejemplo claro es el caso de Dinamarca, que ha integrado los acuerdos climáticos internacionales en su legislación nacional, asegurando metas vinculantes y resultados concretos.

Estamos ante una oportunidad única. Bakú podría ser recordado como el punto de inflexión en la lucha climática, pero solo si asumimos la responsabilidad de implementar sus acuerdos con urgencia y eficacia. Esto requiere un esfuerzo colectivo que involucre a gobiernos, empresas y ciudadanos.

¿Será Bakú el inicio del cambio real o solo otro hito de buenas intenciones? Dependerá de nuestra capacidad para exigir más, actuar con rapidez y pensar a largo plazo. La crisis climática no nos permitirá fallar, y la historia no perdonará la inacción.

domingo, 8 de diciembre de 2024

La resistencia de Huanta e Iquicha en tiempos de independencia del Perú

Por Wens Silvestre

Nuestra historia, tal como la han contado los libros oficiales, presenta el proceso de independencia como una gesta patriótica protagonizada por criollos iluminados y ejércitos libertadores extranjeros. Sin embargo, esa narrativa, construida sobre los cimientos de la emancipación republicana, ha invisibilizado las complejidades de un proceso en el que diversos actores sociales participaron con motivaciones profundamente heterogéneas. Entre ellos, destaca el pueblo de Huanta y los iquichanos, cuyas acciones durante y después de la Batalla de Ayacucho de 1824 constituyen un capítulo fascinante, aunque a menudo ignorado, de nuestra historia.

En las alturas de Huanta, donde las montañas son testigos de nuestra historia, las comunidades iquichanas enfrentaron los profundos cambios que trajo la independencia con una postura singular: una resistencia activa en favor del sistema monárquico. Este hecho no debe interpretarse como simple adhesión al pasado, sino como una expresión de su agenda política y social en un momento de transformaciones vertiginosas.

Antonio Huachaca

Para los iquichanos, el orden virreinal representaba una estructura conocida que, si bien era imperfecta, ofrecía cierta estabilidad y protección frente a las élites criollas republicanas. La monarquía había permitido la supervivencia de sus formas de organización comunal y la protección de sus tierras frente a los intereses explotadores de los nuevos actores republicanos. En este contexto, figuras como Antonio Huachaca surgieron como líderes capaces de articular las demandas de estas comunidades y organizar una resistencia que, lejos de ser pasiva, se materializó en acciones militares y manifestaciones políticas.

Antonio Huachaca, en una carta dirigida al prefecto de Ayacucho, expresó con claridad su descontento frente a los abusos republicanos: "Salgan los señores militares que se hallan en ese depósito robando, forzando a mujeres casadas, doncellas, violando hasta templos, a más los mandones, como son el señor intendente, nos quiere acabar con contribuciones y tributos..." Esta declaración resume el profundo rechazo de Huachaca hacia las injusticias cometidas en nombre de la República.

El 9 de diciembre de 1824 marcó el fin formal del dominio español en Sudamérica con la capitulación de los ejércitos realistas en Ayacucho. No obstante, para los iquichanos, esta derrota no significó el fin de su lucha. Conscientes de que la república naciente no garantizaba necesariamente sus derechos y autonomías, continuaron resistiendo bajo el estandarte de la monarquía española.

Entre 1825 y 1839, los iquichanos protagonizaron una serie de levantamientos que desafiaron la autoridad republicana. Su resistencia, guiada por Huachaca, no solo fue militar, sino también ideológica: defendían un orden que percibían como menos disruptivo para sus formas de vida. Estos levantamientos, aunque finalmente sofocados, dejaron una huella indeleble en la historia local y cuestionan las narrativas simplistas sobre la independencia como un proceso de liberación homogéneo y universalmente deseado.

Nuestra historia no es sencilla. La resistencia de Huanta e Iquicha también invita a reflexionar sobre el mestizaje profundo que caracteriza a la sociedad peruana. No somos solo descendientes de los pueblos andinos; somos el resultado de siglos de interacción con la cultura española, con su religión, sus leyes, sus costumbres y las nuevas ideas republicanas que se entrelazaban en el siglo XIX.

La historia oficial ha tendido a polarizar el relato de la independencia: patriotas versus realistas, libertad versus opresión. Pero, los iquichanos nos refrescan que la realidad fue mucho más matizada. Su lucha no era contra la libertad, sino contra un cambio que percibían como amenaza a su estabilidad y autonomía. Eran mestizos, no solo en el sentido biológico, sino también cultural y político: sus identidades eran el producto de siglos de interacciones y adaptaciones bajo el sistema hispánico.

La "Fiel e Invicta Villa de Huanta"

El reconocimiento otorgado por la Corona española a Huanta como la "Fiel e Invicta Villa de Huanta" (1821) es un testimonio del rol que desempeñó esta región en la defensa del orden monárquico. Este honor, único en el contexto peruano, también resalta cómo las comunidades andinas tenían un papel activo en la política imperial, lejos de ser simples objetos pasivos de dominación.

Hoy, rescatar esta memoria es fundamental no solo para reivindicar la diversidad de experiencias en la independencia, sino también para reflexionar sobre las desigualdades y exclusiones que persistieron tras el cambio republicano y que, en muchos sentidos, todavía continúan vigentes. Reconocer la complejidad del mestizaje no solo implica aceptar nuestras raíces indígenas y europeas, sino también entender las luchas y aspiraciones de quienes vivieron en ese espacio intermedio.

El rol de Huanta e Iquicha en el proceso de independencia del Perú nos reta a revisar y enriquecer nuestra comprensión del pasado. Estas comunidades no fueron meros espectadores ni actores secundarios, sino protagonistas con sus propias agendas y visiones del futuro. En lugar de encasillarlos en dicotomías estériles, debemos reconocer su papel como parte integral del tejido histórico que nos define como peruanos.

El mestizaje profundo que caracteriza a nuestra sociedad es también un mestizaje de historias y memorias. Solo al integrar estas perspectivas podemos construir una narrativa más justa, que celebre nuestra diversidad y nos inspire a enfrentar las desigualdades que aún persisten. En el caso de los iquichanos, su resistencia no solo pertenece al pasado: es un apunte vivo de la complejidad de nuestra identidad nacional y de la necesidad de abrazar todas sus facetas, sin prejuicios ni simplificaciones.

domingo, 1 de diciembre de 2024

La informalidad minera y un Estado bajo presión

La reciente decisión del Congreso de la República de aprobar el texto sustitutorio del Proyecto de Ley sobre la  pequeña minería y minería artesanal, ampliando nuevamente el plazo del Registro Integral de Formalización  Minera (REINFO), representa un claro retroceso en la lucha contra la informalidad y la ilegalidad en el sector minero. En un país donde la informalidad laboral alcanza el 70% de la población económicamente activa (INEI, 2023) y el sector minero informal genera ingresos estimados en más de 10,400 millones de dólares en los últimos 12 años  (Unidad de Inteligencia Financiera, 2024), esta decisión no solo perpetúa la informalidad y un sistema ineficaz, sino que también socava los principios del Estado de derecho y el desarrollo sostenible. 

El REINFO, creado en 2016 como una herramienta para formalizar la minería artesanal e informal, ha sido un fracaso rotundo. Al 1 de diciembre de 2024, según el portal oficial del REINFO, se registran 84,423 inscritos, de los cuales 66,642 (79%) están suspendidos debido al incumplimiento de los requisitos establecidos para la formalización. En contraste, solo 17,781 inscritos mantienen su registro vigente. Cabe destacar que, según fuentes oficiales, únicamente el 2.4% del total de inscritos ha logrado completar el proceso de formalización. Estos números no solo evidencian la ineficacia del programa, sino que también reflejan una cultura de informalidad profundamente arraigada, donde las prórrogas constantes alimentan la expectativa de que la formalización no es un compromiso real, sino una meta que puede posponerse indefinidamente.

