viernes, 29 de marzo de 2024

Desconfianza en el gobierno y corrupción: Un círculo vicioso que agrava la inseguridad y el deterioro democrático en el país

 

Por: Wens Silvestre

En medio de un panorama oscuro marcado por la desconfianza generalizada en el gobierno y las instituciones del Estado, nuestro país enfrenta una crisis multidimensional que va más allá de los índices de seguridad ciudadana. Según los últimos datos revelados por Ipsos, la aprobación de la gestión presidencial de Dina Boluarte ha alcanzado un preocupante 9%, mientras que su desaprobación ha escalado hasta el 88%. Paralelamente, el ministro del Interior, Víctor Torres, enfrenta una situación similar, con apenas un 10% de aprobación y un 75% de desaprobación.

Estos números no son solo indicativos de un descontento generalizado, sino que reflejan una profunda falta de credibilidad en las autoridades y el sistema político en su conjunto. La gestión del Congreso de la República y del Poder Judicial tampoco escapa a esta desaprobación, con índices del 85% y 73% respectivamente.

Este panorama de desconfianza y descontento generalizado mina la legitimidad de las instituciones del Estado y erosiona la confianza de la ciudadanía en el sistema democrático. La correlación entre la desconfianza en el gobierno y la corrupción es innegable. La falta de transparencia y la impunidad que caracterizan los escándalos de corrupción socavan la capacidad del Estado para garantizar la seguridad ciudadana y el imperio de la ley.

Los ciudadanos perciben que los recursos destinados a combatir la delincuencia son desviados hacia intereses particulares, mientras que los responsables de garantizar la justicia actúan con negligencia o complicidad. Esta situación de desconfianza y corrupción tiene consecuencias devastadoras para la seguridad de la población. La falta de legitimidad de las instituciones estatales socava la eficacia de las políticas de seguridad ciudadana y debilita la capacidad del Estado para enfrentar los desafíos del crimen organizado y la violencia urbana.

La percepción de impunidad y la falta de confianza en la justicia alimentan un clima de inseguridad y desesperanza en el que la población se siente vulnerable y desprotegida. Además, el deterioro de la democracia como resultado de la corrupción y la falta de transparencia amenaza con socavar los pilares fundamentales de la convivencia democrática.

La erosión de la confianza en las instituciones democráticas alimenta la polarización política, el descontento social y la desafección ciudadana, creando un caldo de cultivo para la radicalización y el autoritarismo. En este contexto, es imperativo que el gobierno y las instituciones del Estado asuman su responsabilidad de restaurar la confianza y reconstruir la legitimidad perdida.

Esto requiere un compromiso firme con la transparencia, la rendición de cuentas y el fortalecimiento de las instituciones democráticas. Es necesario combatir la corrupción en todas sus formas y garantizar que los responsables rindan cuentas ante la justicia. Asimismo, es fundamental promover la participación ciudadana y la sociedad civil en la toma de decisiones y la supervisión de las políticas públicas.

La construcción de una cultura de integridad y ética en el servicio público es esencial para restaurar la confianza en las instituciones del Estado y fortalecer la democracia. En última instancia, solo a través de un esfuerzo conjunto y decidido para combatir la corrupción, reconstruir la confianza y fortalecer las instituciones democráticas, nuestro país podrá superar los desafíos que enfrenta y construir un futuro más seguro y justo para todos sus ciudadanos.

miércoles, 6 de marzo de 2024

Reflexiones constitucionales y perspectivas democráticas en el Perú: La bicameralidad en debate


Por: Wens Silvestre

En los últimos años, el Perú ha experimentado una constante crisis política que ha erosionado la confianza ciudadana en sus instituciones democráticas. La caída del presidente Pedro Castillo y las subsiguientes acciones del Congreso han evidenciado desafíos que enfrenta el país en términos de transparencia, responsabilidad y respeto por los principios democráticos fundamentales.

La baja aprobación del Congreso peruano, como reflejo de la falta de confianza ciudadana en sus representantes, plantea interrogantes sobre la salud de la democracia en el país. La serie de escándalos y la impunidad de los miembros del Congreso han alimentado un clima de descontento y frustración entre la población. La vulneración de procesos legislativos, como el intento de adelanto de elecciones revertido mediante estrategias legales, ha socavado la confianza en la capacidad del sistema político para responder a las demandas y expectativas del pueblo.

En este escenario, la reciente aprobación en segunda votación de la ley que propone la reintroducción de la bicameralidad en el Congreso merece un análisis detenido. Esta reforma constitucional, que pretende establecer la bicameralidad, se presenta como una respuesta a la necesidad de mejorar la representatividad y la participación política en el país.

El objeto de la ley es claro: reformar la Constitución Política del Perú para instaurar la bicameralidad en el Congreso de la República. Se argumenta que esta medida busca propiciar una mejor representación regional. Sin embargo, la forma en que se ha llevado a cabo este proceso plantea preguntas sobre la legitimidad y transparencia de la decisión, especialmente en lo que respecta a las restricciones sobre quiénes pueden acceder a cargos de senador, condicionando la elegibilidad a experiencia previa como congresistas o diputados, generando interrogantes sobre la renovación y diversidad en la representación política.

La propuesta detalla la composición de la Cámara de Diputados y Senadores, estableciendo que la Cámara de Diputados contará con 130 representantes, mientras que la Cámara de Senadores tendrá 60 miembros. La inclusión de la garantía de elegir al menos un senador por cada circunscripción electoral y por cada una de las regiones busca asegurar una representación más equitativa y descentralizada en el Senado y la duración de los mandatos de cinco años. La garantía de que la implementación de la bicameralidad no aumentará el gasto público, es clave, financiándose con el mismo presupuesto de la institución, es una medida tranquilizadora. Sin embargo, la clave está en la efectividad de estas disposiciones y su capacidad para lograr los objetivos declarados.

El proceso de aprobación, al superar más de dos tercios del número legal de congresistas requeridos en segunda votación se excepcionó del referéndum constitucional, destaca la importancia de la aceptación en el Congreso. No obstante, la ciudadanía debe estar alerta y participar activamente para asegurar que estas decisiones reflejen verdaderamente los intereses del pueblo.

En síntesis, la reintroducción de la bicameralidad en el Parlamento peruano se presenta como una medida para fortalecer la representatividad y participación política. Sin embargo, la implementación de esta reforma debe ser vigilada de cerca para evitar abusos y asegurar que realmente contribuya a la consolidación de una democracia más fuerte y representativa en el Perú. La participación ciudadana, la transparencia y el escrutinio constante serán fundamentales para el éxito y la legitimidad de este proceso.