En lugar de cerrar un capítulo fallido, el Congreso decidió extender el plazo del REINFO hasta junio de 2025, con posibilidad de seis meses adicionales. Esta decisión es sintomática de un sistema político que prioriza intereses inmediatos y particulares sobre soluciones estructurales y sostenibles.

La aprobación de este texto sustitutorio se dio en un clima de intensa presión social, marcado por dos semanas de protestas de mineros informales y, posiblemente, ilegales que se manifestaron frente al Parlamento. En un contexto donde el Congreso tiene una aprobación inferior al 6% y el Poder Ejecutivo no supera ese umbral, las decisiones políticas se ven constantemente influenciadas por grupos de presión. Estas concesiones no solo deterioran aún más la legitimidad institucional, sino que también envían un mensaje peligroso: que los intereses particulares pueden prevalecer sobre el bienestar general.

La minería informal e ilegal en el Perú no es solo un problema de evasión fiscal o desorden administrativo. Este sector está profundamente vinculado a actividades ilícitas como el narcotráfico, la trata de personas y el trabajo infantil. Además, genera impactos ambientales devastadores, como la deforestación y la contaminación por mercurio y cianuro, afectando tanto los ecosistemas como la salud de las comunidades locales.

El costo social de perpetuar la informalidad minera es altísimo. Por cada prórroga que otorga el Estado, se amplía el margen para la extracción irresponsable de recursos y el debilitamiento de las comunidades afectadas. Los incentivos para formalizarse desaparecen y los beneficios de la minería sostenible se ven cada vez más lejanos, perpetuando un sistema de impunidad.

El fracaso del REINFO y la cultura de prórrogas indefinidas son síntomas de problemas estructurales más profundos. Resolverlos requiere un enfoque integral que combine incentivos claros, sanciones severas y un marco normativo definitivo que elimine la incertidumbre. Las siguientes acciones son fundamentales:

1. Cierre definitivo del REINFO. El Estado debe establecer un plazo improrrogable para la formalización, eliminando cualquier expectativa de nuevas extensiones.

2. Fortalecimiento institucional. El Ministerio de Energía y Minas y las Direcciones Regionales de Energía y Minas, deben recibir recursos suficientes para supervisar, fiscalizar y coordinar el proceso de formalización.

3. Educación y sensibilización. Cambiar la percepción de que la informalidad es aceptable requiere un esfuerzo sostenido en educación y sensibilización.

4. Participación ciudadana. Incorporar a las comunidades locales en el monitoreo de las actividades mineras puede garantizar mayor transparencia y legitimidad.

5. Incentivos para la formalización. Los mineros que cumplan con estándares legales y ambientales deben recibir beneficios concretos, como acceso preferencial a mercados formales y financiamiento para mejoras tecnológicas.

Reflexión final

El filósofo alemán Immanuel Kant afirmó que “la libertad de uno termina donde comienza la del otro”. En el Perú, la minería informal e ilegal ha traspasado todos los límites, dañando no solo el medio ambiente, sino afectando los derechos de las comunidades locales y los principios básicos de justicia, equidad y sostenibilidad.

La decisión de una mayoría del Congreso de perpetuar un sistema ineficaz como el REINFO no solo pone en riesgo los recursos naturales y la estabilidad social del país, sino que también compromete su desarrollo como una nación moderna y sostenible.

Es urgente que las decisiones políticas reflejen un compromiso con el bien común, priorizando soluciones integrales y sostenibles sobre los intereses particulares. Solo así será posible construir un futuro donde la minería sea un motor de progreso y no de destrucción.

jueves, 14 de noviembre de 2024

APEC Perú 2024: "Empoderar, Incluir, Crecer"

 Por Wens Silvestre, economista

La cumbre APEC Perú 2024, reúne a las economías más dinámicas del mundo en un momento decisivo. Este año, la participación de los líderes de las dos potencias más influyentes del mundo, Estados Unidos y China, subraya la importancia de la cooperación multilateral en un contexto de creciente rivalidad geopolítica y complejidad económica. La capacidad de APEC para reducir barreras comerciales, fomentar la digitalización y la innovación, y promover un crecimiento inclusivo hace de este evento una plataforma única para forjar acuerdos y estrategias que impulsarán la estabilidad y el desarrollo en la región Asia-Pacífico.

El Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) no solo representa el 38% de la población mundial, sino que agrupa a economías que generan alrededor del 62% del PIB global, lo que resalta su relevancia en el sistema económico mundial (INEI, 2024). Durante los últimos 30 años, APEC ha sido un catalizador clave en la reducción de aranceles comerciales en sus 21 economías, pasando de un promedio de 17% en 1989 a menos del 5% en la actualidad (Fondo Monetario Internacional [FMI], 2024). Esta apertura comercial ha favorecido el crecimiento económico sostenido en economías como China y Estados Unidos, así como en países en desarrollo como Perú, que ha incrementado significativamente su comercio intra-APEC. En 2023, Perú registró exportaciones hacia China por un valor de 23,156 millones de USD, consolidándose como uno de sus principales socios comerciales (INEI, 2024). 

Uno de los elementos destacados de la agenda de APEC 2024 es la digitalización y la innovación. La “Visión Putrajaya 2020-2040” establece la transformación digital como un pilar fundamental para garantizar la competitividad de sus economías (APEC, 2020). La presencia de líderes como Xi Jinping y Joe Biden, en Lima, crea una oportunidad para promover acuerdos sobre estándares de ciberseguridad, comercio digital y desarrollo de tecnología limpia. La colaboración en estas áreas será fundamental para que las economías de APEC, incluidas las menos desarrolladas, puedan avanzar hacia una economía digital inclusiva y sostenible.

APEC Perú 2024, bajo el lema “Empoderar, Incluir, Crecer”, representa una oportunidad significativa para nuestro país, que en 2023 experimentó una contracción económica del 0.6%, debido a factores internos y externos (INEI, 2024). Al asumir el rol de anfitrión, Perú puede liderar iniciativas que promuevan la inclusión, el empoderamiento de las poblaciones vulnerables, la sostenibilidad en el comercio, así como la inversión en infraestructura verde y la modernización digital, sectores que pueden marcar una recuperación económica sólida y resiliente para la economía peruana, especialmente para las regiones menos favorecidas del país.

El enfoque en la inclusión económica es otro aspecto esencial para Perú. En un contexto de desigualdades estructurales, APEC brinda la plataforma para que Perú impulse reformas que promuevan la inclusión social y económica, fortaleciendo su infraestructura educativa y tecnológica para reducir brechas de desarrollo regionales y urbanas. Este enfoque podría ser un modelo para otras economías emergentes en APEC.

La participación de Estados Unidos y China en la cumbre de Lima simboliza tanto una competencia como una colaboración estratégica. En el contexto de rivalidad tecnológica, ambas potencias tienen un interés común en la estabilidad de la región Asia-Pacífico, y APEC representa una plataforma crítica para negociar intereses divergentes y promover áreas de cooperación, como el cambio climático y la seguridad alimentaria.

China, con un PIB de 19.4 billones de USD y una tasa de crecimiento del 5.3% en 2023, sigue siendo un líder en comercio dentro de APEC (FMI, 2024). Al mismo tiempo, Estados Unidos, con un PIB de 25.4 billones de USD y un crecimiento del 2.9%, sigue siendo el mercado más grande para muchas economías de la región (INEI, 2024). Este equilibrio de poder dentro de APEC crea un contexto donde el diálogo y la colaboración son no solo beneficiosos, sino necesarios para mantener la estabilidad económica regional.

Para que APEC mantenga su papel como motor de crecimiento, sus miembros deben sincerar sus compromisos con la misión del foro, que incluye la promoción de un comercio libre y justo, la integración económica y el crecimiento inclusivo. La cooperación en temas como sostenibilidad y digitalización es esencial para que APEC logre su “Visión 2040” de una comunidad Asia-Pacífico resiliente, dinámica y pacífica (APEC, 2020). Este enfoque beneficiaría especialmente a países como Perú, que busca diversificar su economía y fortalecer su infraestructura.

APEC 2024 ofrece un espacio excepcional para que las economías de Asia-Pacífico redefinan su papel en el sistema económico global y fortalezcan su resiliencia frente a los desafíos futuros. La presencia de líderes mundiales como Xi Jinping y Joe Biden en Lima no solo subraya la importancia de APEC como un espacio de diálogo y cooperación, sino también la necesidad de un compromiso renovado para cumplir con los objetivos de inclusión, digitalización y sostenibilidad. Para países en desarrollo como Perú, APEC representa una oportunidad sin precedentes para integrarse en una economía global en rápida transformación y mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos mediante políticas inclusivas y sostenibles.

domingo, 3 de noviembre de 2024

La responsabilidad como pilar de una sociedad sana y próspera

Por Wens Silvestre

En el complejo entramado de las democracias modernas, la responsabilidad de los líderes y representantes estatales no es simplemente un principio ético o un adorno de la retórica política; es, en esencia, la piedra angular sobre la que se construye y sostiene la confianza en las instituciones. La evasión de responsabilidades, tan arraigada en la práctica política global y especialmente visible en contextos como el peruano, no solo socava la legitimidad de los gobiernos, sino que también mina las posibilidades de desarrollo sostenible y bienestar de la población.

Desde un punto de vista científico, la responsabilidad es un comportamiento social y psicológico que implica un proceso de reconocimiento de las
propias acciones, decisiones y omisiones. Este concepto, ampliamente estudiado en el campo de la psicología social, se asocia con la madurez moral y la integridad personal. Un estudio de Bandura (1977) sobre la teoría del aprendizaje social ya apuntaba que la percepción de responsabilidad individual y colectiva es clave para la regulación del comportamiento humano. En términos económicos y sociales, esta percepción influye en la cohesión y cooperación comunitaria, elementos esenciales para el desarrollo de políticas efectivas y sostenibles.

El costo de la evasión de responsabilidades es alto y se manifiesta en múltiples dimensiones. En el ámbito económico, la falta de asunción de errores por parte de líderes y funcionarios repercute en una gestión ineficaz de los recursos públicos y en la pérdida de oportunidades de inversión y crecimiento. El Foro Económico Mundial ha señalado repetidamente que los países con altos niveles de corrupción y opacidad institucional enfrentan barreras significativas para atraer inversión extranjera y desarrollar un entorno empresarial competitivo.

Socialmente, la evasión constante de responsabilidades por parte de los actores políticos fomenta un ciclo de desconfianza y desafección ciudadana. La encuesta del Latinobarómetro de los últimos años ha mostrado que la confianza en las instituciones políticas de América Latina, y particularmente en Perú, es una de las más bajas a nivel mundial. Esta falta de confianza tiene un impacto directo en la estabilidad política y en la capacidad de los gobiernos para implementar políticas que favorezcan el bienestar social.

La democracia se fortalece o se debilita a partir de la percepción de legitimidad y responsabilidad de sus representantes. La teoría política de John Locke y las ideas modernas de teóricos como Daron Acemoglu y James A. Robinson, quienes han analizado las causas de la desigualdad y el fracaso de las naciones, refuerzan la importancia de la rendición de cuentas. Cuando los líderes no asumen responsabilidades, se establece un precedente peligroso que alienta la corrupción y perpetúa la desigualdad, privando a la población de los beneficios de un gobierno equitativo y justo.

Para restaurar la confianza en las instituciones, no basta con reformas superficiales; es necesario un cambio cultural y estructural que promueva la transparencia y la rendición de cuentas como principios fundamentales. Un estudio de Transparency International demuestra que los países que han logrado avances significativos en la lucha contra la corrupción y en la mejora de la gobernanza son aquellos donde la responsabilidad es un valor compartido, no solo entre líderes, sino en toda la sociedad.

Implementar políticas que incentiven la transparencia, fortalecer los mecanismos de supervisión y control, y educar a la población en valores cívicos son pasos necesarios para crear un entorno en el que la responsabilidad sea la norma, no la excepción. Este tipo de transformaciones no solo mejoran la percepción de las instituciones, sino que tienen un impacto directo en la eficacia de las políticas públicas y en el bienestar general de la sociedad.

La asunción de responsabilidades debe ser vista como una inversión a largo plazo en la estabilidad y prosperidad de una nación. No es un simple gesto de humildad política, sino un acto de liderazgo que tiene el potencial de restaurar la confianza pública y cimentar un camino hacia un desarrollo inclusivo y sostenible. En un mundo que enfrenta desafíos cada vez más complejos, desde crisis económicas hasta el cambio climático, solo una sociedad que valore la responsabilidad como un principio rector podrá superar estos retos y avanzar hacia un futuro más justo y próspero.

La confianza en las instituciones, una vez quebrantada, es difícil de recuperar, pero no es imposible. La clave está en entender que la responsabilidad no es solo una carga; es el fundamento sobre el cual se construyen las soluciones que pueden transformar vidas y comunidades, y en última instancia, asegurar un bienestar compartido que trascienda generaciones.

lunes, 14 de octubre de 2024

Las instituciones son la clave para la prosperidad de las naciones

 Por Wens Silvestre, economista

La reciente entrega del Premio Nobel de Economía a Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson marca un hito en la comprensión de la prosperidad y el desarrollo económico de las naciones. Su investigación exhaustiva sobre el papel de las instituciones políticas y económicas ha cambiado la forma en que entendemos las raíces de la desigualdad global, demostrando que el éxito económico sostenible no es una cuestión de geografía o cultura, sino de la calidad de las instituciones que configuran nuestras sociedades (Acemoglu, Johnson & Robinson, 2001).

Los galardonados destacan la distinción entre instituciones “inclusivas” y “extractivas”. Las instituciones inclusivas, que respetan el estado de derecho y protegen los derechos de propiedad y la libertad económica, impulsan la innovación y el crecimiento. En contraste, las instituciones extractivas, aquellas diseñadas para concentrar el poder y la riqueza en manos de unos pocos, condenan a las sociedades al estancamiento y la pobreza. Esta diferencia es esencial para comprender el abismo de prosperidad entre países, ya que las instituciones inclusivas tienden a fomentar la participación y el progreso a largo plazo, mientras que las extractivas perpetúan la desigualdad y la dependencia (Acemoglu & Robinson, 2012).

 Acemoglu y sus colegas han utilizado la historia como “laboratorio” para estudiar cómo diferentes trayectorias institucionales han afectado el desarrollo de las naciones. Uno de sus estudios más influyentes demostró que las antiguas colonias europeas con climas favorables y recursos ricos —donde los colonizadores establecieron instituciones extractivas— hoy en día sufren de economías rezagadas, mientras que las regiones menos atractivas para la explotación colonial, como América del Norte, desarrollaron estructuras inclusivas que fomentaron la prosperidad (Acemoglu, Johnson & Robinson, 2002).

Este análisis tiene profundas implicaciones. Nos demuestra que el subdesarrollo y la pobreza no son accidentes de la historia ni fatalidades geográficas, sino el resultado de decisiones políticas e institucionales que, en muchos casos, datan de siglos atrás. Según el presidente del Comité Nobel, Jakob Svensson, esta investigación “nos brinda una comprensión mucho más profunda de por qué algunos países fracasan mientras otros prosperan” (Dizikes, 2024).

La contribución de Acemoglu y sus colegas también resalta que la innovación es un motor esencial del crecimiento económico, pero solo florece en sociedades que promueven derechos inclusivos y un marco seguro de derechos de propiedad. Esto permite que los individuos tomen riesgos y se dediquen a actividades creativas sin temor a la expropiación. Las élites extractivas, sin embargo, suelen resistirse al cambio y a la innovación para mantener el control, lo que limita el desarrollo a largo plazo (Acemoglu & Johnson, 2023). Este hallazgo tiene resonancia en las economías modernas, en las que el avance tecnológico y la innovación son la base de la competitividad global.

Hoy en día, la relevancia de esta investigación es incuestionable. En varios países, tanto desarrollados como en desarrollo, vemos una creciente tendencia a cuestionar el estado de derecho y a permitir que líderes demagógicos erosionen las instituciones democráticas. Tal como señalaron Acemoglu y Robinson en su libro The Narrow Corridor, el avance de la libertad política no es un proceso automático ni uniforme; es el resultado de la movilización social y la defensa constante de los derechos individuales (Acemoglu & Robinson, 2019).

En economías avanzadas, como Estados Unidos y algunas democracias europeas, las instituciones inclusivas están siendo desafiadas. El riesgo es que la creciente apatía hacia la democracia y el debilitamiento del estado de derecho socaven la prosperidad económica, replicando los efectos devastadores de las instituciones extractivas. Acemoglu y sus colegas han advertido sobre este círculo vicioso: cuando los ciudadanos pierden la confianza en sus instituciones, disminuyen los incentivos para la innovación y la inversión, lo que lleva al estancamiento y, en última instancia, al empoderamiento de líderes autoritarios (Dizikes, 2024).

La lección fundamental que deja la obra de Acemoglu, Johnson y Robinson es que el desarrollo económico no depende solo de políticas aisladas ni de reformas económicas específicas, sino de una infraestructura institucional sólida y confiable. Sin instituciones inclusivas, el crecimiento económico es vulnerable a la corrupción, la concentración del poder y el estancamiento. La historia ha demostrado que la prosperidad a largo plazo requiere algo más que estabilidad económica: requiere libertad política, justicia, y una sociedad comprometida con la preservación de sus instituciones democráticas.

El Nobel de Economía 2024 no solo celebra un gran avance académico, sino también un llamado a la acción. Como señaló Simon Johnson, “la historia importa”. Y mientras no defendamos nuestras instituciones, estamos en riesgo de perder las bases mismas de nuestra prosperidad (Dizikes, 2024).

Referencias

- Acemoglu, D., Johnson, S., & Robinson, J. A. (2001). The colonial origins of comparative development: An empirical investigation. American Economic Review, 91(5), 1369-1401.

- Acemoglu, D., Johnson, S., & Robinson, J. A. (2002). Reversal of Fortune: Geography and Institutions in the Making of the Modern World Income Distribution. The Quarterly Journal of Economics, 117(4), 1231-1294.

- Acemoglu, D., & Robinson, J. A. (2012). Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity, and Poverty. Crown Business.

- Acemoglu, D., & Johnson, S. (2023). Power and Progress: Our 1,000-Year Struggle over Technology and Prosperity. Crown Publishing.

- Acemoglu, D., & Robinson, J. A. (2019). The Narrow Corridor: States, Societies, and the Fate of Liberty. Penguin Press.

- Dizikes, P. (2024). MIT economists Daron Acemoglu and Simon Johnson share Nobel Prize. MIT News.

domingo, 13 de octubre de 2024

Crisis de gobernabilidad y el clamor de la ciudadanía

 Por Wens Silvestre

La última encuesta de Datum deja poco margen a la interpretación: la confianza de la ciudadanía en el Estado peruano, especialmente en el Congreso (9%) y la presidenta Dina Boluarte (5%), está en uno de sus puntos más bajos. En medio de una crisis de legitimidad de las instituciones, surgen movimientos sociales como el paro nacional de transportistas, un reflejo de un país que clama por ser escuchado.

Esta movilización, que inicialmente buscaba la derogación de la Ley de Crimen Organizado y el archivamiento de la Ley de Terrorismo Urbano, fue más allá de la problemática sectorial del transporte. Julio Campos, vicepresidente de la Alianza Nacional de Transportistas, ha anunciado que el próximo paro nacional –aún por definirse, pero posiblemente entre el 22 y el 24 de octubre– contará con una participación aún más amplia, involucrando a sectores como bodegueros, panaderos, pesqueros, universitarios, y choferes, entre otros. La situación es tan crítica que se ha creado una Coordinadora Nacional de Lucha, con el objetivo de consolidar una voz unificada y contundente frente al Congreso.

Popularidad de presidenta de la República

Los reclamos de los transportistas no son aislados; representan el sentir generalizado de un país donde la inseguridad, la crisis económica y la falta de atención estatal parecen haberse vuelto la norma. La decisión de suspender temporalmente el paro tras la promesa de diálogo con el Legislativo no logró sofocar el malestar. Los dirigentes pronto descubrieron, en palabras de Campos, que “no iban a derogar la Ley 32108”, y que los congresistas no estaban dispuestos a ceder. El fracaso del diálogo solo ha exacerbado la percepción de indiferencia del Congreso y ha fortalecido la determinación de los gremios de llevar a cabo un paro aún más masivo.

En este contexto, la encuesta de Datum expone una profunda crisis de confianza en las instituciones. La población percibe al Congreso y al Ejecutivo no solo como ineficientes, sino como desinteresados en atender sus necesidades. Esta desconfianza no solo mina la gobernabilidad, sino que abre la puerta a escenarios de inestabilidad que podrían ser aprovechados por sectores autoritarios o radicales.

Escenarios posibles

1. Si el Congreso y el Ejecutivo mantienen su postura actual de indiferencia y falta de respuesta concreta a las demandas ciudadanas, el país podría enfrentar un aumento en la conflictividad social. No solo transportistas, sino otros gremios podrían sumarse a movilizaciones, desencadenando paros nacionales de 48 o 72 horas, como lo advierte Campos. Este escenario elevaría el descontento ciudadano y podría derivar en actos de violencia, bloqueos de carreteras y enfrentamientos con las fuerzas del orden.

2. En un intento de evitar un paro de gran escala, el Legislativo podría optar por realizar concesiones parciales, como el inicio de mesas de diálogo sectoriales o la revisión de ciertos puntos de la legislación en cuestión. Sin embargo, si estas concesiones se perciben como insuficientes o como simples gestos políticos, los gremios podrían interpretarlas como una falta de compromiso real, lo que solo pospondría la conflictividad y fortalecería su organización para futuras movilizaciones.

3. Reforma institucional y reestructuración de la relación Estado-sociedad, este sería el escenario menos probable, pero el único capaz de resolver de raíz la crisis. Requeriría que el Congreso y el Ejecutivo reconozcan la gravedad de la situación y emprendan una agenda de reformas que aborde problemas estructurales como la corrupción, la inseguridad y la desconexión con las necesidades ciudadanas. Esto implicaría revisar legislaciones que han generado rechazo, y promover un Estado más eficiente y transparente. Este tipo de reestructuración es demandante, y podría encontrar oposición dentro de los propios poderes del Estado; sin embargo, es la única alternativa para evitar el colapso de la institucionalidad.

Nuestro país se encuentra en un dilema. Las próximas semanas serán decisivas, no solo para los transportistas y demás gremios que evalúan sumarse al paro, sino para el futuro de la democracia en el país. El anuncio de un nuevo paro nacional y la consolidación de la Coordinadora Nacional de Lucha revelan el apremio de los reclamos y el hartazgo de la ciudadanía. La demanda es clara: un cambio que solo puede surgir desde la esfera política, mediante una voluntad genuina de reformar y responder a las necesidades del pueblo peruano.

Mientras tanto, la ciudadanía observa con escepticismo y esperanza, esperando que sus representantes en el Congreso y el Ejecutivo comprendan que la indiferencia no es una opción. Nuestra democracia necesita instituciones fuertes y comprometidas, capaces de restaurar la confianza en un Estado que hoy parece haber olvidado su principal deber: servir al pueblo.

Fuente gráfico: Datum 


sábado, 5 de octubre de 2024

¿Es urgente modernizar el Sistema de Defensa Nacional para la Fuerza Aérea del Perú?

 Por Wens Silvestre

La reciente confirmación del gobierno peruano sobre la compra de 24 aviones de combate por un total de 3.500 millones de dólares ha reavivado el debate sobre la necesidad y pertinencia de modernizar el sistema de defensa nacional, particularmente la Fuerza Aérea del Perú (FAP). A pesar de las críticas iniciales por el elevado costo de esta adquisición, es imperativo entender que esta decisión no solo responde a una necesidad estratégica interna, sino también a las cambiantes dinámicas geopolíticas y de seguridad globales que afectan directamente a Perú.

El escenario global ha evolucionado de manera rápida y desafiante en los últimos años. La competencia entre las grandes potencias —Estados Unidos, China y Rusia— ha escalado, aumentando las tensiones en diversas regiones del mundo, incluyendo América Latina. Además, la proliferación de tecnologías militares avanzadas, como los drones armados y las armas hipersónicas, está redefiniendo la forma en que los países proyectan poder y aseguran su defensa. 

KF 21, F16, Rafale
En este contexto, los países que no modernicen sus fuerzas armadas corren el riesgo de quedarse atrás y quedar vulnerables frente a amenazas emergentes. Para Perú, la necesidad de una modernización de su Fuerza Aérea no es solo un lujo, sino una necesidad estratégica para garantizar la defensa de la soberanía nacional y la protección de sus vastos recursos naturales, especialmente en áreas críticas como la Amazonía y las zonas marítimas del Pacífico.

La Fuerza Aérea del Perú ha operado, desde la década de 1990, con una flota de aviones de combate que, si bien en su momento fueron avanzados, hoy han quedado obsoletos frente a las demandas actuales. Aviones como los MiG-29 y los SU-25 adquiridos durante el gobierno de Alberto Fujimori, o los Mirage 2000 que datan de los años 80, ya no ofrecen las capacidades tecnológicas necesarias para enfrentar amenazas modernas. La antigüedad de estos equipos y las dificultades en el acceso a repuestos y mantenimiento adecuado han reducido significativamente la capacidad operativa de la FAP.

La adquisición de nuevos aviones de combate es, por lo tanto, una medida urgente y estratégica. Entre las opciones que el gobierno peruano está considerando se encuentran modelos avanzados como el Rafale francés, el F-16 Block 70 de Estados Unidos, y el KF-21 Boramae surcoreano. Estos aviones no solo representan una mejora significativa en términos de capacidad de combate, sino que también son multirrol, es decir, pueden realizar una variedad de misiones, desde defensa aérea hasta ataques aire-tierra y vigilancia estratégica.

El ministro de Defensa, Walter Astudillo, subrayó durante el anuncio de la compra que “la seguridad y el desarrollo son variables interdependientes”. Esta afirmación es clave para entender por qué la modernización de las Fuerzas Armadas, y en particular de la FAP, es esencial para el desarrollo de Perú. En un país como el nuestro, donde las amenazas internas como el narcotráfico, la minería ilegal y la deforestación en la Amazonía son persistentes, la capacidad de control aéreo y vigilancia es fundamental.

La adquisición de estos nuevos aviones permitirá a la FAP monitorear vastas áreas del territorio, desde las fronteras en los Andes hasta el control del VRAEM y la Amazonía, áreas donde operan grupos armados y redes criminales. Además, la incorporación de tecnología de punta en los sistemas de combate aéreo permitirá al país responder rápidamente a amenazas externas o internas y, en última instancia, proteger la seguridad de los ciudadanos.

El debate sobre los costos

Uno de los principales puntos de crítica hacia la compra de los aviones es el costo significativo que representa: 3.500 millones de dólares, con un financiamiento escalonado de 2.000 millones en 2025 y 1.500 millones en 2026. Sin embargo, es fundamental entender que este gasto no es un despilfarro, sino una inversión en la seguridad y estabilidad a largo plazo del país. Las críticas que cuestionan esta compra a menudo pasan por alto que, sin una defensa adecuada, el desarrollo económico y social se ve constantemente amenazado.

Algunos sectores políticos sostienen que Perú enfrenta necesidades más urgentes, como la seguridad interna, la pobreza y la mejora de los servicios públicos que deberían priorizarse sobre la compra de aviones. Si bien estas preocupaciones son legítimas, reducir el debate a una elección binaria entre defensa nacional y necesidades sociales es un error. La defensa aérea no es un gasto aislado o lujoso, sino una parte fundamental para garantizar la seguridad integral del país, proteger la soberanía y facilitar la vigilancia y control territorial en regiones donde el Estado enfrenta desafíos, como el VRAEM. Además, una fuerza aérea modernizada también es clave para responder eficazmente a desastres naturales, interdicción contra el narcotráfico y otras emergencias. Descartar la inversión en defensa podría dejar al Perú vulnerable frente a actores externos e internos que podrían aprovechar la debilidad estratégica, lo que a largo plazo resultaría en costos más altos para el Estado en términos de seguridad, estabilidad y desarrollo económico.

El costo de no modernizar nuestras Fuerzas Armadas es, en última instancia, mucho mayor que el precio de estos aviones. El riesgo de una vulnerabilidad prolongada frente a las amenazas internas y externas puede tener consecuencias devastadoras para el país. Además, el esquema de financiamiento a través de endeudamiento interno ha sido diseñado para minimizar el impacto fiscal inmediato, permitiendo que la compra se realice sin comprometer otros sectores prioritarios como la salud y la educación.

¿Qué avión deberíamos elegir?

La selección del tipo de avión a adquirir es un tema fundamental que debe basarse en varios factores, entre ellos la capacidad multirrol, el costo operativo a largo plazo y la transferencia de tecnología. Entre los candidatos, el F-16 Block 70 se presenta como una opción robusta, con un historial probado y costos operativos relativamente bajos. Además, este modelo tiene una sólida cadena de suministro y un amplio soporte logístico en la región, lo que garantizaría su sostenibilidad a largo plazo.

El Rafale francés, aunque avanzado, presenta un costo operativo más alto y una cadena de suministro más limitada en América Latina, lo que podría dificultar su mantenimiento en el futuro. Por otro lado, el KF-21 Boramae de Corea del Sur es una opción prometedora, pero aún en desarrollo, lo que implica ciertos riesgos tecnológicos y logísticos.

Finalmente, la decisión no debe tomarse únicamente en términos técnicos, sino también en función de las relaciones diplomáticas y geopolíticas. Un acuerdo con Estados Unidos o Francia podría fortalecer los lazos con Occidente, mientras que un acuerdo con Corea del Sur ofrecería oportunidades de transferencia tecnológica y desarrollo conjunto, lo que podría ser beneficioso para la industria nacional de defensa.

En síntesis, la modernización de la Fuerza Aérea del Perú es una necesidad estratégica urgente que no puede postergarse. En un mundo donde las amenazas se vuelven más complejas y el entorno geopolítico cambia rápidamente, contar con una fuerza aérea moderna y eficiente es esencial para garantizar la seguridad nacional y promover el desarrollo interno. Si bien el costo de la adquisición es alto, los beneficios en términos de estabilidad, seguridad y soberanía son incalculables. Perú debe mirar al futuro con determinación, asegurándose de que sus Fuerzas Armadas estén preparadas para los desafíos que vendrán, tanto internos como externos.

jueves, 26 de septiembre de 2024

El fuego que no podemos apagar: Incendios forestales y la inacción frente al cambio climático

 
Por Wens Silvestre

En las últimas semanas, la Amazonía peruana y otras regiones han sido devastadas por incendios forestales que avanzan sin control. A pesar de las constantes advertencias y del llamado urgente de las autoridades locales para declarar el estado de emergencia, la respuesta gubernamental ha sido tardía y, hasta cierto punto, insuficiente. Inicialmente, solo San Martín, Ucayali y Amazonas fueron declaradas en emergencia, pero ahora se han sumado tres regiones más: Lambayeque, Huánuco y Cajamarca. Sin embargo, esto deja fuera a otras regiones también afectadas por incendios, lo que refleja la desarticulación y fragmentación en la respuesta estatal frente a esta crisis ambiental.

No es la primera vez que el Perú enfrenta esta devastación por incendios forestales, pero lo que sorprende es la escala y frecuencia de los eventos. Según el Instituto Nacional de Defensa Civil (Indeci), al 21 de setiembre registraron 361 incendios forestales, de los cuales, 291 fueron extinguidos, 24 controlados, y aun se registraban 46 son focos activos. Además, se perdieron 20 vidas humanas. Mientras las lluvias en algunas regiones han contribuido a sofocar las llamas, como en San Martín, la situación en otras zonas sigue siendo crítica.

El cambio climático ha intensificado estos incendios, aumentando las temperaturas, reduciendo las precipitaciones y generando condiciones propicias para que el fuego se propague. Los incendios no solo destruyen flora y fauna, sino que también emiten grandes cantidades de dióxido de carbono, exacerbando aún más la crisis climática. De acuerdo con cifras preliminares recientes proporcionada por Indeci, en lo que va del año, más de 7.5 mil hectáreas de cobertura natural han sido destruidas por incendios forestales, está cifra probablemente sea ínfimo cuando se exponga el balance final.

Aun así, en el discurso del primer ministro Gustavo Adrianzén, se refleja una falta de urgencia. Mientras las regiones afectadas claman por una respuesta inmediata, el Ejecutivo se ha mostrado reticente a declarar un estado de emergencia nacional, argumentando que la situación "aún no justifica" tal medida. Esta posición ignora la magnitud del desastre, subestima el impacto en las comunidades afectadas y pone de manifiesto la desconexión entre las autoridades y la realidad sobre el terreno.

Si bien el gobierno ha presentado un proyecto de ley que endurece las sanciones para quienes provocan incendios forestales, proponiendo penas de hasta 10 años de cárcel, esto por sí solo no resolverá el problema. Las sanciones deben ir acompañadas de medidas preventivas efectivas, como la creación de brigadas regionales especializadas para la detección temprana y control de incendios, además de fortalecer la capacidad de las comunidades locales para responder a estas emergencias.

Las autoridades también deben prestar atención a las causas estructurales que subyacen a estos incendios, muchas veces vinculadas a prácticas agrícolas tradicionales y a la expansión ilegal de la frontera agrícola. El endurecimiento de las penas no resolverá los problemas si no se acompaña de un enfoque integral que incluya la restauración ecológica de las áreas dañadas y la implementación de políticas públicas que promuevan un desarrollo sostenible y respetuoso con el medio ambiente.

Lo que estos incendios ponen de manifiesto es algo más profundo: la vulnerabilidad del Perú frente al cambio climático y la falta de preparación adecuada para enfrentarlo. A pesar de contar con leyes como la Ley 32106, Ley de Declaratoria de Emergencia Ambiental, su reglamento aún no ha sido aprobado y el marco legal sigue siendo inaplicable en muchos casos. Esta inacción normativa dificulta la implementación de acciones coordinadas y efectivas que podrían mitigar el impacto de desastres ambientales de esta magnitud.

Además, la falta de equipamiento adecuado y de una estrategia integral de restauración ambiental solo agrava la situación. La recuperación de las zonas afectadas debe ser una prioridad para evitar que los efectos de estos incendios se prolonguen a largo plazo, afectando la biodiversidad, la calidad del aire y el sustento de las comunidades locales.

La devastación en la Amazonía peruana no solo es un problema local, sino que tiene implicaciones globales. La Amazonía es uno de los pulmones del mundo y su destrucción impacta a todos. La comunidad internacional debe apoyar a Perú en esta emergencia, no solo con asistencia técnica y financiera, sino también presionando para que se implementen políticas más robustas para enfrentar los incendios forestales y mitigar los efectos del cambio climático.

Los incendios forestales en Perú han desatado una crisis ambiental que requiere una respuesta inmediata y efectiva. Es hora de que el gobierno actúe con la urgencia que la situación demanda, adoptando un enfoque preventivo, restaurador y coordinado. El cambio climático está aquí, y no podemos darnos el lujo de seguir postergando las soluciones. Cada hectárea quemada es una llamada de atención para cambiar nuestro enfoque y priorizar la protección de nuestros recursos naturales.

jueves, 12 de septiembre de 2024

91 años de historia y compromiso: El legado del Colegio Nacional González Vigil

 Por Wens Silvestre

El 13 de septiembre de 2024 marca un hito especial para el Colegio Nacional “González Vigil” de Huanta, una de las instituciones educativas más emblemáticas del departamento de Ayacucho. En este día conmemoramos 91 años de funcionamiento ininterrumpido, una ocasión que nos invita a reflexionar sobre la profunda huella que ha dejado en la formación de generaciones de huantinos y su valiosa contribución al desarrollo del país, tal como lo establece el artículo 13 de la Constitución Política del Perú: la educación debe tener como objetivo el desarrollo integral de la persona humana.

Fundado oficialmente en 1918 mediante la Ley 4023, el colegio lleva con orgullo el nombre de Francisco de Paula González Vigil, insigne clérigo, político y defensor incansable de los valores republicanos. Sus palabras pronunciadas en 1832 en el Congreso: “¡Yo debo acusar y yo acuso!”, siguen resonando en nuestra memoria. Esas palabras, que lo inmortalizaron como defensor de la Constitución y enemigo de la tiranía, simbolizan los valores que nuestro colegio ha inculcado en sus estudiantes: valentía, ética y compromiso con la justicia.

Es bajo este espíritu que el Colegio Nacional “González Vigil” ha forjado su legado. Desde su inauguración en 1933, no solo ha impartido conocimientos, sino que ha formado ciudadanos comprometidos con el bienestar de la sociedad. A lo largo de estos 91 años, ha ofrecido una educación de carácter humanístico y científico, complementada con formación técnica en áreas como mecánica de producción, carpintería, electricidad y automotores. Esto no solo ha permitido a sus egresados contribuir de manera significativa a la sociedad, sino que ha fomentado una cultura de trabajo y responsabilidad, claves para el desarrollo integral de la persona.

Este año, en que celebramos nuestro día jubilar el 13 de septiembre, coincidiendo con el aniversario del nacimiento de Francisco de Paula González Vigil, es el momento ideal para reconocer el papel tan importante que ha tenido el colegio en la historia de Huanta y del Perú. En sus aulas, generaciones de estudiantes, con esfuerzo y dedicación, han encontrado en la educación el camino hacia un futuro mejor. En una región marcada por la historia y los desafíos sociales, nuestro colegio ha sido un faro de esperanza y progreso.

Pero no podemos olvidar que, más allá de sus logros académicos, el “González Vigil” ha sido un símbolo de resistencia y fortaleza. Ubicado en una región que sufrió el impacto del conflicto interno que azotó al país en las últimas décadas del siglo pasado, nuestra comunidad educativa no se rindió. Siguió adelante, reforzando su compromiso con la formación de ciudadanos íntegros, conscientes de la realidad social y política de su entorno, y dispuestos a luchar por un Perú más justo y democrático, tal como lo hizo el hombre que da nombre a nuestra institución.

Hoy, en un país que enfrenta grandes retos, tanto en lo económico como en lo social, es importante destacar la labor de instituciones como el Colegio Nacional “González Vigil”. La educación sigue siendo, más que nunca, la herramienta fundamental para construir un futuro mejor. En este contexto, el colegio ha demostrado a lo largo de sus 91 años que una educación integral, que combine el conocimiento técnico y humanístico, es el camino para formar ciudadanos capaces de enfrentar los desafíos del siglo XXI.

Este aniversario no es solo una celebración de la trayectoria de nuestra institución, sino también un llamado a seguir fortaleciendo el sistema educativo nacional. El Colegio Nacional “González Vigil” nos recuerda que, en una sociedad democrática, la educación no puede ser vista solo como un medio para obtener un empleo, sino como un fin en sí mismo: la formación de personas capaces de pensar críticamente, de actuar con ética y de contribuir al bienestar de la sociedad.

En un contexto global en el que los desafíos educativos son cada vez más complejos, es fundamental seguir apoyando a instituciones como el Colegio Nacional “González Vigil”, que han demostrado que la educación puede ser un motor de cambio social. Al celebrar este 91 aniversario, reafirmamos nuestro compromiso con la formación de nuevas generaciones que, inspiradas por el ejemplo de Francisco de Paula González Vigil, continúen defendiendo los valores de la justicia, la democracia y la libertad.

Hoy, más que nunca, debemos recordar que, al igual que el célebre diputado que da nombre a nuestro colegio, la educación debe ser valiente, visionaria y, sobre todo, humanista. ¡Feliz aniversario, Colegio Nacional “González Vigil”! Que sigas siendo, por muchos años más, el pilar sobre el cual se erige el futuro de Huanta y del Perú.

martes, 10 de septiembre de 2024

Re-globalización: Comercio en un mundo geopolitizado

 Por Wens Silvestre

En los últimos años, el comercio global ha entrado en una nueva fase que, a falta de un mejor término, podemos llamar "re-globalización". Esta etapa no es simplemente un retorno a la expansión comercial de décadas pasadas, sino una evolución del comercio internacional en respuesta a un contexto geopolítico mucho más complejo y volátil. Las tensiones entre grandes potencias, los avances tecnológicos y la necesidad de asegurar la resiliencia de las cadenas de suministro han forjado un nuevo paradigma de comercio, uno que equilibra las demandas de seguridad nacional con los beneficios económicos de la integración global.

El comercio internacional ha sido, históricamente, una fuente de prosperidad y paz, conectando economías, aumentando la eficiencia y elevando los niveles de vida en todo el mundo. Sin embargo, la narrativa reciente que vincula el comercio con la seguridad nacional ha cobrado fuerza, especialmente en las economías avanzadas. Países como Estados Unidos y miembros de la Unión Europea han comenzado a reconsiderar sus relaciones comerciales, particularmente con actores estratégicos como China y Rusia, en un esfuerzo por proteger industrias clave y evitar dependencias económicas que podrían convertirse en riesgos geopolíticos.

El argumento es simple: las naciones no pueden permitirse depender de actores que, en un momento dado, podrían utilizar su control sobre bienes esenciales o tecnologías estratégicas como una herramienta de influencia política o militar. Esto se ha visto, por ejemplo, en la carrera por el dominio de las tecnologías de semiconductores o en la lucha por asegurar fuentes de energía en medio de la guerra en Ucrania. Así, el comercio, que solía verse como una herramienta para el crecimiento y la integración pacífica, se ha convertido en un campo de batalla geopolítico.

En este nuevo contexto, la re-globalización se caracteriza por un giro hacia el friendshoring y el reshoring. Los países buscan acercar sus cadenas de suministro a socios confiables o, directamente, relocalizarlas para evitar depender de países avanzados potencialmente adversarias. El ejemplo más claro de esta tendencia es la creciente inversión de Estados Unidos en la producción local de semiconductores, así como su restricción de la exportación de tecnología avanzada a China. A su vez, China ha redoblado sus esfuerzos para volverse autosuficiente en sectores clave, con políticas agresivas de innovación y expansión industrial.

Este enfoque no implica una desglobalización total, sino una adaptación del comercio global a las realidades geopolíticas contemporáneas. Se busca mitigar los riesgos de interrupciones globales como las que vimos durante la pandemia de COVID-19 o la guerra en Ucrania, y garantizar que las naciones puedan mantener el acceso a bienes y servicios críticos, incluso en tiempos de crisis.

Sin embargo, este enfoque también trae consigo riesgos. La diversificación de las cadenas de suministro y la construcción de nuevas capacidades industriales a nivel local pueden implicar costos más altos, lo que podría traducirse en una disminución de la eficiencia económica global y en un aumento de los precios para los consumidores. En un mundo donde la inflación ya es una preocupación creciente, esto podría generar tensiones económicas internas.

El otro gran componente de la re-globalización es la necesidad de hacer del comercio una herramienta más inclusiva y sostenible. Para miles de millones de personas en países en desarrollo, el comercio sigue siendo una fuente esencial de oportunidades económicas, empleo y desarrollo pacífico. A pesar de los debates sobre seguridad nacional en las economías avanzadas, el acceso a mercados globales ha sido un motor clave para la reducción de la pobreza en los últimos 40 años.

Los datos muestran claramente que la apertura comercial ha contribuido a sacar a millones de personas de la pobreza, particularmente en Asia. China es el ejemplo más claro de cómo la integración en la economía global, a través de la exportación de manufacturas y bienes de bajo valor agregado, permitió un crecimiento económico sin precedentes, reduciendo la pobreza de manera masiva. Sin embargo, este modelo también debe evolucionar. El cambio climático y la creciente demanda de sostenibilidad exigen que el comercio global se reconfigure para promover prácticas más responsables y resilientes.

La re-globalización debe incorporar criterios de sostenibilidad ambiental. Esto significa no solo reducir las emisiones de carbono en las cadenas de suministro, sino también promover prácticas comerciales que no perpetúen la degradación del medio ambiente o exacerben las desigualdades. Las economías emergentes, muchas de las cuales dependen del comercio de materias primas, deben estar equipadas para adaptarse a esta nueva realidad y diversificar sus economías hacia sectores más sostenibles y resilientes.

La re-globalización plantea un desafío existencial para el sistema multilateral de comercio, especialmente para la Organización Mundial del Comercio (OMC). Si la OMC quiere seguir siendo relevante en este nuevo entorno, necesitará reformarse. Las reglas del comercio mundial deben adaptarse para lidiar con las tensiones entre seguridad nacional y libre comercio, pero sin caer en el proteccionismo descontrolado que podría deshacer décadas de progreso.

Esto implica fortalecer los mecanismos de resolución de disputas y encontrar un equilibrio entre la soberanía de los Estados para proteger sus intereses estratégicos y la necesidad de mantener un sistema de comercio abierto. Además, la OMC debe dar un papel más destacado a las economías en desarrollo, asegurando que sus voces sean escuchadas y que se beneficien equitativamente del comercio global.

La re-globalización es inevitable, pero también presenta una oportunidad. En lugar de revertir décadas de progreso en la integración económica, los países deben adaptar sus políticas comerciales para enfrentar los desafíos geopolíticos, al tiempo que garantizan que el comercio siga siendo una herramienta poderosa para el crecimiento y la reducción de la pobreza. Los líderes deben ser conscientes de los riesgos de un enfoque demasiado centrado en la seguridad nacional, ya que podría aumentar los costos económicos y erosionar los beneficios del comercio global. Sin embargo, si se maneja de manera inteligente, la re-globalización podría crear un mundo más resiliente, inclusivo y sostenible, donde el comercio continúe siendo un pilar del desarrollo global.

El comercio no solo puede, sino que debe, ser una fuerza para el bien en este nuevo mundo geopolitizado.

domingo, 1 de septiembre de 2024

Presupuesto 2025: Entre la sostenibilidad fiscal y los desafíos estructurales

 Por Wens Silvestre

El Poder Ejecutivo presentó el proyecto de Ley de Presupuesto del Sector Público para el Año Fiscal 2025, ascendente a 251.8 mil millones de soles, lo que representa un incremento del 4.6% en relación al Presupuesto Institucional de Apertura (PIA) 2024, que fue de 240.8 mil millones de soles. Este presupuesto refleja un esfuerzo por mantener el crecimiento económico en medio de un panorama marcado por la incertidumbre global, la crisis política interna, y los problemas persistentes de corrupción e ineficiencia en la gestión pública.

Las entidades del Gobierno Nacional concentran el 63,5% del presupuesto para el 2025, una proporción similar a la de 2024 (63,7%). Los Gobiernos Regionales recibirán el 21,6%, ligeramente inferior a 2024 (21,9%), y los Gobiernos Locales manejarán el 14,9%, un aumento en comparación con el 14,4% de 2024. Además, el gasto corriente asciende a S/ 157,364 millones, representando un aumento del 6.2% respecto al 2024. Este incremento sugiere una priorización en el mantenimiento de la burocracia estatal y en la prestación de servicios, a costa de una expansión limitada del gasto de capital, que solo crece un 4.1%. Aunque el gasto de capital aumenta hasta S/ 66,874 millones, este crecimiento es modesto, lo que podría limitar la capacidad del Estado para financiar proyectos de infraestructura esenciales para el desarrollo económico a largo plazo.

Presupuesto comparativo 2024 2025

Comparado con 2024, el gasto corriente aumenta en términos absolutos, pero esta expansión no se traduce en un cambio significativo en la estructura del presupuesto, lo que indica que no se están tomando medidas sustanciales para reducir la ineficiencia en el uso de los recursos públicos. Además, el ligero incremento en el gasto de capital no es suficiente para compensar las necesidades de inversión en un país que aún enfrenta importantes desafíos de infraestructura.

En el Gobierno Nacional, se observa un incremento del gasto corriente del 10.5%, mientras que el gasto de capital disminuye en un 6.3%. Este aumento del gasto corriente está alineado con la tendencia de priorizar la prestación de servicios y el cumplimiento de metas institucionales, lo que refleja una necesidad de fortalecer la capacidad operativa del gobierno central. Sin embargo, la reducción en el gasto de capital podría limitar la ejecución de proyectos de infraestructura, lo que puede afectar el crecimiento proyectado del 3.1% del PBI en 2025. Este enfoque podría generar tensiones en la sostenibilidad a largo plazo si no se logra un balance adecuado entre gasto corriente y de capital.

La asignación presupuestal a los Gobiernos Regionales y Locales muestra una tendencia positiva, con un incremento general en los recursos. El aumento significativo en el gasto de capital para los Gobiernos Locales (24.2%) sugiere un impulso hacia proyectos de infraestructura y desarrollo local, lo cual es crucial para cerrar brechas regionales y contribuir al crecimiento económico. Sin embargo, el ligero aumento en el gasto corriente para los Gobiernos Regionales (1.0%) podría ser insuficiente para enfrentar los desafíos operativos y de prestación de servicios en estas regiones.

La reducción en el pago del servicio de la deuda tanto para el Gobierno Nacional (-2,9%) como para los Gobiernos Locales (-13,9%) podría reflejar un proceso de refinanciamiento de la deuda pública. Esto podría liberar recursos para otros fines prioritarios a corto plazo, pero también podría generar mayores obligaciones futuras, lo que debe considerarse cuidadosamente en términos de sostenibilidad fiscal.

Financiamiento del Presupuesto 2025

El MMM 2025-2028 establece que el déficit fiscal alcanzará el 2.8% del PBI en 2024 y proyecta un crecimiento del PBI de 3.2% para ese mismo año. Sin embargo, la opinión del Consejo Fiscal (CF) expresa preocupación, señalando que es muy probable que esta meta de déficit no se cumpla, dado que a junio de 2024 ya se había alcanzado un déficit del 4% del PBI. Para alcanzar la meta proyectada, los ingresos deberían aumentar en un 13%, lo cual, según el CF, resulta poco probable en el escenario actual.

Esto plantea un desafío significativo para el financiamiento del presupuesto 2025. Si el déficit fiscal de 2024 supera el 2.8%, será necesario ajustar las proyecciones para 2025 y considerar posibles medidas correctivas, como la ampliación de la base tributaria y el control más estricto del gasto público.

El MMM proyecta un crecimiento del PBI del 3.1% para 2025, con sectores como la pesca, que se espera crezca un 7.0%, y la construcción, que muestra un aumento del 4.0%. Sin embargo, el CF advierte que el crecimiento del 3.1% podría ser inconsistente con un escenario internacional menos favorable. Si el crecimiento económico es más débil de lo proyectado, esto afectará directamente los ingresos fiscales, complicando aún más el cumplimiento de las metas de déficit.

El análisis del CF resalta la necesidad de mejorar la recaudación tributaria para evitar el incumplimiento de las reglas fiscales. La SUNAT estimó un incumplimiento en el pago del IGV en 2023 de S/ 34,669 millones, equivalente al 3.5% del PBI. Esto indica un área de mejora significativa en la gestión tributaria. El aumento de la eficiencia en la recaudación es esencial para financiar el presupuesto sin aumentar la carga impositiva, lo cual podría desalentar la inversión privada y el consumo.

El gasto tributario estimado para 2025 ascenderá a S/ 17,624 millones (1.58% del PBI), con un potencial de aumentar a S/ 24,010 millones (2.15% del PBI). Estos gastos tributarios representan recursos significativos que podrían ser utilizados para reducir el déficit fiscal o para financiar programas críticos de inversión. La reducción de estos gastos, junto con la lucha contra la evasión fiscal, debería ser una prioridad en la política fiscal para mejorar la sostenibilidad del financiamiento público.

El contexto político y la ineficiencia del Sector Público

La crisis política y la corrupción endémica siguen siendo factores críticos que erosionan la eficacia del gasto público. El aumento del gasto corriente refleja, en parte, una estructura estatal que ha sido resistente a la reforma y a la racionalización de sus operaciones. En lugar de redirigir recursos hacia inversiones productivas, el Estado continúa financiando una burocracia costosa que no necesariamente mejora la calidad de los servicios públicos.

Este contexto se agrava por la ineficiencia en la gestión pública, donde los recursos se ven frecuentemente malgastados o desviados debido a la corrupción. Esta situación no solo afecta la percepción pública y la confianza en las instituciones, sino que también limita la capacidad del gobierno para implementar políticas efectivas que promuevan el desarrollo económico y social.

En síntesis, el presupuesto público para 2025 refleja un equilibrio frágil entre las necesidades de financiamiento y la sostenibilidad fiscal. Si bien el incremento en el gasto corriente puede ser necesario para mantener ciertos servicios públicos, la falta de un incremento significativo en el gasto de capital podría limitar las oportunidades de crecimiento económico a largo plazo. Además, sin reformas fiscales profundas y un enfoque decidido en la lucha contra la corrupción, el gobierno peruano corre el riesgo de perpetuar un ciclo de ineficiencia y endeudamiento que podría obstaculizar sus aspiraciones de desarrollo.

El camino hacia la estabilidad económica y fiscal requiere no solo una gestión prudente de los recursos, sino también una voluntad política para enfrentar los desafíos estructurales que han frenado el progreso del país. Sin un compromiso real para mejorar la eficiencia del gasto y ampliar la base tributaria, las metas presupuestarias y de crecimiento económico para 2025 podrían resultar inalcanzables.